1 de julio de 2009

Yo y mis zurderas...

Sí, ya sé por qué me miras tan fijamente. Algo ves en mí diferente pero no sabes lo que es…
¿Las gafas…? Descartadas, son las mismas desde hace unos seis años (pero por poco tiempo).
¿El pelo…? Tampoco. Un pelín más largo, alguna cana más, cinco pelos menos por día, pero la misma melena desde hace un lustro (pero también por poco tiempo).
Venga, no desesperes…
¿Un pelín menos de tripita y un poquitín más de brazo? Puede, pero casi imperceptible, porque uno ya tiene una edad y el ejercicio cunde poco.
No, no es eso lo que ves diferente…
¿Que te rindes? ¿Tan fácil? Venga, va, que te doy unas pistillas… Escritor, zurdo…
¿Todavía no? Bolígrafo, tinta…

¡Bingo! Sí, vuelve a mi dedo anular izquierdo el manchurrón de tinta azul que durante tantos años me acompañó. Que sí, que sí, que me lavo todos los días al menos una vez, que la explicación no tiene que ver con mi higiene.
La razón es que he vuelto a escribir a mano, y bien es sabido que los zurdos nos llevamos la tinta puesta al pasar por encima de las palabras recién escritas. ¿Decepción entre la concurrencia? Puede, pero el que, como yo, tenga una relación estrecha entre la creatividad y el bolígrafo/lápiz entenderá el calado de la mancha.
Múltiples motivos habían reducido mi escritura al teclado del ordenador, casi todos relacionados con la maldita gestión del tiempo; del poco tiempo para ser exactos. No me quejo, de las techas han salido muchos de mis últimos relatos y casi todas las entradas de este blog, pero echaba de menos el tacto de los trazos, el olor de los fonemas y, sí, el manchurrón de tinta, ese tatuaje intermitente, que me anima a intentar saltar al renglón siguiente, por mucho vértigo que a veces dé.

Un abrazo zurdo para todos y todas.

