31 de julio de 2009

¡Asturias patria queridaaaaaa…!

Tenía preparada una entrada vacacional de despedida de muchas risas y descojoncios, pero la verdad, y sin ponerme melodramático, el atentado de ayer me ha dejado un poco plof. Deberíamos de estar acostumbrados, pero menos mal que no lo estamos…

El caso es que la vida sigue y yo me las piro de vacaciones dos semanitas. Subo al fresquito huyendo del tórrido Madrid (claro, que con la mala suerte que tengo últimamente lo mismo los calores desérticos me acompañan a Asturias).
Como todos los años, os dejo la nevera llena de cervezas frías y demás refrigerios. Podéis hacer todas las fiestas que queráis en mi blog, pero el 15 lo quiero todo limpito y ordenado, ¿eh?, que si no, luego me tengo que pasar una semana entera buscando los relatos, poniendo rectos los retratos, recomponiendo las proesías y desenredando las abzurdeces.
Dos recados:
Para los asiduos, para los de siempre, regadme las plantas (que nadie las cante, por favor, que el año pasado me encontré todo un homenaje a las flores muertas, grrrr).

Para los blogueros/foreros concursantes del 20blogs, ¡votadme, leñe!, a ver si me dais una alegría y a la vuelta estoy en el top five, hombrepordios y gensanta, que me hace mucho ilusión…

PD. No me seáis vagonetas y bajad un poquito más, que todo hay que decíroslo, que os he dejado escrita la última entrada antes de irme de vacaciones… Para los vagos, pinchad AQUÍ

¡Besitos/azos y un abrazo zurdo para todos y para todas!

PD de la Musa: que votéis al niño que le hace mucha iluuuu...Yo prometo cuidarle mientras!!!

Relratos zurdos: El hombre ligeramente escorado a la izquierda

No, no he gazapeado a las primeras de cambio en el título, que ya os veo venir, que ya oigo lo de “pues vaya mierda de escritor que tiene faltas de ortografía en la primera palabra…”. Lo que pasa es que en esta entrada he mezclado dos etiquetas: relatos y retratos zurdos, y de toda la vida de dios (al menos del de los ateos) a eso se le llama relatros.

Caminaba yo ayer por los pasillos del metro como siempre, absorto en la lectura (esta vez leyendo
Los amigos del crimen perfecto, libro que recomiendo, faltaríamás) y esquivando a todo aquel transeúnte o transeúnta que se interponía entre mi origen y mi destino (sin metáforas). Chocar con ellos es menos lesivo que hacerlo con los bolardos gallardonianos (lo sé porque he probado los dos), pero más embarazoso. Pues eso, que iba yo regateando tal y como hacía Onésimo con todos los defensas que se le ponían por delante, cuando delante de mí vi caminar a un chico que inmediatamente se convirtió en un punto negro parpadeante en medio de una explanada nevada (con metáfora, con metáfora…, que nadie se vaya a pensar que metrodemadridinforma tiene pistas de esquí, aunque nadie descarte que las pongan como fuente de financiación).
¿Qué tenía ese caballerete para que me sacara de la lectura, cosa harto difícil, sobresaliendo de la marea suburbana, cosa casi imposible? No era especialmente alto ni muy bajito. No estaba gordo ni famélico. Vestía con la neutralidad propia del anonimato. Su piel no estaba aparentemente tatuada ni perforada. Ni se había bañado en perfume ni había dejado de bañarse en semanas.
Sencillamente, este hombre caminaba ligeramente escorado a la izquierda. Y de nuevo no es una metáfora con la que quiera ilustrar su tendencia política, es una fotografía real, tan real que me parece mentira.
Su grado de escora estaba al límite, lo justo para pasar desapercibido, aunque es cierto que a estas alturas de la película casi nada consigue llamarnos la atención. Como diría mi abuela, vamos por el mundo como las maletas. O no nos fijamos en lo que nos rodea o tenemos sobredosis de información visual y todo nos parece normal.
Lo que pasa es que algunos bebemos justo de eso, de lo desapercibido, de lo cotidiano, de lo que jamás saldrá en titulares, y no nos podemos permitir el lujo de ser maletas.
El caso es que cerré el libro, abrí la libreta y aceleré el paso. Me puse a su altura y, sin disimulo, empecé los cálculos:
- El pie derecho adelantaba al izquierdo, 5 centímetros.
- La rodilla derecha adelantaba a la izquierda, 5 centímetros.
- La cresta iliaca derecha de la pelvis estaba adelantada 5 centímetros.
- El hombre derecho, sí, 5 centímetros por delante del izquierdo.
- La oreja izquierda retrasada cinco centímetros.

