31 de agosto de 2010

Nick

La vida es una escritora persistente y tenaz. Mientras que el resto de escritores sufren lagunas, descansan de vez en cuando aparcando las libretas, ella escribe su página diaria sin faltar nunca a la cita. Y es dura como una roca, la vida es una escritora sin escrúpulos, capaz de abordar cualquier tema sin que le tiemble la tinta...
Yo, que no me callo ni debajo del agua, que escribo con incontinencia (como me dice una buena amiga), esta vez me he quedado sin palabras. La vida ha escrito hace poco un final para Nick. Yo quería aportar mi versión. Como homenaje. Y para desahogarme. Pero no me sale.
Nick, quería agradecerte que siempre me preguntaras por la librería, y que incluso te acercaras a alguna de las presentaciones cuando no entendías ni papa de castellano.
Impagable oir cantar a ese pedazo de guiri inglés en bable. Y, hay que joderse, lo pronunciabas mejor que nosotros.
Durante un par de años aportaste musicalidad a mi oreja derecha, a la sana, y ha sido un auténtico placer cantar a tu lado. Conozco a pocas personas que lean tan bien a primera vista (música y texto).
Ya nos pegaste un susto hace tiempo, pero esta vez te has pasado. Que te quedaras dormido en los ensayos tenía su gracia, no te lo voy a discutir. Pero lo de ahora no, lo de ahora no es precisamente divertido.
Nick, estés donde estés, que lo cante usted bien. El 13 de noviembre, sin duda, una parte del concierto será para ti. Y aunque el bis sea de Mendelssohn, espero que lo disfrutes...

29 de agosto de 2010

GRANADA

¿Pero no me habías dicho que te habías ido a Navarra?
Si claro, este verano.

¿Y lo de Granada?
Es que te debo Granada desde el año pasado.


Pues a buenas horas… ya lo había dado por perdido.
Nunca es tarde si la dicha es buena ¿no?

Anda refréscame la memoria, ¿cuándo estuviste en Granada?
El año pasado, en octubre. Nos fuimos 4 ó 5 días.

¿No sabes cuántos días fueron?
No me acuerdo la verdad. Estoy casi segura de que fueron cuatro. Si te interesa mucho el dato se lo puedes preguntar al Zurdo.

Pobre Zurdo, qué cruz le ha caído contigo, jaja.
Oye que no es para tanto ¡eh!. ¿Quieres que te cuente lo que vimos o no?

Venga anda, ¿Qué fue lo que viste?
Pues ya sabes que nos gusta pasear, fuimos bordeando el río Darro hasta el Museo Arqueológico, por el Albaicín, la Catedral, vimos la Alhambra, los Palacios Nazaríes, el Palacio de Carlos V y poco más, no da para más tan pocos días.

El Museo Arqueológico no está mal pero no me impresionó mucho la verdad. Es un edificio bonito pero no es muy grande. Sin embargo el paseo bordeando el río es muy bonito.


Por el Albaicín estuvimos sólo paseando. Es un barrio precioso pero tiene una pega para mí muy grande y es que está todo en cuesta (Zurdo no te rías que te veo).


También estuvimos paseando y comiendo cerca de la Catedral, es un barrio muy bonito.


A la Alhambra estuvimos a punto de no ir porque yo me puse mala pero al final, saqué fuerzas y estuvimos viéndolo. Mereció mucho la pena pero el Zurdo casi se queda sin el jersey porque se le cayó y los vigilantes al principio no le dejaban volver atrás a por él.




… eso sí, los leones no los vimos por ninguna parte…
En el conjunto están también los Palacios Nazaríes y el Palacio de Carlos V, muy bonitos también a pesar de que hay zonas que están casi en ruinas.


Suena muy bien. A mi me encantó la Alhambra.
A mí también, demasiadas cosas para verlas todas en un solo día, pero me pareció todo precioso.
Y con tanto paseo, ¿encontraste casa?
Pues sí y no. Vi una pero es que a mi las primeras plantas no me gustan, pero creo que Granada es un bonito sitio para vivir.


¿Qué fue lo mejor del viaje?
La compañía, zurda como siempre.
¡Cómo no! ¿Y lo peor?
Que me puse malita. Me sentó mal algo y acabé con gastroenteritis una semana. Un fin de fiesta muy poco interesante.
Vaya por dios… ¿Pero disfrutaste del viaje no?
Eso siempre, son de los pocos días en el año que uno descansa y disfruta realmente. Desconectar es fundamental.

La Musa Zurda

23 de agosto de 2010

Todas las tardes

Te esperé toda la tarde.
Fumé media cajetilla en la espera, y eso que yo no fumo.
Bebí lo justo. La primera arcada es mi límite.
Vi demasiada gente pasar. Tanta como la que me vio a mí estar quieto. Esperándote.
Leí el primer párrafo tantas veces, que párrafo multiplicado por veces leído, igual a dos novelas.
Miré el reloj tan a menudo que descubrí lo que tarda en pasar un segundo. No digamos ya una hora.
Empecé a repasar mi lista de tareas pendientes, pero lo dejé para más tarde.
Llegué a olvidar que te esperaba.
Llegué a olvidar quién eras.
Al irme escuché una voz llamándome a mis espaldas.
No aceleré el pasó, pero tampoco lo ralenticé. Tampoco giré la cabeza.
Me justifiqué diciéndome que mi nombre es muy común. Y tu voz muy vulgar.

Quizás mañana vuelva al mismo sitio y a la misma hora. A esperarte.
Y tal vez llegues a tiempo y al sitio adecuado.
Aunque yo no te haya dicho dónde estoy. Ni que llevo toda la vida esperándote.