30 de junio de 2009

Reflexiones editoriales

Llevo ya unos añitos peleándome con las editoriales por diversas razones. Algunas veces como escritor (tengo una colección de calabazas que dejan en ridículo a cualquier mal estudiante) y otras como corrector-editor.
Ahora, y desde hace un año (a la vida le gusta jugar con este tipo de paradojas) estoy al otro lado. Ahora soy yo el editor y las luchas son otras. Ahora soy yo el que da calabazas y el que se deshace en justificaciones para darlas.
(Aclaro que probablemente debería escribir esta entrada en plural, pero es que yo soy un escritor de primera persona del singular y me encuentro más cómodo expresándome así.)
Durante este año he tenido la oportunidad de leer muchos manuscritos, de entablar conversaciones muy interesantes e instructivas con diferentes autores, desde primerizos hasta avezados (estos últimos, con diferente grado de éxito). Así mismo, he tenido la suerte de compartir experiencias, y sobre todo de aprender, con otros editores.
Prima la visión catastrofista. En todos los sentidos. La catástrofe económica de las editoriales independientes (agravada y mucho por la crisis), la catástrofe puramente artística, ante la avalancha de libros escritos por cualquiera y publicitados por los grandes, la catástrofe profesional, con un descuido del libro como objeto que está llegando a límites panfletarios... La catástrofe editorial, la catástrofe, la catástrofe...
Hace poco me preguntaba alguien en la presentación de un libro cómo veía yo el mercado editorial. Y uno, que es un optimista patológico (difícil de llevar con mi alter ego, el melancólico patológico) comentaba que es cierto que la crisis está agravando el bipartidismo. Vamos, que las grandes editoriales están acaparando aún más el mercado: bajando los precios (no mucho), apostando más sobre seguro (más de lo que ya lo hacían) y aumentando su cuota de publicidad. Eso es cierto y es difícil de rebatir. Basta hacer un repaso de las listas de ventas o de las estanterías en las librerías. Pero yo le decía que, frente a eso (algo común en época de crisis), está resurgiendo un interesante movimiento editorial, empujado por personas particulares que han decidido dejar su escaso dinero y su poco tiempo (sin inversores y compaginando su pasión con otros trabajos) para intentar enriquecer desde abajo, desde el detalle, desde el matiz, probablemente desde la insignificancia, el mundo editorial, que no es más ni menos que parte del entramado social y cultural de un entorno determinado.
Llevo tiempo pensando más como editor que como escritor (aunque sin dejar de escribir, o al menos intentándolo). Y no pensando en inventar proyectos, no, sino en poder sacar adelante proyectos que ya existen, que sólo están a la espera de que alguien confíe en ellos. O lo que es peor y más real, que alguien tenga dinero para invertir en ellos. ¿Lo malo? Nadie de las grandes se animará a bajar a las cloacas a buscar príncipes y princesas entre las ratas y los ratones. ¿Lo bueno? Joder, para haberme declarado optimista patológico me encuentro sin respuesta... Yo (nosotros) y muchos editores con más capacidad que nosotros decimos no a obras interesantes de autores interesantes por una única y sencilla razón: nos rascamos los bolsillos y no nos llega. Así de simple.
No me preguntéis por qué hablo hoy de esto. Bueno, podéis preguntarlo, sois libres, aunque no creo que os satisfaga con una respuesta sesuda y convincente.
Quizás porque estoy ahora escribiendo una novelita corta sin más pretensiones que pasármelo bien, sin planes futuros de enfrentarme a los noes.
Quizás porque ayer mantuve una interesante conversación con un amigo y sin embargo escritor sobre el proceso creativo y el proceso comercial.
Quizás porque me gustaría publicar el doble de lo que publico porque tengo el triple de manuscritos interesantes.
Yo, poco dado a la moraleja, regalo hoy una a todos y todas los que escribís: hacedlo sólo por el placer que supone. Lo demás llegará. O no.
Y una súplica. Si hay alguien navegando por la blogosfera con posibles, pues eso, que se anime al mecenazgo o la inversión, porque hay un buen número de editoriales independientes que gestionarían de mil amores y a las mil maravillas cualquier aportación.
Y para finalizar, un ruego para los lectores de libros, en especial para los que escriben. Reservad un porcentaje pequeño anual o mensual, aunque sea ínfimo, para comprar libros de autores y editoriales desconocidas. Os llevaréis más una sorpresa. Y encima, agradable... Apoyaros entre vosotros. No es garantía de éxito, sin duda, pero puede formar parte de una base más sólida sobre la que apoyarse.
PD. Y si algún editor o editora quiere publicarme algo, pues oye, que me lo diga, que soy optimista y melancólico patológico, pero no tonto... O sí.

23 de junio de 2009

Cacería de sombras (2)

Cumplí a medias mi siguiente propuesta culinaria (incumplir es un verbo que aborrezco tanto como practico). Algún cocinero afirmaría que preparé ternera al güisqui desestructurada. En realidad puse la ternera vuelta y vuelta en la sartén, porque no es bueno abusar del sol, con un chorro de aceite, sal y pimienta. El güisqui lo reservé para los postres.

Una vez cenado, me acomodé en el sofá, frente a la televisión. A mano, la botella y la cubitera. Decidí competir con el calor. A ver quién acababa con el hielo antes, si él o yo.
Encendí la tele. Con un cacho de celo dejé apretado el botón con el que se cambian los canales y me sumergí en un zapping vertiginoso que rápidamente se instaló dentro de mi cabeza. Los hielos, y el mismo güisqui, le dieron un toque caleidoscópico que lejos de excitarme, me relajó profundamente.

El sopor me impidió salir a cazar tus sombras. Creo que ajusté la dosis anestésica mucho mejor que con la cerveza del pollo. Acabado el hielo, empate técnico entre el calor y mi coleto, me recosté allá donde aún reside la sombra, ésta sí negra, de tu melena.

Soñé con una manada de hormigas, tal era su tamaño, que avanzaban desde el pasillo hasta el sofá. Parsimoniosas y en línea recta, sin sortear revistero, ropa tirada, mesita y zapatillas. Soñé que trepaban por el sofá y que continuaban escalando por mis piernas.

Desperté aturdido pero sin resaca. De las hormigas, ni rastro, por supuesto. Pero desperté con tus medias negras preferidas puestas.