Escorado pero andando recto. El efecto no podía ser más hipnótico. Corrí para adelantarle y verle de frente. Caminaba hacia mí, recto pero escorado. Y como era obvio, la vista al frente, con la mirada angulosa hacia la derecha, contrarrestando la zurdera de su cabeza.
La suerte, para mí, hizo que ambos cogiéramos la misma línea y en el mismo sentido. Ya sentados en el vagón, me las ingenié para sentarme a su lado y, a pesar de mi timidez, le pregunté por qué caminaba así. Temí que su reacción fuera agresiva o evasiva (lo primero hubiera sido malo para mi integridad física y lo segundo nefasto para la actualización de mi blog), pero no, Pedro contestó con afabilidad a todas mis preguntas. Me confesó que lo que le extrañaba es que no le preguntaran más a menudo y que tenía preparado el discurso desde hace tiempo por si surgía la ocasión.
Pedro tiene 30 años. No vienen al caso ni su vida sentimental ni laboral porque no afectan para nada a la historia (aunque supongo que sí a la recíproca). Se dio cuenta de que algo funcionaba mal cuando iba escorado a la izquierda 3 centímetros, y de eso hace dos años. Porque, sí, la escora va creciendo a razón de centímetro por año. Pedro cuenta que hasta entonces no le había dado importancia, que llevaba ya un par de años o tres notando algo extraño, pero no sabía qué. Si la progresión ha sido exacta, Pedro empezó a escorarse a los 25 años. Ha acudido a médicos de todas las especialidades, a psicólogos, a curanderos, a todo el rango de “profesionales” que cubren el continuo exotérico-esotérico. Nadie le da respuesta de por qué ni de cómo. Y lo que es peor para él, nadie le sabe decir hasta cuándo.
Bromea diciendo que jamás nadie sabrá tanto de su propia vida durante un año completo, porque ha repasado minuciosamente los 365 días del que cumplió los 25, en busca de una razón que iniciara el avance de su lado derecho. Y nada.
Sólo ha conseguido, de sesudos científicos, cálculos más o menos exactos del ángulo que irá adquiriendo a lo largo de las décadas.
Ni por qué, ni cómo, ni hasta cuándo.
Ese hasta cuándo es lo que no le deja vivir. Tiene sólo una pregunta en la cabeza que se le repite una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…:
-Si esto no para, según los cálculos que han hecho, dentro de 23 años, cuando tenga 53 años caminaré de lado. ¿Se parará o a partir de los 54 empezaré a caminar hacia atrás?
Con una sonrisa de resignación, o de inteligencia, me dijo que casi prefería no parar de escorar, que así a los 54 no tendrá que hacer esfuerzos con los ojos, que ya le dolían de forzar la mirada recta aunque todavía el ángulo fuera pequeño, y que podrá mirar hacia delante aunque sus pasos le lleven la contraria.

Me ha dado su teléfono porque quiere que sea su cronista, quiere que refleje los cambios que se van produciendo con cada centímetro. Estoy muy ilusionado porque se me ocurren miles de preguntas y muchos enfoques (perdón por la guasa) que darle a la historia. Creo que puede ser el libro que me permita dar el salto definitivo a la fama. Mejor dicho, los libros, porque tenemos pensado editar el primero cuando cumpla 35 años y diez centímetros de escora.
Íbamos a quedar el lunes mismo para empezar las entrevistas, pero he tenido que llamarle para retrasarlo al martes. Al llegar a casa he notado algo raro, quizás no sea nada, pero por si las moscas he pedido cita para el médico de cabecera para el lunes. Y ahora mismo me bajo a la ferretería a por un metro. Serán cosas mías, casi seguro, pero mi pie izquierdo…

29 de julio de 2009

La Fina examina los culos

¡Joderse con la Fina! ¡Menuda es la tía escrutando traseros! La pregunta es, ¿se conformará con mirar o pasará a la acción? Porque ya se sabe que diez dedos ven mucho más que dos ojos…