19 de agosto de 2010

Microrrelato nº2

El conjunto es esperpéntico. El abogado más prometedor, arremangado, sudoroso, frotando frenético con una esponja la ventanilla tras la que se encuentra el departamento de administración. Un esfuerzo inútil porque los salpicones rojos se han convertido en vetas del propio cristal. Ella, sofocada, las manos aún manchadas, llama sin éxito a un “ñapas” del barrio para que cambie la cristalera.
Al menos han hecho desaparecer el cuerpo del delito. Ya encontrarán más tarde la manera de explicar su ausencia.
Queda poco tiempo. El juicio está a punto de terminar y los juzgados están puerta con puerta con el bufete. En menos de una hora llegará el jefe. Él mismo ha querido llevar el caso a sabiendas de que el fracaso estaba garantizado.
Desde luego, es el día menos adecuado para que se entere de que su secretaria y su protegido han acabado con la vida de su boli Bic preferido.

17 de agosto de 2010

Confirmado, de vuelta

Poco a poco me reconozco.
Soy el Zurdo, sí, ese tipo que dice que de mayor quiere ser escritor y que continúa con la loca aventura que suponen la Librería La Clandestina y Editores Policarbonados.
Me ha costado unas horitas pero creo que ya estoy más o menos orientado. Si es que las vacaciones deberían estar prohibidas, hombrepordios, que vuelve uno agilipollao, atontolinao y con una alergia galopante a la rutina…
Sobre el viaje por el valle de Baztán ya os hablará más tarde mi musa con más detalle (es que tengo una musa proactiva, que no sólo inspira, sino que escribe). No sé cuándo podrá porque la pobre anda atareadísima (y la verdad, no sé de dónde saca tiempo y energías para medrar en la pírrica imaginación de este escritorzuelo).

A modo de resumen:
-El valle de Baztán es una auténtica maravilla, un paraíso para el senderista, repleto de rutas que cruzan hayedos espectaculares y pueblos que conservan la arquitectura autóctona como un auténtico tesoro. Para los más perezosos, se pueden perder con el coche por carreteras de montaña en las que solo cabe un coche, con vistas increíbles y con paradas habituales y obligadas, ya que las ovejas, los caballos y las vacas gustan de cagar en el asfalto lo que comen en los campos.
-He vuelto a constatar que me encanta Donosti. Por fin pude ir a Vitoria, una ciudad que se empeñaba en esconderse porque cada vez que intentaba ir pasaba algo. Y he descubierto Pamplona, una ciudad que me ha sorprendido muy gratamente.
-Sobre el carácter de los navarros, sobre el euskera y la complejidad político-social que se vive en la zona ya hablaré en otro momento. Es un tema que daría para llenar un blog entero durante meses… Y apasionante, al menos a mí me lo parece.
-He leído bastante y he escribido mucho más de lo que pensaba. ¿O era escrito y leíto? Tanto jugar con las palabras… El caso es que algo que no tenía visos de nada se está convirtiendo en novelilla (el –illa es por su grosor, que de la calidad ya hablarán otros, espero).

Y ya estoy de vuelta en los madriles, con muchas ganas de abordar nuevos proyectos, propios y ajenos, y pensando en las siguientes vacaciones (Barcelona ponte guapa). Estos primeros quince días serán raros, por motivos laborales, así que creo que guadianaré en mi blog y en los vuestros.
Y poco más, que bienhallados y que nos vemos (en los bares y/o en los blogs).

16 de agosto de 2010

¿De vuelta?

Me hallo sentado entre libros.
Muchos.
No sé si estoy en una biblioteca, en una librería o en una casa de un lector empedernido.

Hay una caja registradora ante mí, así que se reducen las posibilidades.
Ahora sólo tengo que saber qué demonios hago aquí.
El caso es que todo me resulta terriblemente familiar…

15 de agosto de 2010

Recuperando relatos: ¿Quién da la vez?

Desde hace un par de años hay un tipo apostado en la boca del metro. Todos los días y a todas horas. Por lo menos todos los días y a todas las horas a las que yo paso, que se dividen en constantes y dispares. Para que luego haya gente que siga defendiendo que la realidad es una y objetiva… ¿Me podéis creer si os digo que no me había dado cuenta hasta hoy de su presencia? Hoy me he fijado en él y he caído en la cuenta de que estaba allí desde hace tiempo. Es como si hubiera guardado en un álbum miles de fotos repetidas (sólo habría cuatro o cinco diferencias entre cada una de ellas) y disparadas sin mirar por el objetivo y hoy, no sé por qué hoy, pero hoy se hubieran amontonado mezclando esas diferencias para regalarme una única foto representativa de todas, una composición de lugar de ese espacio durante dos años de ignorancia visual.

Ahí estaba el tipo, acodado en la barandilla, contestando amablemente a una señora que se había despistado y había salido por la boca de metro equivocada.

Si lleva dos años allí, más de uno pensaréis que pide, reparte propaganda o canta canciones de Ismael Serrano. Pues no, la realidad además de no ser ni única ni objetiva, muchas veces nos sorprende.
 
Un día estaba él entrando en el metro y una chica le pidió ayuda para encontrar una calle. Tal y como estaba terminando las indicaciones, una señora mayor le preguntó dónde se cogía el 49. Acto seguido un joven greñudo le pidió fuego. No había encendido todavía el porro del greñudo cuando un caballero de portátil, mp3 y bluetooth le preguntó por la farmacia más cercana. «¿No tendrás dos monedas de cincuenta céntimos y una de euro para cambiarme? Es que sólo tengo una de dos euros y no me vale para el parquímetro», le dijo el siguiente.

