14 de abril de 2011

Caminé siete kilómetros por ti

Pues sigo jugando todos los miércoles en los Diablos Azules a improvisar relatos. Esta vez la frase propuesta era "Caminé siete kilómetros por ti" y me quedé a las puertas de la gloria. Os recomiendo a los madrileños que algún día os paséis porque es muy divertido.
Y antes de pasar al relato propiamente dicho... ¡¡¡SALUD Y REPÚBLICA!!!


Aún hoy porfías. Todavía no he conseguido convencerte de que te quiero.
                Cuando nos conocimos por internet te advertí de que uno de los requisitos imprescindibles es que vivieras en mi barrio. No tengo carné de conducir y jamás cojo el transporte público. Reconociste dónde vivías con temor. Lo noté en tu manera vacilante de teclear, cuando, generalmente, parecías una pianista disfrutando de las agilidades.
                Dudé, nunca te lo negué. Pero la intuición forjada a golpe de horas de chat me decía que merecía la pena conocerte. Rompí mi propia norma y caminé siete kilómetros por ti.
                Llegué a tu casa exhausto. No había caminado tanto desde aquel domingo que me empeñé en comer con pan y se me había olvidado que había huelga de panaderos. El primer esquirol trabajaba muy cerquita de tu casa.
                Saliste a recibirme con la silla de ruedas para las visitas. Yo, impulsivo, salí de casa con las muletas de a diario.
                Tal y como llegué, me quedé. Llevamos cinco años viviendo juntos y aún hoy dudas que te quiera. Todavía piensas que sigo aquí porque mi casa está a siete kilómetros.

7 de abril de 2011

Masaje cardiaco

-Ella, que lo haga ella –rogó la anciana.
        El sanitario intentó explicárselo pausadamente.
        -La señorita no conoce las técnicas de reanimación. Su marido precisa de profesionalidad absoluta en estos momentos hasta que llegue la ambulancia medicalizada –le dijo con una serenidad y una precisión impropia para tal emergencia-. Mi compañero atesora una experiencia sin parangón y acumula un número de reanimaciones exitosas que son la envidia de los servicios de urgencias.
        -Tiene que ser ella –volvió a la carga la anciana-. Ella lo empezó y debe acabarlo.

Minutos antes su marido había sufrido un paro cardiaco al ver a aquella muchacha despampanante que vestía con la ropa justa o desnudaba con la necesaria. La entrada en el vagón del metro provocó una corriente de miradas que desembocó en el afluente de la turgencia de sus pechos. Lo que viene siendo el canalillo. En este caso concreto, don Canal. Provocó también múltiples palpitaciones asincopadas, que en el caso del anciano derivó en colapso.

-Lo siento, señora, pero lo que me pide es a todas luces imposible. Nuestro código deontológico es claro y estricto. Y nuestra ética, intachable. Y lo es, precisamente, por hacer no concesiones a la norma.
       La muchacha, profundamente compungida, tapada desde los tobillos al pescuezo por un pañuelo sabanero y tupido que nadie sabía de dónde había salido, porque bolso no llevaba, y los bolsillos de la minifalda y el top no contaban, arguyó que jamás había hecho el boca a boca ni había practicado ningún masaje cercano a lo cardiaco, pero que había visto las primeras temporadas de Urgencias y las últimas de House (en inglés, añadió, dato este que pasó desapercibido muy a su pesar), y que estaba dispuesta a intentarlo.
       La vieja se llevó al sanitario a un aparte, mientras su compañero seguía incansable bombeando y la muchacha seguía proponiéndose para sustituirlo.
       -Mire, hijo, mi marido tiene los días contados. De hecho, está viviendo los de regalo, porque su médico le dio tres meses hace cuatro. Él espera la muerte con la serenidad que le proporciona la morfina. Lo único que teme a estas alturas es la agonía, el dolor. Yo sólo pretendo proporcionarle una muerte dulce, y qué más dulce que los labios carnosos de esta moza. Reconózcalo –prosiguió añadiendo más derrotismo a su alegato-, ni siquiera tenemos la seguridad de que su experto compañero consiga reanimarlo…
       El sanitario lo pensó y lo repensó. Su compañero luchaba denodadamente por mantenerlo vivo. Miró al anciano tendido y a la anciana encorvada. Miró a la chica erguida.
       -Vaya a despedirse de su marido –accedió al fin-. Yo voy a darle instrucciones a la muchacha.
       La anciana se arrodilló como pudo, agradecida, al lado del infatigable reanimador. Acarició con ternura la cara de su marido, enredó sus dedos artríticos en sus canas y le susurró quedamente:
       -La penicilina te salvó de la sífilis que cogiste con aquella puta con la que te acostabas hace cuarenta años. A ver cómo sales de esta, viejo cabrón.

1 de abril de 2011

SMS

Suena un sms en el vagón de metro e inmediatamente todo el mundo revisa su móvil. Aunque haya sonado un tono que nada tiene que ver con el nuestro. Por mimetismo. Por impaciencia. Por deseo. Quizás por envidia.
Ayer, volviendo a casa, volvió a pasar. Ceremonialmente todos los pasajeros echamos mano al bolsillo. Pero a diferencia de otras veces, nadie guardó el móvil con cara de decepción o indiferencia. Todos habíamos recibido un mensaje. Al principio pensé que todos habíamos recibido el mismo, a la vez, pero las caras eran tan variopintas tras las lecturas respectivas que descarté esa opción. Al leer el mío ya no lo tuve tan claro. Estaba mandado desde un número oculto y simplemente decía: T kiero muxo.