Que no, que no se me ha ido la pinza. O sí. Al que se le ha ido la pinza definitivamente es a Diego Torres, periodista de El País, que ha titulado así su artículo de hoy:
La FINA examina los culos. La verdad es que el tío es un crack. Seguro que hoy ha conseguido su máxima audiencia con ese titular que invita a proseguir con la lectura o sí, o sí.
Claro, que tiene truco, porque la Fina con todo mayúsculas, o sea sé, la
FINA, no es mi vecina de arriba, que por cierto, está de muy buen ver y mejor tocar, sino que es la Federación Internacional de Natación. Y que el artículo de marras no trata de una actividad voyeur, sino más bien de una investigación científica y sesuda sobre los bañadores de última generación, que harían que el mismísimo Éric Moussambani (y no me digáis que no os acordáis de él) venciera a Michael Phels (más conocido como piesgrandes).
¡Diego pillín! O nos has querido gastar una pequeña bromita veraniega con este guiño fino, fino…, o te piensas que todos sacamos matrícula de honor en la asignatura SIGLAS II y que nos vemos todos los reportajes de la Dos sobre tecnología y deporte...

PD. Aunque un ateo, republicano, zurdo y rojo no debería gastar su intelecto en estos menesteres, sino en elaborar teorías muy teóricas sobre el mar y los peces, me ofrezco desde aquí para examinar los culos de las nadadorAs. Todo sea por la ciencia…

Esta tarde en Luz de Gas RadioBlog...

Pues sí, niños y niñas, blogueros y blogueras, anónimos y anónimas, trolls y trollas, esta tarde (para los despistados hoy es miércoles 29 y la tarde viene, más o menos, después de la siesta) me han invitado a participar en el programa semanal de Luz de Gas RadioBlog. El programa es de 18 a 19 horas (lo que vienen siendo las 6-7 PM (en Palma de Mallorca)). Creo que mi voz aterciopelada entrará en escena sobre las 18,20 aproximadamente, pero no me seais ratas y escuchad el programa entero, hombrepordios, que esto es la interné y no se os va a desgastar el mando del dial...
Pues nada, que si os apetece, ya sabéis donde encontrarme esta tarde a esas horas (excepto para la policía, para ellos estaré de misionero ateo en el Amazonas). Y si queréis echaros unas risas, haced preguntas que me dejen con el culo al aire y en el más espantoso y zurdo de los ridículos, que eso es lo que vende, ¡cabrones! (y onas, y onas...).
¡Gracias Juan!
Besitos/azos y un abrazo zurdo para todos y todas.