Un graciosillo aguardó su turno (porque a esas alturas ya había cola), y al llegar a su altura encadenó una serie de preguntas, en un claro homenaje a Aterriza como puedas: «¿Cuál es animal más rápido del mundo?, ¿debo ocultar mi orgasmo?, ¿has estado alguna vez en una cárcel turca?, ¿has visto alguna vez a un hombre desnudo?» El graciosillo se fue sin esperar las respuestas y dejando una última chanza en el aire, «Elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento». Y claro, ahí se abrió la veda. La gente ya no se conformaba con preguntarle una dirección o la hora, sino que empezaron a preguntarle cómo invertir en bolsa, cómo combatir el insomnio, cómo podía uno saber si su marido la engañaba con la vecina del quinto, el resultado del Málaga-Osasuna de la siguiente jornada de liga, la combinación de la primitiva, si iba a llover el viernes por la tarde «porque tengo una boda». Le pedían consulta sobre problemas sentimentales y laborales. Le ponían a prueba con acertijos irresolubles, le traían los problemas de matemáticas del niño para que encontrara las soluciones «Verá usted, es que yo tuve que ponerme a trabajar muy jovencita, y de milagro sé leer, escribir y sumar…». Un día llegaron a pedirle ayuda para ponerle nombre a una recién nacida: ¿Fuencisla o Patrocinio? Y así, hasta hoy.

Ya sé que pensaréis que de dónde he sacado toda esa información, que si ha sido un simple vistazo de escritor en crisis de argumentos lo que me ha llevado a inventarme esta patraña. Pues no. He esperado pacientemente mi turno (había cuatro personas delante de mí) y he hecho lo que hace todo el mundo: preguntar.

-Perdona si te resulto insolente, ¿pero qué haces aquí? ¿Estás bien?

Me ha contado toda su historia con una normalidad pasmosa. A medida que iba llegando al final de la narración, se le iba nublando la mirada, hasta que las nubes descargaron resbalando por sus pómulos, coincidiendo con el punto y final.

-Perdona que abuse de mi turno y te haga una segunda pregunta, ¿por qué lloras? –quise saberlo por egoísmo, más preocupado por haberle provocado yo el llanto que por el llanto en sí. Manejo fatal el tema de las culpabilidades…

-Lloro porque es la primera vez en dos años que alguien me pregunta que si estoy bien –me contestó mientras hacia una limpieza de lágrimas sorbiendo los mocos, que es la manera absurda de aspiración que se utiliza en ausencia de pañuelo, como si los mocos, por gutación, se llevarán el agua salada tras de sí-. Y aunque sólo fuera por probabilidad o por casualidad, ya es raro que entre miles de preguntas nadie haya colado un «¿estás bien?»

Me despidió con la cara ya seca y con la misma sonrisa con la que me recibió. Me di la vuelta y vi cómo abandonaba su puesto vacilante, como el que se emancipa pero sin saber si sabrá valerse por sí mismo. Y escuché cómo iba pidiendo disculpas, una tras otra, a todas las personas que formaban la cola (conté hasta 34), informándoles de que había decidido regresar a su vida normal. Hubo felicitaciones, reacciones neutras y, sí, también hubo reproches.

Al mediodía, al salir del metro para ir a comer, efectivamente el hombre ya no estaba. Se respiraba un aire enrarecido en los alrededores de la boca del metro. Mucha gente extrañaba no tener a ese personaje que resolvía todo tipo de dudas. Otras personas, simplemente, notaban que algo faltaba en el paisaje pero no sabían exactamente qué.

 
Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:

13 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Sin sombras

Aún hoy dicen que no es posible, pero también aseguran que sucedió. Yo sólo puedo dejar constancia de las primeras horas, porque después perdí el sentido de las cosas, aunque dicen que no la conciencia (vamos, que seguí con los ojos abiertos, sin más). Esas primeras horas las recuerdo con nitidez fotográfica, nitidez que va perdiendo calidad minuto a minuto, como en un suave difuminado que en el último tramo me impide discernir entre lo que es verdad y lo que es inventado. Esto no es novedad, para qué nos vamos a engañar, porque a la que me despisto la verdad y la mía se dedican a fornicar de manera inmisericorde.

Ese día amanecí con el otoño cayendo a ambos lados de mi retina. Llevaba unos cuantos días inquieto. Cíclicamente me da por buscar sentido a mi vida y por no encontrárselo, y justo ese día se conocieron por enésima vez la búsqueda y su ausencia. Esos días suelo dejar a mi espalda el ordenador (y no es una metáfora) y me dedico a ver la vida pasar desde la ventana de mi despacho. Sólo abandono el puesto de vigía para mear y para pagar al repartidor de comida china.

Empezó a anochecer y yo seguía apostado en el quicio de la ventana mirando la calle a través de un cristal que más bien parecía el cuadro de una exposición de entomología, (por la cantidad de insectos aplastados que yacían en él), o el cristal que regalan con el coleccionable “CSI: practica en tu casa” (por la cantidad de dedazos que he ido dejando de limpiar). Lejos de molestarme, los cadáveres y las huellas me ayudaban a entrar en una suerte de trance hipnótico que detenía el tiempo y ralentizaba el movimiento de la calle. Una silla alta me permitía estar tan cómodo como si estuviera en la más cómoda de las camas. Una mesita de bar hacía las veces de él, la parte por el todo. O viceversa.

