4 de agosto de 2010

Recuperando relatos: Amaya en tres actos

Amaya 1



Llevo un rato sentado observándola. Tengo un ataque de celos contenidos que no puedo evitar. Cuando me lee, prefiere la compañía de mis personajes en vez de la mía. “Si vas a estar mirándome fijamente todo el rato, me voy a otro lado a leer”, me dice sin levantar la vista del libro. Sinceramente pensé que ni se había dado cuenta que estábamos en la misma habitación. No es la primera vez que me pasa esto. Es exactamente la quinta, tantas veces como novelas llevo escritas.Me levanto para no molestarla y recorro el pasillo pensando lo que va a pasar en breve. Mi ataque de celos contenidos tendrá en pocos días como respuesta un ataque de celos furibundos por parte de ella. El quinto ataque. Le precederán un par de días de silencioso absoluto sólo interrumpidos por “ya sabes que la novela que más me gusta es la siguiente que escribas” y por los “no me pasa nada”.La tormenta siempre tiene el mismo protocolo. Llego a casa y me encuentro la mesa lista para cenar, con comida del catering de la tienda de la esquina (porque en esta casa sólo cocino yo). Estará preciosa, con un traje de los que se lucen en las alfombras rojas de las galas cinematográficas (pero en versión humilde, que ninguno de los dos ganamos para dispendios). Después de la cena haremos el amor con esa mezcla mágica, como si lo hiciéramos por primera vez y como si fuera la última. Y en el momento en el que tendría que venir la calma es cuando caerá el primer trueno. “¿Cómo se llama ella? Y no hagas lo de siempre, por favor...” Esta vez no repetiré mi teoría sobre las musas, ni le diré que mis ojos de escritor son capaces de construir centenares de personajes femeninos fijándome sólo en ella. Esta vez sólo contestaré: “Amaya”.

Amaya 2



(...) Esta vez sólo contestaré: “Amaya”. Sé que se enfurecerá más. Se sucederán unos segundos de falsa calma, como cuando hay que esperar a que se cargue el desfibrilador para la siguiente descarga. “El libro se llama Amaya, la protagonista se llama Amaya, yo me llamo Amaya, pero ella y yo no somos la misma persona”, me dirá mirándome directamente a la retina. Me vestiré y le pediré que se vista, porque hay algunos desnudos que no soporto. Ella se negará, exhibiendo groseramente su piel que no reconoceré como la seda que me acarició hace apenas cinco minutos. Sé que no es la respuesta que esperaba. O no la creerá y pedirá la verdad, o la creerá y pedirá los detalles.



Amaya 3



(...) o la creerá y pedirá los detalles. Pero nada sucedió como pensé. Mi ataque de celos no tuvo respuesta con uno suyo. No me dijo que mi siguiente novela sería la mejor, ni hubo aviso de tormenta, ni sexo sublime, ni la propia tormenta llegó. No hubo preguntas. Y obviamente me quedé sin poder dar respuestas. Desperté con el libro apoyado en su parte de la almohada. Los armarios y los cajones abiertos de par en par. El hueco destinado a las maletas, hueco. Desde el espejo donde suele darse el último retoque, un sendero salado que recorría a goterones el suelo me llevó directamente a la puerta de la calle. Ni una nota, pero no hizo falta porque todo estaba escrito. No soportó verse tan bien reflejada en mi novela “Amaya”. No soportó ser más modelo que musa. Nuestra relación había perdido su sentido el día que Amaya se redujo a una, en vez de seguir multiplicada en varias mujeres capaces de provocar atracción y celos a la propia y única protagonista. Tras las lágrimas derramadas, las mías, empiezo a escribir la siguiente novela, El regreso de Amaya, sin esperanzas, pero también sin otra razón para seguir escribiendo.

Y si alguno de los concursantes me quiere votar, ya sabéis, en cultura:





3 comentarios:

Juanma dijo...

Si es que jugar a darse celitos es un peligro.
Y sentirlos un tormento.

Salud.

SE dijo...

Muy interesante lectura, sí señor. Nos leemos

Juanjo Montoliu dijo...

Si no las retratas, mal. Si las retratas bien, también mal.

Para continuar con las musas se necesita ser algo parecido a un pintor impresionista. Que se parezca a la realidad, pero no mucho. A ellas no les gusta salir en las fotografías.