27 de julio de 2009

Recuerdos zurdos: Alfredo Kraus

La vida se divide en fases en las que cuando empiezas a recordar esos recuerdos se trasladan a diez años atrás, veinte años atrás, treinta, cuarenta, cincuenta, matusalén…
Yo ya he entrado por la puerta grande de la fase veinte años atrás. Sin embargo, hoy hablaré de algo que pasó hace diez años. ¿Que últimamente hablo demasiado del pasado y de la edad? Pues, probablemente, pero más en calidad de melancólico patológico que porque me preocupe en exceso la acumulación de canas y la profundización de las arrugas.¿A que hacía mucho tiempo que no os regalaba una de mis introducciones, tan largas como innecesarias? Ale, pues ataco.
Ayer hablaba con
Elena Casero, autora de Tribulaciones de un sicario (novela que os recomiendo, no porque sea el coeditor de la misma, o aparte de eso, sino porque es una novela entretenida, agradable, de humor sutil y muy bien escrita), hablaba con Elena Casero, decía, y me recordó que dentro de poco será el décimo aniversario de la muerte de Alfredo Kraus. ¡Cáspita!, respondí, ¡zapateta!, ¡es increíble como el tiempo pasa inexorable ante nuestras narices…! Bueno, vale, el comentario fue más del tipo “cagoentó, hay que joderse como pasa el tiempo, coño ya…”, pero es que este es un blog culto de los de chaqueta de pana y jersey negro de cuello vuelto, que no se os olvide, ¡verduleros, que sois unos verduleros!
Después de sobreponerme de un viaje relámpago de ida y vuelta de diez añitos de nada, me quedé con este recuerdo:
El día que canté en el Teatro Real (entrada de mi anterior blog que escribí por fascículos y que he unido en uno por si a alguno/a le apetece leerlo/recordarlo).
Sí, tuve la inmensa fortuna de compartir escenario con Alfredo Kraus poco antes de su muerte y en uno de sus últimos conciertos. Podría exagerar y decir que nada más verme me dio un abrazo y me dijo “Hola Zurdo, ¡qué inmenso placer compartir escenario contigo!”. Podría reducir la verdad y decir que sólo estábamos la orquesta, su director, Alfredo y yo, y que cantamos un dúo repartido a partes iguales. Pero no es necesario mentir esta vez, porque el solo hecho de estar junto a él, poder saludarle y cantar a apenas dos metros de mi tenor preferido, al menos para mí es más que suficiente. Ni en el mejor de mis sueños pensé que algo así pudiera suceder.
Sí, ya sé que no tiene tanto tirón Alfredo Kraus, como Cristiano Ronaldo, Kaká o algún participante de Gran Hermano, pero qué queréis que os diga, soy zurdo, ateo, republicano y del Atleti…; más tampoco se me puede pedir.
Ahora, que cada vez canto menos y peor, que ya casi no puedo dedicarle tiempo a una de mis aficiones favoritas, este recuerdo endulza las posibles heridas, y hace que el pasado, como muchas veces, sea motivo de sonrisa; de sonrisa melancólica, sí.
Podría escribir largo y tendido sobre Alfredo Kraus y contaros por qué es mi tenor preferido, pero el calor no invita a ello. En vez de echaros la charla musico-filosófica, os dejo tres vídeos por si os apetece escuchar un poquitín de música clásica:
1. Alfredo Kraus canta No puede ser (es una grabación del día que canté/cantamos con él, por desgracia nuestra actuación no aparece en llutube).


2. Alfredo Kraus canta Pourquoi me reveiller, de la ópera "Werther" (Massenet), uno de los papeles con el que más éxitos consiguió.


3. Alfredo Kraus canta Un aura amorosa de la ópera Cosi Fan Tutte (Mozart) y que la pongo, simplemente, porque es una de mis arias favoritas.

23 de julio de 2009

Más abzurdeces: Miliki versus Maliki

Prometo que ayer leí el siguiente titular en ausencia de Mahous y en plena posesión de todas mis capacidades mentales que, bien es cierto, son pocas y mal avenidas:

Obama pide a Miliki que tome medidas para la reconciliación nacional en Irak

Como es evidente, en el titular no estaba Miliki (¡¡¡Cómo están ustedes!!!), sino Nuri Al Maliki, primer ministro iraquí.

Después de escribir con la zurda cientos de veces Debo de visitar al oftalmólogo (que casualmente tiene consulta puerta con puerta con el psiquiatra) volví a una de mis reflexiones abzurdas más recurrentes, que no es otra que nos iría mucho mejor si practicáramos más y mejor el sentido del humor. El sentido del humor no sólo como distracción y relajación, sino como signo de inteligencia, como una forma de encontrar vías originales y creativas para analizar, diagnosticar y proponer soluciones.
El proyecto empresarial en el que estoy embarcado nació y está creciendo básicamente bajo el recurso metodológico de decir gilipolleces (vale, algunos puristas prefieren el término técnico de "lluvia de ideas" y algunos fashionpuristas se decantan por brainstorming, pero es que nosotros somos más bien de eso, de decir gilipollces). Y no nos va mal. O sí, pero esto no viene al caso.
Vamos, y concluyo, que yo en las próximas elecciones vecinales, municipales, generales, europeas, terráqueas e interplanetarias pienso votar a la candidatura en la que estén Forges, Máximo, El Roto, Gila, Faemino y Cansado y, por supuesto, los payasos de la tele...

PD: ¡Olvidos imperdonables! (prometo añadir sugerencias sugerentes, bajo mi filtro zurdo, claro): los hermanos Marx, Harold Lloyd, Buster Keaton...

21 de julio de 2009

Abzurdeces: ¿Y tú dónde estabas?