Justo a la altura de la ventana (mi despacho está en un entresuelo, una mezcla de bajo y primero que me regala una visión casi perpendicular al suelo) se erguía una farola, que parecía la única de la calle por la distancia a la que se encontraban las otras. Por eso pude disfrutar con el juego de sombras que la farola hacía con cada persona que iba calle arriba o calle abajo. A medida que se aproximaban a la farola las sombras las perseguían, adelantándolas poco a poco y poniéndose a su altura justo a la altura de la farola. De repente la sombra aceleraba y les precedía a medida que iban dejando la farola atrás. Parecerá una tontería, lo es, pero jamás me había fijado en ese detalle. Mi experiencia en la observación de las farolas se limitaba, hasta entonces, a los viajes de veraneo en los que me dedicaba a contarlas para que el reloj fuera más deprisa que nuestro propio coche.

No sé cuánto tiempo pasé confirmando la relación persona-farola-sombra. Sólo sé que cuando estaba a punto de convertirlo en una verdad física absoluta, las cosas empezaron a torcerse. Delante de mí empezaron a caminar personas que ya llegaban con la sombra adelantada, personas que iban con la sombra detrás y detrás seguía aunque superaran la farola, personas acompañadas a la diestra y/o a la siniestra por su sombra. Vi sombras inverosímiles para los cuerpos que las creaban: excesivamente grandes, excesivamente pequeñas, con demasiados ángulos o demasiado redondeadas. Al cabo de un rato llegaron a pasar personas sin sombra.

Aún hoy dicen que no es posible, pero también aseguran que sucedió. Pasé dos semanas así, apostado en la ventana, supongo que esperando de día a que llegara la noche. O incluso sin desperdiciar la tibieza del sol otoñal que me regalaba tenues sombras, perceptibles a mi ojo entrenado. Sombras lógicas; sombras díscolas; sombras inexistentes. Dos semanas viendo la vida pasar. No lo recuerdo, pero varios testigos del barrio lo confirmaron. Uno de ellos llamó al 112.

Llevo varios meses sin buscarle sentido a la vida, así que su ausencia no me atormenta. Los médicos no dieron con las causas por más que examinaron mi cerebro, pero sí dieron con la solución. Desde hace cinco meses vivo en una habitación que tiene una luz especial que no da sombras.

Pero las veo con sólo cerrar los párpados.
 
Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:

11 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Sin título

Se pasó toda la noche dando vueltas en la cama, tanto que el colchón más bien parecía una sucesión de laderas escarpadas, merced a los pliegues de la sábana, que en número, como los anillos en los troncos de los árboles, hablaban de largas horas de insomnio.

La almohada, fruto del rozamiento, a esas horas ya era tan dura y lisa como un canto rodado erosionado por las olas constantes de un mar sin sobresaltos.

Sin literaturas, otra puta noche sin dormir, la cuarta consecutiva sin pegar ojo. Para él era una situación novedosa. Jamás problema alguno le había quitado ni el hambre ni el sueño ni le había estropeado su maravillosa regularidad intestinal. Realmente no había pasado nada excepcional que aparentemente justificara el insomnio, y esa falta de razones añadía vueltas de cama y horas de vigilia.

Ni siquiera podría alimentarse con la compasión paseando su alma en pena por los largos pasillos de su oficina porque estaba de vacaciones. Ni podría tostar la palidez en la playa porque estaba pasando las vacaciones en casa.

- ¿Te quedas en Madrid por la crisis?

Y él contestaba que sí, por la crisis.

Y callaba que sí, por la crisis emocional (entre sus chaladuras todavía no tenía previsto viajar solo). Que nadie se anticipe, porque el insomnio nada tenía que ver con su último fracaso sentimental. Él fracasaba con la misma facilidad con la que otros aciertan.

Durante esos cuatro días (porque la noche sólo era la parte en penumbra del insomnio) probó de todo, desde bebedizos caseros que recordó de las matracas que le soltaba su abuela, hasta montar hasta la extenuación en su bici estática (y nunca mejor dicho lo de estática, porque así había permanecido desde que la compró).

Practicó ejercicios de relajación que le pusieron más nervioso. Se masturbó compulsivamente buscando un agotamiento que llegó, pero acompañado del hastío antes que del sueño.

Cuatro días sin dormir dan para buscar pecados mortales, heridas sin cerrar, traumas infantiles, letras sin pagar, remordimientos, arrepentimientos, ansias. Incluso dan para no encontrar nada. Cada segundo estéril que pasaba por el chino del análisis prometía convertirse en una semana más de párpados abiertos.

Le dio tiempo a revisar sus últimas decisiones y sus penúltimas cobardías hasta el aburrimiento, y decidió que para aburrirse era mucho más divertido ver la teletienda.

Y escuchando "¿Está cansado de usar cuchillos que no cortan? ¿Está harto de que unos cuchillos desafilados arruinen una cena especial? ¿Le frustra pasar tanto tiempo preparando una comida? Le presentamos el nuevo conjunto de cuchillos Miracle Blade III” se quedó cuajado en el sofá como la bella durmiente tras cuatro días de mordisquear una manzana de efecto retardado.

PD. Este relato no tiene título, al igual que no tiene moraleja ni trascendencia alguna, como un tanto por ciento elevado de la vida misma.
 
Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:

9 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Ahora no

Llevo un buen rato paseando de un lado al otro del andén.
Desde luego soy el reclamo perfecto para los vigilantes del metro, aunque para mi suerte tienen en qué fijarse:
-una pareja tocando el acordeón,
-un tipo que según parece se ha colado,
-otro que no se ha colado pero da lo mismo porque tiene pinta de haberlo hecho,
-un ciego con el bastón ciego,
-una octogenaria con visones muertos almidonándola que se ha perdido y no sabe en qué parte del barrio de Salamanca se halla...
Y yo sigo paseando de un lado al otro del andén.



El cinturón me aprieta cada vez más.