22 de junio de 2009

Cacería de sombras

Ayer tocaba comer pollo a la cerveza, pero a última hora decidí indultar al pollo y beberme la cerveza. Bien es cierto que bebí tercios como para cocinar una granja de pollos entera, pero creo que me quedé corto. Debería de haber bebido hasta la parálisis. Siempre he sido muy comedido con esto, y es una gilipollez, porque con la resaca más que garantizada, lo mismo da quedarse dormido en la cama que en el sofá; o en el suelo.

Tras la ingesta decidí iniciar la cacería. ¿Objetivo? No podía quedar ni una sombra tuya por toda la casa. Maté tus sombras una a una: la escurridiza que resbalaba por la mampara de la ducha, la sedosa que trepaba y retrepaba por las sábanas sin hacer, la provocativa que daba forma a los sujetadores y las bragas que no te llevaste, la esbelta que regateaba a los yogures dietéticos caducados que aún están en mi nevera y que impidieron que hubiera más tercios de cerveza, que me los bebiera y que me evitara esta cacería absurda que duró hasta bien entrada la madrugada.

Debí percatarme enseguida. Aunque los recuerdos sean turbios y los sentimientos encontrados, tus sombras nunca fueron negras. Así que llevo toda la mañana recogiendo por toda la casa cadáveres de cucarachas.

Esta noche cenaré ternera al güisqui. Que se vayan preparando las hormigas...

16 de junio de 2009

Audífono

El otro día tuve mi revisión otorrinolaringológica anual. Sirvió para constatar varias cosas:
-el perfecto estado de mi sordera mixta irreversible (vamos, que no ha habido milagros y no oigo más y que no ha habido desastres apreciables durante el último año y que tampoco oigo menos).
-la medicina sigue sin ser una ciencia exacta, porque todas las pruebas que me han hecho siguen afirmando el qué pero siguen ignorando el por qué.
-cada médico parece haber estudiado la carrera en un sitio diferente, con profesores diferentes, en tiempos diferentes y con formaciones dispares. El del otro día, el enésimo que me encuentro en la consulta anual, me preguntó que por qué no me ponía un audífono. Curioso, porque hasta entonces, en los últimos años y cada consulta yo les preguntaba que si no mejoraría algo con un audífono. La respuesta siempre fue negativa hasta que este año, harto de la negativa, no lo pregunté.

No todo es tan fácil, queridos amiguitos, porque aparte de estar casi teniente de la zurda, tengo unos ruidos persistentes la mar de incómodos (
tinitus). Los audífonos generalmente disminuyen estos ruidos, o sea que bien, pero a veces no, e imposibilita el uso del sonotone, o sea, que mal. Así que no me queda otra que probar, a ver si hay suerte y regreso al mundo de los buenos oyentes o me quedo en la penumbra de los que casi oyen.

La ciencia avanza que es una barbaridad, y los audífonos han mejorado lo indecible, tanto en tamaño como en posibilidades (han mejorado en todo menos en precio, claro está), así que con un poco de suerte y un buen sablazo volveré a escuchar sin tener que subir el volumen de la tele, sin tener que meter mis orejas en las bocas que me hablan, sin tener que elegir el sitio de la mesa para abarcar el mayor porcentaje de conversación posible y podré dejar mi careto ensayado de me estoy enterando de todo cuando en realidad me guío por el contexto para atar cabos.

Y puestos a pedir, que ya que pago me voy a poner exigente, quiero que mi audífono me permita las siguientes cosas:
- escucharte, aunque no estés.
- escucharme menos.
- escuchar los mensajes ocultos que me dejan las teclas en morse.
- escuchar la caída de las hojas en pleno verano.
- escuchar con nitidez las mentiras y las estupideces para que no me parezcan medias verdades ni se camuflen de intelectualidad.
- escuchar sólo las victorias del Atleti y el Estudiantes (aun a riesgo de volver al silencio por la vía rápida).

No sé, esto es peor que escribir la carta a los reyes magos, o que pedirle tres deseos al genio de la lámpara, o que elegir qué tres cosas te llevarías a una isla desierta.
Lo de siempre, qué remedio, me conformaré con oír mejor. O no.