24 de diciembre de 2010

A mi oreja zurda

Soy un desagradecido, lo sé. Amante como soy del buen café, debería disfrutar de ese sonido de cafetera a punto de subir del todo. Pero preferiría un cine mudo sin piano, me conformaría con el aroma acompañando a la imagen del vapor.
Debería dar las gracias por disfrutar de una suave marea constante tan cerca. No en vano su ir y venir no habrá generado menos versos que el cimbrear de una llama o los temblores previos a la erupción de un volcán durmiente. Más todavía si la marea acude de noche, tejiendo en exclusiva para mí una metáfora perfecta, espumando las crestas de las arrugas de la almohada.
Debería agradecer también sentir tan cerca el latido del corazón, ese antónimo de muerte, rítmico como la tranquilidad o arrítmico como un augurio.
Hay días como los últimos, que la cafetera, la marea, los latidos se reúnen en mi oreja zurda. Convocan también a un buque a punto de partir y a un bombardero a punto de aterrizar.
Por el día actúan de filtro, convirtiéndolo todo el ruido, subiendo el nivel de la confusión y rebajando el volumen de las palabras. Al menos me obligan a fijarme más en tus labios.
Por la noche violan el silencio. Mi pacto es sencillo, les dejo todo el protagonismo sin protestar hasta que se van cansando y se retiran a los camerinos.
En días como estos prefiero que no baje del cielo ningún dios juguetón ofreciéndome elegir entre una vida de absoluto silencio o la perennidad de esta mezcla de música y ruido, porque sinceramente no sabría qué elegir.
Sólo hay dos cosas que no me querría perder por nada del mundo: tu voz y poder cantar.
(Grabación en directo del último concierto de mi coro. Obra de Francis Poulenc compuesta para hombres e interpretada por los actuales integrantes del coro y por antiguos miembros del mismo.)

21 de diciembre de 2010

Feliz navidad, hombrepordios...

Quien me conozca bien (no seré yo quien diga si soy cristalino u opaco) sabrá que mi relación con la Navidad dista mucho de ser cordial. Sin llegar a ser mister Scrooge, la verdad es que es una época del año en la que se me agria el carácter. No es sitio para confesiones de diván (ni tampoco creo que haya mucho donde rascar, la verdad), así que lo dejaremos aquí, sin mayor análisis, no me gusta la navidad, ni el amor fraternal con fecha estanca, ni las reuniones forzadas, ni los regalos de encargo.
Pero este año me he propuesto no amargar las fiestas a nadie de mi entorno (creo que es el enésimo año que me lo propongo). Y así, de paso, intentar disfrutarlas mínimamente, aunque mi trabajo me obligue a enfrentarme cada día a los fantasmas comerciales que tanto critico.
No, no me he caído del caballo. La razón es más simple. El año 2011 viene cargadísimo de cambios en mi vida, y creo que la mejor manera de afrontarlos es mirándolos de frente, con optimismo desde ya. Algunos los iré desgranando tal y como se vayan confirmando y sucediendo. Otros no, son del ámbito más privado y a uno no le gusta aburrir con sus intimidades (y que soy muy mío para mis cosas, también es verdad).
¿Próxima novedad que ya puedo adelantar aunque sin ponerle fecha exacta? Durante el mes de enero saldrá a la venta Huellas en la almohada (proesías), Editorial Legados, de un tal Mariano Vega…
Y como estos días no tengo tiempo para nada, aprovecho ya para desearos una muy feliz Navidad y un magnífico 2011. Como siempre, os deseo que aparezcan nuevos sueños que perseguir. Y que la salud y el cariño os acompañen.
Un abrazo zurdo para todos y todas.

15 de diciembre de 2010

Análoga

(Y la culpa la tengo yo, porque muchas veces he sido el inductor de este tipo de juegos. Tras la última reunión policarbonada, quedamos unos cuantos escritores de mal vivir en escribir un relato para hoy en el que aparecieran las palabras tacto/tracto rectal y que se titulara "La puta ama". Transgresor como soy, he puesto el título que me ha dado la gana, hombrepordios... El resultado es el que es, porque no tengo tiempo para respirar pero soy muy de cumplir mi palabra, así que he salido del paso como buenamente he podido.)

La culpa la tuvo aquella doctora que se empeñó en hacerme una última prueba diagnóstica antes de operarme de fimosis. Hasta el “túmbate en esa camilla y bájate los pantalones y los calzoncillos” todo me pareció normal, más allá del pudor propio de la adolescencia. Después, cuando la doctora hizo entrar a mi madre para explicarle que ella veía innecesaria la operación, enseguida entendí que me habían dispensado un trato médico especial gracias a las mejillas ruborizadas de la doctora, de mi madre y a las mías propias (rubor por causas diferentes).
Desde entonces no me conformé con breves auscultaciones, frías pruebas y recetas ingeridas con las pautas de prospecto.
Cuando a los veinte empecé con la alergia a las arizónicas, mantuve una relación con una alergóloga hasta que dio con la vacuna adecuada.
Dos años después me hice un esguince de tobillo de tercer grado jugando al baloncesto y disfruté de un magnífico trío con mi traumatóloga y mi fisioterapeuta. El día de mi partido de vuelta les dije que prefería dejar en ese punto nuestra historia amorosa. Lo que no les confesé es que acababa de conocer a una especialista de digestivo que esperaba que me ayudara con mi problema de reflujo.
Así, he ido encadenando relaciones marcadas al ritmo de mis problemas de salud. Lo que para unos es la crisis de los cuarenta, para mí ha sido la entrada en el paraíso, ya que las goteras aumentan y mi paso por las consultas de oftalmología, otorrinolaringología y otras tantas que no sé deletrear han sido más que satisfactorias.
No viene al caso, así que no explicaré la facilidad con la que se ha ido sucediendo todo. Hasta hace poco.
En la última revisión del trabajo, la doctora de la empresa, tras abandonar la clandestinidad del biombo y abrocharse la bata, me aconsejó que fuera al urólogo. Por mi edad y por algunos niveles en sangre del análisis no estaría de más que controlara el estado de mi próstata.
Apuré toda la lista de especialistas de la seguridad social a los que tenía derecho a visitar. Incluso indagué sobre los urólogos de varias aseguradoras privadas. Nada. Todos varones. Si mi trayectoria con el sector sanitario no hubiera sido la que ha sido, no le hubiera dado mayor importancia a las connotaciones propias que se derivan de la interacción culo masculino-dedo masculino. Aunque suene juguetonamente soez, no soy tan estrecho. Podría haber optado por una relación médico-paciente al uso, pero cuando uno se acostumbra a algo bueno es difícil renunciar a ello.
Empecé a buscar alternativas porque no iba a renunciar ni a mi tacto rectal ni a una nueva relación sanitaria. Los antecedentes familiares y la exquisita vigilancia de mis enfermedades hasta la fecha no me permitían mirar hacia otro lado.
Fue difícil pero no imposible, aunque he tenido que renunciar a la vía estrictamente médica. Pero, permítaseme el chiste fácil, he encontrado una solución paramédica, “análoga”; una solución más cara que las cuotas a la seguridad social, pero igual de profesional.
No sé si “La puta ama” (como se anuncia en internet) había leído antes alguna vez algún libro, pero ahora devora todas las revistas especializadas que le traigo con más afán que una estudiante de primero de Medicina. Y debo decir que se esmera en seguir las instrucciones que aparecen en dichas revistas.
Sólo espero que tenga un diagnóstico en breve, porque tengo una caries de raíz que empieza a molestarme y me han hablado maravillas de la nueva odontóloga de la clínica que hay en mi portal.