Ayer estuve en urgencias (que nadie se asuste, que es una licencia poética). Encendí la televisión (no, esa no fue la causa de mi mal, aunque no sería de extrañar) y estaba el ínclito Jesús Hermida hablando sobre el cuarenta aniversario de la llegada del hombre a la luna (yo no sé si lo visteis, pero más que un programa dedicado a la efeméride fue un homenaje autobombístico hacia la persona del señor Hermida, al que todo sea dicho de paso, no soporto).
El caso es que no podía faltar la preguntita de marras. ¿Dónde estabas tú en ese momento? ¡Un poco de originalidad, hombrepordios! Pues no, no hubo originalidad y la pregunta fue contestada por una serie de personajes de lo más variopinto (no me extenderé, pero quiero resaltar que Carmen Posadas y Esperanza Aguirre coincidieron en su comentario que versaba sobre la imagen real y la que habían leído en Tintín).
Pues sí, amiguitos, la pregunta fue el motivo de mi visita a urgencias. No, no por la falta de originalidad ya denunciada. A eso ya está uno más que acostumbrado. El motivo fue la pregunta en sí. ¿Que no lo entendéis? Como se nota que más de uno está de vacaciones y el resto está pensando en ellas…
Leñe, pues es sencillo, que a la pregunta ¿dónde estabas tú en ese momento? casi, casi tengo respuesta… La casi respuesta es que llevaba aproximadamente cinco semanas en el vientre de mi madre, supongo que más preocupado en reproducirme y en aprender a hacer cabriolas en el líquido amniótico que en si la humanidad daba grandes pasos o no.
¿Que no tenía que haber ido a urgencias a colapsar aún más los insuficientes servicios hospitalarios públicos madrileños? ¿Que a eso se le llama lisa y llanamente la crisis de los cuarenta? ¿Y ahora me lo dices? ¿Y ahora qué hago yo con el testamento que escribí después de beberme todas las cervezas que soy capaz de acumular en mi nevera? Además, seamos precisos, como mucho será la crisis de los treinta y nueve años y cuatro meses…
Lo que más me jodió fue la cara de satisfacción de los púberes y de los veinti-treintañeros que sonreían ante el comentario jocosillo del Hermida sobre que ellos evidentemente no habían nacido pero que lo habrían visto en el llutube. ¡A cada cerdo le llega su san Martín! Ya me reiré yo dentro de unos añitos cuando os pregunten que dónde estabais el día que ganó el Atleti la Champion, o el día que Barberá y Camps devolvieron los bolsos y los trajes, o el día que el papá de Roma recomendó los preservativos porque es más importante no morir que no pecar…
Y recordad, ese día no vayáis a urgencias, que estarán todos ocupados en que yo, octogenario como mínimo, no me vaya a criar malvas…
PD. Y por cierto, ¿tú dónde estabas? Y sí, vale inventárselo.

17 de julio de 2009

Concursando que es geranio

Aunque no lo he dicho (si bien es cierto que se ve claramente en la columna de la izquierda) participo por segundo año consecutivo en el concurso 20blogs de 20minutos. Sorprendentemente voy el séptimo en la categoría de personal con 5 puntitos. Por delante de mí, está Belén in red. Es imposible porque dos galgos se han escapado, pero hubiera sido divertido que hubiéramos llegado a la final los dos juntos.
Si alguien me pregunta que por qué me he inscrito me pone en un aprieto, porque realmente no tengo una respuesta contundente. Claro, que esto no es nuevo en mí, porque rara vez echo mano a las respuestas contundentes (lo rígido se rompe con más facilidad que lo flexible).
El caso es que los chicos de Yenodeblogs han tenido la iniciativa de crear una comunidad bloguera que facilite que nos podamos conocer un poquitín más. Y he pasado a formar parte de esa comunidad y desde esta noche se puede ver un resumen literazurdo.
Si os apetece, os podéis pasar por allí y ver el resumen de mi blog, y podéis aprovechar para comentar y ponerme a parir, vituperarme, hundirme, dejar donativos, invitarme a cenar, proponerme relaciones sexuales o lo que os plazca:
PD. Tranquilos que no hablaré más del concurso de marras en este blog, que estoy muy ocupado con la habitación Riaza de los coj...

