7 de abril de 2011

Masaje cardiaco

-Ella, que lo haga ella –rogó la anciana.
        El sanitario intentó explicárselo pausadamente.
        -La señorita no conoce las técnicas de reanimación. Su marido precisa de profesionalidad absoluta en estos momentos hasta que llegue la ambulancia medicalizada –le dijo con una serenidad y una precisión impropia para tal emergencia-. Mi compañero atesora una experiencia sin parangón y acumula un número de reanimaciones exitosas que son la envidia de los servicios de urgencias.
        -Tiene que ser ella –volvió a la carga la anciana-. Ella lo empezó y debe acabarlo.

Minutos antes su marido había sufrido un paro cardiaco al ver a aquella muchacha despampanante que vestía con la ropa justa o desnudaba con la necesaria. La entrada en el vagón del metro provocó una corriente de miradas que desembocó en el afluente de la turgencia de sus pechos. Lo que viene siendo el canalillo. En este caso concreto, don Canal. Provocó también múltiples palpitaciones asincopadas, que en el caso del anciano derivó en colapso.

-Lo siento, señora, pero lo que me pide es a todas luces imposible. Nuestro código deontológico es claro y estricto. Y nuestra ética, intachable. Y lo es, precisamente, por hacer no concesiones a la norma.
       La muchacha, profundamente compungida, tapada desde los tobillos al pescuezo por un pañuelo sabanero y tupido que nadie sabía de dónde había salido, porque bolso no llevaba, y los bolsillos de la minifalda y el top no contaban, arguyó que jamás había hecho el boca a boca ni había practicado ningún masaje cercano a lo cardiaco, pero que había visto las primeras temporadas de Urgencias y las últimas de House (en inglés, añadió, dato este que pasó desapercibido muy a su pesar), y que estaba dispuesta a intentarlo.
       La vieja se llevó al sanitario a un aparte, mientras su compañero seguía incansable bombeando y la muchacha seguía proponiéndose para sustituirlo.
       -Mire, hijo, mi marido tiene los días contados. De hecho, está viviendo los de regalo, porque su médico le dio tres meses hace cuatro. Él espera la muerte con la serenidad que le proporciona la morfina. Lo único que teme a estas alturas es la agonía, el dolor. Yo sólo pretendo proporcionarle una muerte dulce, y qué más dulce que los labios carnosos de esta moza. Reconózcalo –prosiguió añadiendo más derrotismo a su alegato-, ni siquiera tenemos la seguridad de que su experto compañero consiga reanimarlo…
       El sanitario lo pensó y lo repensó. Su compañero luchaba denodadamente por mantenerlo vivo. Miró al anciano tendido y a la anciana encorvada. Miró a la chica erguida.
       -Vaya a despedirse de su marido –accedió al fin-. Yo voy a darle instrucciones a la muchacha.
       La anciana se arrodilló como pudo, agradecida, al lado del infatigable reanimador. Acarició con ternura la cara de su marido, enredó sus dedos artríticos en sus canas y le susurró quedamente:
       -La penicilina te salvó de la sífilis que cogiste con aquella puta con la que te acostabas hace cuarenta años. A ver cómo sales de esta, viejo cabrón.

6 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

O donde las dan las toman.
Muy bueno, Mariano, todavía me río, aunque pensándolo bien, lo mismo no es para reírse. ¿Cómo era aquello: la venganza se sirve en plato frío, o algo así...?
Cuarenta años nada menos...

Jorge Arbenz dijo...

Te veo crítico con lo que viene siendo mayormente el tema del amor.

Alena pelín pelín perpleja;) dijo...

Oye Mariano, esto, digo, en fin, no vayas a pensar mal, pero glups, ¿no te estarás volviendo pelín -sólo pelín- misogino?...
Ea, ups.

Wen dijo...

Jo, qué mujer más cruel. De resentido que no saben perdonar está el mundo lleno... en fin, peor pa ella. o no.

Irreverens dijo...

Joé con la abuela, ¡jajajaja!
:D

Felicidades, Zurdito. Si me lo permites, yo diría que últimamente estás ganando soltura en lo de crear personajes más cabroncetes, ¿no?
:)

Belén dijo...

Pero este relato los escribes en las maratones del Carlos Salem?

Me muero de la envidia...

Besicos en el corazón,andaaaaa