Un sudor frío me recorre la frente raspando como el hielo.
El pulso no puede acelerarse más y decide desacompasarse.
Voy perdiendo oportunidades a cada segundo que pasa.
Ahora no porque hay una madre con un bebé recién nacido.
Ahora tampoco porque una embarazada le cuenta a otra que por fin ha dejado de tener vómitos.
Ahora menos aún, porque una pareja de adolescentes se comen a besos por primera vez.
Ahora no puede ser, porque pasea el hombre con mayor número de deficiencias que he visto en mi vida.
Ahora imposible, una niña da saltos de alegría porque ha acertado cuatro palabras en inglés y se ha aprendido la tabla del dos.
Ahora no porque dos ancianos leen sonriendo el folleto de sus primeras vacaciones.
Ahora no pero en algún momento tendrá que ser que sí. Para eso he venido y por eso no me puedo ir.
Decido sentarme en el banco que está en el centro del andén.
Cerraré los ojos y los oídos.
Y cuando sienta en la piel el viento del próximo tren saliendo del túnel, será que sí.

Léase el relato dos veces. En la segunda cambie “cinturón” por “cinturón explosivo”.

Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:

7 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Cacería de sombras

1

Ayer tocaba comer pollo a la cerveza, pero a última hora decidí indultar al pollo y beberme la cerveza. Bien es cierto que bebí tercios como para cocinar una granja de pollos entera, pero creo que me quedé corto. Debería de haber bebido hasta la parálisis. Siempre he sido muy comedido con esto, y es una gilipollez, porque con la resaca más que garantizada, lo mismo da quedarse dormido en la cama que en el sofá; o en el suelo.
Tras la ingesta decidí iniciar la cacería. ¿Objetivo? No podía quedar ni una sombra tuya por toda la casa. Maté tus sombras una a una: la escurridiza que resbalaba por la mampara de la ducha, la sedosa que trepaba y retrepaba por las sábanas sin hacer, la provocativa que daba forma a los sujetadores y las bragas que no te llevaste, la esbelta que regateaba a los yogures dietéticos caducados que aún están en mi nevera y que impidieron que hubiera más tercios de cerveza, que me los bebiera y que me evitara esta cacería absurda que duró hasta bien entrada la madrugada.
Debí percatarme enseguida. Aunque los recuerdos sean turbios y los sentimientos encontrados, tus sombras nunca fueron negras. Así que llevo toda la mañana recogiendo por toda la casa cadáveres de cucarachas.
Esta noche cenaré ternera al güisqui. Que se vayan preparando las hormigas...

Y 2

Cumplí a medias mi siguiente propuesta culinaria (incumplir es un verbo que aborrezco tanto como practico). Algún cocinero afirmaría que preparé ternera al güisqui desestructurada. En realidad puse la ternera vuelta y vuelta en la sartén, porque no es bueno abusar del sol, con un chorro de aceite, sal y pimienta. El güisqui lo reservé para los postres.
Una vez cenado, me acomodé en el sofá, frente a la televisión. A mano, la botella y la cubitera. Decidí competir con el calor. A ver quién acababa con el hielo antes, si él o yo.
Encendí la tele. Con un cacho de celo dejé apretado el botón con el que se cambian los canales y me sumergí en un zapping vertiginoso que rápidamente se instaló dentro de mi cabeza. Los hielos, y el mismo güisqui, le dieron un toque caleidoscópico que lejos de excitarme, me relajó profundamente.
El sopor me impidió salir a cazar tus sombras. Creo que ajusté la dosis anestésica mucho mejor que con la cerveza del pollo. Acabado el hielo, empate técnico entre el calor y mi coleto, me recosté allá donde aún reside la sombra, ésta sí negra, de tu melena.
Soñé con una manada de hormigas, tal era su tamaño, que avanzaban desde el pasillo hasta el sofá. Parsimoniosas y en línea recta, sin sortear revistero, ropa tirada, mesita y zapatillas. Soñé que trepaban por el sofá y que continuaban escalando por mis piernas.
Desperté aturdido pero sin resaca. De las hormigas, ni rastro, por supuesto. Pero desperté con tus medias negras preferidas puestas.

Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:



6 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Derrama

Recuerdo cada detalle del momento en el que nos conocimos. Fue en la primera reunión de vecinos de la comunidad. Éramos todos nuevos, así que todo eran presentaciones, tanteos, que no tientos, y miradas de observación. Casi todos, gente joven (es que yo a los de mi edad los considero gente joven). Cada uno iba interpretando histriónicamente su papel como tarjeta de visita. Iban despuntando los líderes, los graciosillos, los polémicos, los pusilánimes. Por supuesto, los ausentes. Incluso creí detectar a algún moroso entre la concurrencia. Eso, hasta que apareciste. En ese momento todo se difuminó, hasta las voces, y se abrió un túnel directo entre tus ojos y los míos. Nunca te había visto. No habíamos coincidido ni en el portal, ni el ascensor, ni en ninguna tienda del barrio. Lo recordaría. Desde que entraste en la sala podría haber votado a favor, bajo la hipnosis, hasta una derrama para tapizar los espacios comunes con cabezas de caza mayor. Algo me decía que lo que estaba pasando, fuera lo fuera, era mutuo, porque ambos intentábamos esquivar nuestras miradas con la misma frecuencia, en ese juego en el que las pupilas salen corriendo para los lados nada más rozarse. La frecuencia fue variando, ralentizándose, hasta que al final de la reunión nos mirábamos fijamente, tanto que todo el mundo empezó a levantarse y tú y yo seguíamos sentados; y mirándonos fijamente. En un momento dado, los dos hicimos un aspaviento como si fuéramos dos futbolistas regateándonos y te perdí de vista. Salí de la sala despidiéndome con adioses rápidos y protocolarios creyendo que todavía te alcanzaría, pero no fue así. Te imaginé escondida tras algún esquinazo para mantener la magia del primer encuentro sin palabras. Y esa sensación la tuve durante días, hasta que un domingo nuestras manos se rozaron intentando coger el mismo periódico en el kiosco. En el primer encuentro fueron los ojos y en el segundo, la piel. Y una caricia aunque sea involuntaria es tan potente como para ser el comienzo de algo. Nos atropellamos el uno al otro con un buenos días que continuó hasta un buenas noches. En medio, descubrí el color de tus ojos, porque en aquella reunión sólo me pude quedar con tu mirada. Confirmé que tú tampoco te habías enterado de nada de la reunión, porque bromeé preguntándote qué te parecía la derrama para tapizar los espacios comunes con cabezas de caza mayor y tu cara de sorpresa fue mayúscula. “Vaya, veo que tú tampoco atendiste demasiado a nuestros nuevos vecinos...”. Ese fue nuestro primer guiño de complicidad. El resto del día se nos pasó volando, contándonos los caminos que nos habían llevado a compartir kiosco. Recuerdo el primer contacto con el olor de tu champú habitual. Recuerdo que tiré la toalla a la lona a las primeras de cambio porque anticipé que tu sonrisa me ganaría siempre por k.o. técnico. Recuerdo tu voz grave, pero dulce y envolvente. Recuerdo tu descaro haciéndome una radiografía mientras que mi descaro hacía lo propio con tu cuerpo. Recuerdo, recuerdo, recuerdos, recuerdos...