13 de julio de 2009

Derrama

Hacía mucho que no rescataba ningún relato de mi antiguo blog La tinta azul de la memoria. El calor sofocante se alía conmigo para tirar de archivo (las escasas neuronas creativas que no han muerto las tengo reservadas para la novela corta que estoy escribiendo y que probablemente nadie leerá porque no saldrá de mi portátil, ya que nace como juego y como necesidad, sin más). Este relato lo escribí hace casi dos años justos, y aunque me han entrado tentaciones de retocarlo (que tire la primera piedra el primer escritor que sea capaz de leerse sin intentar corregirse) lo he copiado tal cual. Lo siento por el que ya lo haya leído y encima tenga memoria de elefante.

Recuerdo cada detalle del momento en el que nos conocimos. Fue en la primera reunión de vecinos de la comunidad. Éramos todos nuevos, así que todo eran presentaciones, tanteos, que no tientos, y miradas de observación. Casi todos, gente joven (es que yo a los de mi edad los considero gente joven). Cada uno iba interpretando histriónicamente su papel como tarjeta de visita. Iban despuntando los líderes, los graciosillos, los polémicos, los pusilánimes. Por supuesto, los ausentes. Incluso creí detectar a algún moroso entre la concurrencia. Eso, hasta que apareciste. En ese momento todo se difuminó, hasta las voces, y se abrió un túnel directo entre tus ojos y los míos. Nunca te había visto. No habíamos coincidido ni en el portal, ni el ascensor, ni en ninguna tienda del barrio. Lo recordaría. Desde que entraste en la sala podría haber votado a favor, bajo la hipnosis, hasta una derrama para tapizar los espacios comunes con cabezas de caza mayor. Algo me decía que lo que estaba pasando, fuera lo fuera, era mutuo, porque ambos intentábamos esquivar nuestras miradas con la misma frecuencia, en ese juego en el que las pupilas salen corriendo para los lados nada más rozarse. La frecuencia fue variando, ralentizándose, hasta que al final de la reunión nos mirábamos fijamente, tanto que todo el mundo empezó a levantarse y tú y yo seguíamos sentados; y mirándonos fijamente. En un momento dado, los dos hicimos un aspaviento como si fuéramos dos futbolistas regateándonos y te perdí de vista. Salí de la sala despidiéndome con adioses rápidos y protocolarios creyendo que todavía te alcanzaría, pero no fue así. Te imaginé escondida tras algún esquinazo para mantener la magia del primer encuentro sin palabras. Y esa sensación la tuve durante días, hasta que un domingo nuestras manos se rozaron intentando coger el mismo periódico en el kiosco. En el primer encuentro fueron los ojos y en el segundo, la piel. Y una caricia aunque sea involuntaria es tan potente como para ser el comienzo de algo. Nos atropellamos el uno al otro con un buenos días que continuó hasta un buenas noches. En medio, descubrí el color de tus ojos, porque en aquella reunión sólo me pude quedar con tu mirada. Confirmé que tú tampoco te habías enterado de nada de la reunión, porque bromeé preguntándote qué te parecía la derrama para tapizar los espacios comunes con cabezas de caza mayor y tu cara de sorpresa fue mayúscula. “Vaya, veo que tú tampoco atendiste demasiado a nuestros nuevos vecinos...”. Ese fue nuestro primer guiño de complicidad. El resto del día se nos pasó volando, contándonos los caminos que nos habían llevado a compartir kiosco. Recuerdo el primer contacto con el olor de tu champú habitual. Recuerdo que tiré la toalla a la lona a las primeras de cambio porque anticipé que tu sonrisa me ganaría siempre por k.o. técnico. Recuerdo tu voz grave, pero dulce y envolvente. Recuerdo tu descaro haciéndome una radiografía mientras que mi descaro hacía lo propio con tu cuerpo. Recuerdo, recuerdo, recuerdos, recuerdos...
Algo parecido a esto, me gustaría recordar cuando te conozca.