Algo parecido a esto, me gustaría recordar cuando te conozca.


Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:

5 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Tres huellas

Tres huellas iban marcando su rastro, las dos de sus enormes zapatones y el círculo preciso que cincelaba el bastón en la nieve. Tres huellas profundas, debido a la lentitud de sus pasos y a su pesado corpachón.



Hacía un par de horas que había dejado de nevar. Lucía un sol madrugador que era incapaz de derretir la nieve, pero que sacaba magníficas fotografías con todos los blancos posibles. La ausencia total de viento dejaba a cada copo reposar en su milímetro cuadrado de aterrizaje. El frío intenso se encargaba de fabricar moldes de suela de zapatón. Y de punta de bastón.



Caminaba siguiendo el rumbo anunciado por sus futuras pisadas.



Caminaba con la tranquilidad del que ha asumido que no puede hacerlo más deprisa.



No iba a ninguna parte. Al menos no a ninguna parte concreta.



Simplemente le gustaba caminar por la nieve. Le gustaba escuchar el crujiente sonido de los cristales cediendo bajo su cuerpo. Le gustaba escucharlo a través de la piel de sus pies, porque el deterioro de sus oídos le impedía incluso escucharse a sí mismo.



Disfrutaba descubriendo las lágrimas ocres que iban coloreando el suelo al borde del camino. Su vista cansada se las ofrecía por sorpresa, como si surgieran del subsuelo en vez de caer, ya que era incapaz de ver el lloro lento debido a la curvatura de su espalda, y se tenía que conformar con la quietud repentina que se anticipaba a sus pasos.



Mientras caminaba, recordó aquella tienda de la calle principal. Recordó cómo de niño pasaba horas con la nariz aplastada en el escaparate, jugando con el vaho a la vez que disfrutaba de aquellas postales de montañas nevadas que tanto le gustaban. El recuerdo le provocó una pequeña sonrisa que venció, no sin dificultad, a los entumecidos muelles de sus arrugas.

Nadie vio su tímida sonrisa. Era muy temprano, tanto que no se cruzó con más huellas por el camino.



Así que nadie pudo extrañarse de ver a ese anciano grandullón, abrigado con tantas capas como su movilidad le permitía ponerse, caminando despacio por la orilla alisada de la playa, bajo un incipiente sol que empezaba a desperezarse, tocando torpe con sus largos brazos la cara apergaminada del viejo, que jamás había visto la nieve.

 

Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:





4 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Amaya en tres actos

Amaya 1



Llevo un rato sentado observándola. Tengo un ataque de celos contenidos que no puedo evitar. Cuando me lee, prefiere la compañía de mis personajes en vez de la mía. “Si vas a estar mirándome fijamente todo el rato, me voy a otro lado a leer”, me dice sin levantar la vista del libro. Sinceramente pensé que ni se había dado cuenta que estábamos en la misma habitación. No es la primera vez que me pasa esto. Es exactamente la quinta, tantas veces como novelas llevo escritas.Me levanto para no molestarla y recorro el pasillo pensando lo que va a pasar en breve. Mi ataque de celos contenidos tendrá en pocos días como respuesta un ataque de celos furibundos por parte de ella. El quinto ataque. Le precederán un par de días de silencioso absoluto sólo interrumpidos por “ya sabes que la novela que más me gusta es la siguiente que escribas” y por los “no me pasa nada”.La tormenta siempre tiene el mismo protocolo. Llego a casa y me encuentro la mesa lista para cenar, con comida del catering de la tienda de la esquina (porque en esta casa sólo cocino yo). Estará preciosa, con un traje de los que se lucen en las alfombras rojas de las galas cinematográficas (pero en versión humilde, que ninguno de los dos ganamos para dispendios). Después de la cena haremos el amor con esa mezcla mágica, como si lo hiciéramos por primera vez y como si fuera la última. Y en el momento en el que tendría que venir la calma es cuando caerá el primer trueno. “¿Cómo se llama ella? Y no hagas lo de siempre, por favor...” Esta vez no repetiré mi teoría sobre las musas, ni le diré que mis ojos de escritor son capaces de construir centenares de personajes femeninos fijándome sólo en ella. Esta vez sólo contestaré: “Amaya”.

Amaya 2



(...) Esta vez sólo contestaré: “Amaya”. Sé que se enfurecerá más. Se sucederán unos segundos de falsa calma, como cuando hay que esperar a que se cargue el desfibrilador para la siguiente descarga. “El libro se llama Amaya, la protagonista se llama Amaya, yo me llamo Amaya, pero ella y yo no somos la misma persona”, me dirá mirándome directamente a la retina. Me vestiré y le pediré que se vista, porque hay algunos desnudos que no soporto. Ella se negará, exhibiendo groseramente su piel que no reconoceré como la seda que me acarició hace apenas cinco minutos. Sé que no es la respuesta que esperaba. O no la creerá y pedirá la verdad, o la creerá y pedirá los detalles.



Amaya 3



(...) o la creerá y pedirá los detalles. Pero nada sucedió como pensé. Mi ataque de celos no tuvo respuesta con uno suyo. No me dijo que mi siguiente novela sería la mejor, ni hubo aviso de tormenta, ni sexo sublime, ni la propia tormenta llegó. No hubo preguntas. Y obviamente me quedé sin poder dar respuestas. Desperté con el libro apoyado en su parte de la almohada. Los armarios y los cajones abiertos de par en par. El hueco destinado a las maletas, hueco. Desde el espejo donde suele darse el último retoque, un sendero salado que recorría a goterones el suelo me llevó directamente a la puerta de la calle. Ni una nota, pero no hizo falta porque todo estaba escrito. No soportó verse tan bien reflejada en mi novela “Amaya”. No soportó ser más modelo que musa. Nuestra relación había perdido su sentido el día que Amaya se redujo a una, en vez de seguir multiplicada en varias mujeres capaces de provocar atracción y celos a la propia y única protagonista. Tras las lágrimas derramadas, las mías, empiezo a escribir la siguiente novela, El regreso de Amaya, sin esperanzas, pero también sin otra razón para seguir escribiendo.

Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:





3 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Querido diario

Querido diario:
Por fin lo he hecho. El sábado me acosté con Joaquín. No te he hablado de él porque me daba vergüenza hasta nombrarlo. Tiene 17 años, aunque aparenta más. Es muy guapo y tan tímido como yo. Le conocí en las clases de confirmación, aunque ya le había visto varias veces por los pasillos del instituto.

Fue la primera vez para los dos. Lo hicimos en mi casa, aprovechando que mi madre se fue a pasar el fin de semana a la capital. Cada dos meses va a visitar a su hermano mayor. De pequeña me llevaba siempre con ella, pero dejó de hacerlo con la excusa de que Madrid no es una ciudad para gente como nosotros.

Creí que nunca me iba a atrever a acostarme con un chico. Madre habla mucho de sexo conmigo, casi todos los días, pero para prohibírmelo moralmente, para pintármelo como lo más asqueroso del mundo, como algo sucio y doloroso, como algo peligroso que cambiaría mi vida drásticamente. ¡Y vaya si me la ha cambiado! Llegué a ver a todos los hombres como potenciales violadores, hasta que conocí a Joaquín. Llegué a pensar que realmente el sexo era algo malo y sucio, incluso para reproducirse. Hasta el sábado.

Madre me tuvo a los dieciocho años recién cumplidos y sus planes de futuro se fueron al traste. Ella no tuvo la culpa, la culpa la tuvo padre, la tuve yo y la tuvo el sexo.

El ambiente rancio del pueblo tampoco ha contribuido a mejorar mi imagen de los hombres y del sexo. Las series de televisión que veo a escondidas discrepan tanto con la realidad que vivimos aquí a diario… El párroco con sotana de invierno hasta en verano, los corrillos en cada esquina con el metro de sastre dispuesto a medir la largura de las faldas y la profundidad de los escotes. El confesionario repleto de beatas pidiendo la absolución del pecado de tildar de putas a casi todas las niñas, adolescentes, casadas y viudas del pueblo que se desvían un grado a la izquierda de los preceptos morales. Don Severino dirige el colegio casi como en los primeros capítulos de la serie “Cuéntame” y poquísimas mujeres se libran de entrar en el club “Vicaría, maternidad y labores del hogar”. En definitiva, un pueblo grande, no un pueblín precisamente, vestido con ropajes apagados que van oscureciéndose a medida que avanza la semana, llegando al negro predominante de los domingos.

Joaquín llevaba semanas mirándome de forma diferente en las clases de confirmación. Soy tímida y timorata, pero no tonta y enseguida me di cuenta. Y enseguida yo también empecé a mirarle a él de forma diferente. Empezamos a hacernos los encontradizos y a buscar los caminos a casa que nos permitieran compartir el mayor tramo posible. No hubo besos previos, ni consentidos ni robados. No hubo tocamientos ni en portales ni en oscuridades. Ni siquiera hubo conversaciones de aproximación ni declaraciones previas. El deseo, que ahora reconozco mutuo, invitó a Joaquín a proponerme directamente que nos acostáramos. Del bofetón no le libró nadie, claro. Porque es lo que tiene que hacer una chica decente y porque me daba unos segundos vitales para reaccionar. Él lloró, de vergüenza más que de dolor, pero debió darse cuenta de que el deseo residía ya en mis ojos, se enjugó las lágrimas y me lo volvió a proponer. No podía acceder sin más, desde luego no me habían educado para eso, así que me despedí con un tal vez que sonó demasiado a aceptación. Y no me arrepentí.