9 de julio de 2009

Retratos zurdos (3)

Tengo una capacidad de discriminación racial casi nula. Y la afirmación valdría casi por igual para las dos acepciones de la RAE de la palabra discriminar, pero me refiero más en esta entrada a la primera, a la de seleccionar excluyendo, a la de diferenciar. Me cuesta mucho diferenciar entre japoneses, chinos, coreanos... Y lo mismo me pasa con los sudamericanos y los centroamericanos. De África, ya ni hablo. Quizás tenga que ver con que yo tengo una cara rara que hace que la gente me sitúe en muchas latitudes del mundo menos en las españolas.
El caso es que me he sentado en el metro frente a un americano del sur o del centro. No sé de qué país en concreto, pero por su corpulencia podría ser de todos a la vez. Enorme. Llevaba unas bermudas en las que cabrían dos marianos completos. Y unas gafas de sol de Emporio Armani que a mí me servirían para ocultarme del sol 360º en todas las direcciones. La gorrita con visera, que no falte (y digo gorrita con sorna, porque más bien parecía una tienda de campaña de las del ejército). Pero si llamativo era su tamaño, nada comparado con su capacidad de prospección nasal. Vamos, que me he sentado enfrente del campeón mundial de los superpesados en la modalidad de sacarse mocos de la nariz. Campeón por su tenacidad y por su capacidad de penetración, porque en un concurso de velocidad hubiera llegado el último; si hubiera conseguido llegar, claro. Desde que se ha sentado hasta que se ha levantado ha estado persiguiendo a un moco rebelde que no quería salir ni con fórceps. Lo mismo era un simple tic y no había moco, sino hábito. El caso es que el grandullón ha estado entretenido durante varias paradas, mientras que otros escuchaban música, otros más hacían sudokus, unos cuantos se dedicaban a contemplar el túnel pasar (la vida pasar) y, los menos, leían esa cosa llamada libro. Amparado en el parapeto de sus enormes gafas de sol, o simplemente por ausencia de pudor, se afanaba sin disimulos y con dedicación. He fantaseado con la extracción del moco: con su tamaño desmesurado que serviría para llenar unos cuantos tarros de blandiblú, con la ola que hubiéramos hecho los espectadores ocasionales ante tal magno logro. Pero nada, mi gozo en un pozo y el moco en el suyo.
La casualidad, o el gran arquitecto del mundo, ha hecho que se sentara a su lado un pajarito, una mujer de unos ochenta años, de unos treinta quilos y de una altura que no superaba la de su bastón. Pequeñita y muy nerviosa. No paraba quieta, sus brazos parecían molinillos en una estepa azotada por un vendaval. Se ha recolocado la falda en apenas cinco minutos tantas veces como lo podría hacer otra mujer en toda una vida. Cada poco tiempo miraba hacia la montaña, y serán imaginaciones mías, pero me ha parecido que ardía en deseos de ayudar al americano en su búsqueda. No he querido mal meter, pero los alfileres de la anciana hubieran sido más útiles que las morcillas de Burgos que tenía por dedos nuestro amigo-continente.
Primero se ha bajado él, impertérrito, con movimientos mastodónticos y sin abandonar por un segundo su yacimiento. Después se ha bajado ella, eléctrica, saltarina, reajustándose la falda a ritmo de cinco veces por paso.
Los nuevos ocupantes, anodinos, no han llamado mi atención, así que he seguido leyendo Lo raro es vivir de Carmen Martín Gaite.