En varios días no coincidimos, sin esquivarnos, probablemente buscándonos. Le volví a ver al siguiente viernes y, después de clase, nos acompañamos por la ruta más larga posible. Al llegar a la encrucijada, le dije que al día siguiente estaría sola en casa, que mi madre no volvería hasta el domingo. Acepté su beso vertiginoso, tanto que no acertó en los labios, y su huída despavorida como un sí a la cita. Me dio tiempo a gritar un “te espero a las ocho” con la esperanza de que le hubiera dado tiempo a escucharlo.

El sábado a las ocho estaba puntual como un clavo llamando al timbre. Llevaba detrás de la puerta cinco minutos, pero no llamó hasta que sonaron las campanas de la iglesia. Lo sé porque yo llevaba los mismos cinco minutos observándole por la mirilla.

Le dije dónde podía dejar el abrigo y le llevé hacia mi cuarto. Mi cama es muy pequeña, pero jamás osaría utilizar la cama de madre ni para dormir.

Igual que no hubo preámbulos ni largas frases antes, no las hubo ahora. Nos desnudamos despacio, uno enfrente de otro, con la luz encendida. Yo lo tenía claro, ya que me había decidido, quería verlo todo, y Joaquín no protestó. Al poco tiempo él se quedó sólo con unos calzoncillos de niño y yo con unas bragas de vieja. No me había puesto sujetador para no ponerle en el compromiso de tener que hacer una primera demostración de virilidad quitándomelo sin titubear.

Nos acercamos casi a la par, como si ninguno quisiera ceder la iniciativa al otro. Le bajé los calzoncillos y me quedé paralizada. No de miedo, sino de emoción. Era la segunda vez que veía a un hombre desnudo de cerca, y la primera que lo tenía todo para mí. De pequeña, madre y yo lavábamos a padre cuando enfermó, pero más que un hombre a esas alturas era un guiñapo. Joaquín me abrazó y con una ternura que no pudo si no tranquilizarme, me dijo que no me preocupara por nada, que se había bajado varias películas de internet y que sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Terminó de desnudarme, nos acostamos y la estrechez de la cama le colocó a él encima de mí. Todo fluyó de una manera natural, torpemente natural. Sólo se interrumpió cuando el quiso levantarse a por un condón y yo se lo impedí. Joaquín insistía, pero yo tenía mis razones y le convencí de la manera más sencilla y tradicional: “Sin condón o no lo hacemos”.

Ni me dolió ni obtuve placer, pero me encantó. Me gustó mucho sentirle entregado, atento. Me gustó mucho sentirme su primera mujer, notar la emoción de sus primeras exploraciones en mi cuerpo. Me pareció fascinante, raro, sentir cómo penetraba en mí. Me da mucha vergüenza decirlo, pero disfruté mucho cuando sentí brotar su semen dentro de mí. En ese momento me estremecí, casi noté placer. Hubiera muerto tranquilamente con él derrotado sobre mí, sudoroso, temblando, acompasando su vientre con el mío, mis dedos peinando sus rizos, los suyos acariciando mis costados.

Sé que no deberíamos repetir, y así se lo dije. Él no se molestó en rebatírmelo y yo sólo vivo para arrancar de dos en dos las hojas del calendario, con la esperanza de que madre adelante la siguiente visita a su hermano mayor.

Querido diario, jamás volveré a contarte nada sobre lo sucedido ni sobre Joaquín. Es más, cuando ponga el punto y final a estos párrafos te quemaré. Temo mucho que alguien se entere de esto y tenga repercusiones negativas para él y para mí. Sé que el trabajo de mujer de la limpieza del instituto no es gran cosa, pero es todo lo que tengo. Y no me gustaría dejar de ser catequista en los grupos de confirmación de la parroquia, porque me reconforta el trato con los jóvenes. Y me dirás tú, si la gente se entera y tengo que emigrar del pueblo, a dónde voy yo ahora, a mis cincuenta recién cumplidos.

Siete y veinte de la tarde del 9 de enero de 2010



PD: Jugad a cambiar algunas palabras en el texto y veréis como cambia la perspectiva…
Por ejemplo:
-3-4ª frase: Tiene 17 años, aunque aparenta más/menos.

Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:






2 de agosto de 2010

Concursando, que es gerundio...

Pues sí, amiguitos y amiguitas:
Otro año más me presento al concurso 20blogs de 20 minutos.
El año pasado concursé en la categoría PERSONAL y para mi sorpresa quedé el quinto. Digo para mi sorpresa porque apenas si tuve tiempo de promocionarme y de visitar blogs. El caso es que quedé quinto y descubrí a muy buena gente y algunos incluso se materializaron en personas que conocí en la fiesta de entrega de premios.

Este año me he pasado a la categoría CULTURA. ¿Por qué? Supuestamente había menos gente (este año no es tan así) y porque este año prefiero dedicar el poquito tiempo que tengo a escribir: a escribir literatura. Así que durante unos mesecitos escribiré casi exclusivamente relatos y hablaré sobre libros. Bueno, y alguna abzurdez que otra caerá...
¡Y pensar que cuando me inicié en esto de los blogs iba a abrir un blog con unos amigos que se llamaba LA KULTURA ME SATURA...!

Este año tendré aún menos tiempo para concursar, así que casi mi única motivación es acudir a la fiesta y reencontrarme con Abacab, las Cucas y todos los seres/as despreciables/as que se animen a acudir.

Fijaos si no tengo tiempo para concursar que ahora mismo estoy en Navarra de vacaciones, sin ordenador, perdido por esos mundos del dios de los ateos...
Me leeis gracias a la magia de la informática.
Y así será durante dos semanas. He dejado programadas una serie de entradas en las que podréis leer relatos antiguos de este blog. A la vuelta atacaré con "originales".

Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:

Un abrazo zurdo para todas y todas. ¡Nos vemos en breve!