7 de julio de 2009

Naipes de arena

Decir que vivir la vida es como estar encima de un castillo de naipes o de un castillo de arena, no es la mejor apuesta para optar al premio al mejor utilizador de símiles del condado. Quien más quien menos se habrá sentido así alguna vez en la vida, a expensas de que un golpe de viento derribe nuestros cimientos. O no.
Algunos trucan la estructura con pegamento. O directamente construyen sobre una pirámide de hormigón armado.
Otros apuntalan sus castillos con los naipes de otra persona. Algunas veces esos naipes dan consistencia, pero otras hacen que el castillo se hunda por exceso de peso.
Hay personas que se desenvuelven a la perfección sin retocar la construcción. Se encuentran cómodos sabiéndose a merced del viento, como el equilibrista caminando sobre el alambre, que llega a disfrutar del vértigo de los dos abismos que se precipitan a ambos lados de la cuerda.
Y claro, luego está el nivel al que se produzca el desastre, porque no es lo mismo que se caiga una carta de la base que una de las de arriba, no es lo mismo que se desmoronen las almenas o que la arena se desprenda grano a grano. La altura y la calidad de la caída son bien diferentes. Sobre todo la capacidad de reacción, de aprendizaje; de reconstrucción.
Como casi siempre, no pretendo nada escribiendo estas líneas. Se están sucediendo solitas en una suerte de escritura automática. Me reconozco en ellas, eso sí.
Pero todo, hasta lo automático (o sobre todo, lo automático) tiene un porqué. Esta mañana he conseguido desenmarañar un par de ideas que estaban demasiado enredadas y que le restaban fuerza a la novela corta que estoy escribiendo. Esto no quiero decir que el camino esté expedito, pero sí que puedo coger carrerilla de nuevo para enfrentarme a la siguiente maraña que, sin duda, aparecerá en uno u otro capítulo. Y nada más dar con la solución he recordado que hace apenas dos o tres semanas pensé muy seriamente en dejar de escribir. Una ráfaga de viento acertó en varios de los naipes que me sostienen. No los hizo caer, pero sí vibrar con fuerza. Arriba lo viví como un auténtico terremoto. De repente, escribir no era una necesidad sana, ni un tercer pulmón, ni una manera de expresarme ni de pensar en alto. Descorazona la falta de oportunidades editoriales y el anonimato al que te obligan, sí, pero eso nunca hará que deje de escribir. El que deje de hacerlo porque las editoriales no le quieren, se ha equivocado de vocación. ¿Razones? Varias y ninguna. Es la segunda vez que me pasa. La primera estuve siete años sin escribir una sola línea. Esta vez, apenas una semana.
El viento está calmado, la estructura está quieta, pero sé que los naipes no se han quedado en el mismo ángulo en el que estaban, y que el desequilibrio ha ganado terreno, lo cual no tiene por qué ser necesariamente malo. Simplemente tendré que cogerle todavía más gusto a la sensación de vértigo.
Estoy pasando por una etapa intimista, que no secreta. Esto es un aviso para navegantes (navegastes blogosféricos). Jamás escribo en mi blog para divertir, pero tampoco me gusta aburrir, así que entenderé que más de uno/a se tome unas largas vacaciones zurdas. Y que conste que no busco con esta entrada comentarios de ánimo ni nada parecido. No busco nada. Excepto escribir, con lo que eso conlleva. Ahora sí.
Besitos/azos para todos y todas.

1 de julio de 2009

Yo y mis zurderas...

Sí, ya sé por qué me miras tan fijamente. Algo ves en mí diferente pero no sabes lo que es…
¿Las gafas…? Descartadas, son las mismas desde hace unos seis años (pero por poco tiempo).
¿El pelo…? Tampoco. Un pelín más largo, alguna cana más, cinco pelos menos por día, pero la misma melena desde hace un lustro (pero también por poco tiempo).
Venga, no desesperes…
¿Un pelín menos de tripita y un poquitín más de brazo? Puede, pero casi imperceptible, porque uno ya tiene una edad y el ejercicio cunde poco.
No, no es eso lo que ves diferente…
¿Que te rindes? ¿Tan fácil? Venga, va, que te doy unas pistillas… Escritor, zurdo…
¿Todavía no? Bolígrafo, tinta…

¡Bingo! Sí, vuelve a mi dedo anular izquierdo el manchurrón de tinta azul que durante tantos años me acompañó. Que sí, que sí, que me lavo todos los días al menos una vez, que la explicación no tiene que ver con mi higiene.
La razón es que he vuelto a escribir a mano, y bien es sabido que los zurdos nos llevamos la tinta puesta al pasar por encima de las palabras recién escritas. ¿Decepción entre la concurrencia? Puede, pero el que, como yo, tenga una relación estrecha entre la creatividad y el bolígrafo/lápiz entenderá el calado de la mancha.
Múltiples motivos habían reducido mi escritura al teclado del ordenador, casi todos relacionados con la maldita gestión del tiempo; del poco tiempo para ser exactos. No me quejo, de las techas han salido muchos de mis últimos relatos y casi todas las entradas de este blog, pero echaba de menos el tacto de los trazos, el olor de los fonemas y, sí, el manchurrón de tinta, ese tatuaje intermitente, que me anima a intentar saltar al renglón siguiente, por mucho vértigo que a veces dé.

Un abrazo zurdo para todos y todas.