30 de enero de 2010

Presentación estrambótica o estrambote a la presentación

Y para el que no pudiera asistir de una u otra manera a la presentación del ínclito August Tercero Foer, allá va el vídeo de la presentación. En el vídeo no lo veréis, pero la Clandestina estuvo a reventar, como en sus mejores tiempos:


Watch live streaming video from laclandestinatv at livestream.com

29 de enero de 2010

Homenaje a August Tercero Foer

Estimados amiguitos y amiguitas. Bien sabéis que intento no utilizar en demasía este espacio para hablar de mi librería/editorial, sólo en ocasiones muy especiales.
Y especial es lo que va a pasar hoy en La Clandestina al presentar el último libro de Editores Policarbonados.
Gracias a Lourdes Castro (antóloga) vamos a rendir un homenaje a un escritor absolutamente desconocido, maldito, despreciado por el resto de escritores de su generación: August Tercero Foer.

En August Tercero Foer: breve antología de un best seller, Lourdes Castro recoge lo más selecto de su escasa producción literaria (y en palabras de L. Castro “ha sido un trabajo arduo, porque tenía cosas escritas realmente malas”) y repasa su vida, jalonada por sucesos esperpénticos, por constantes tropiezos.
August desapareció en 1975 y, desde entonces, no se sabe nada de él. Quién sabe, quizás aún viva y aparezca en la presentación, pero lo dudo.
Casi no hay datos sobre él en internet, y eso ya es muy significativo. Da una idea del ostracismo al que fue relegado. Si buscáis a Foer es San Google, apenas encontraréis una reseña en wikipedia y una página dedicada a su persona.
Yo que vosotros no me perdería la presentación y le seguiría la pista al libro. Y sí, es amor de editor.

Y como aperitivo, la entrevista que le han hecho esta mañana a Lourdes Castro en RNE (y que aparece como destacado en http://www.rtve.es/radio/:

14 de enero de 2010

Intenciones literarias para el 2010

Vaya por delante que si la palabra intención suele llevar de apellido Nidecoña, ya en mi caso suele venir acompañada del segundo apellido Vamosanda, porque no suelo ser esclavo de mis palabras y no me duele en prendas rectificar ante mí mismo, mi peor juez.
Pero es cierto que en el 2009 es descuidado mi parte literaria; mal asunto para alguien que repite hasta el hartazgo que de mayor quiere ser escritor.
Así que allá van las cláusulas de un contrato sin firmar. Intencionando, que es gerundio:
-Leer un pelín menos y escribir bastante más: no cuantifico el volumen del trasvase de letras por falta lógica de previsión de la calidad de las futuras lecturas y de la sequía inherente a los folios en blanco.

-Libretear más: siempre llevo encima una o dos libretas, pero de un tiempo a esta parte es como el que tiene agenda y no apunta nada. Ayer, sin ir más lejos, concretamente desde mi casa hasta la librería, se me ocurrieron unas seis ideas para otros tantos relatos. Mi memoria ya no es la que era pero, desgraciadamente, mi vaguería sí. Esto tendrá que cambiar.

-Cuidar más al Mariano escritor sin descuidar al Mariano editor: eso de presentar un libro mío después de un año de la publicación no se puede repetir, que en la presentación tuve que mirar el índice porque no me acordaba de cómo se llamaban los relatos...

-Últimamente raro es el libro que leo en el que no se nombre de una u otra manera a García Lorca. Será difícil, lo sé, pero intentaré por todos los medios no sucumbir a la tentación de compartir con él un ratito en la Residencia de Estudiantes en alguno de mis escritos.

-Lo sé, abuso de los personajes zurdos en mis relatos y novelillas. Ya se encarga de advertírmelo mi musa zurda, que me repito más que el ajo con la zurdera y que ya huele. Obediente como soy, la zurdera de mis protagonistas (porque por estadística, alguno habrá zocato) quedará en el anonimato. O no.

-Eso sí, mis protagonistas femeninas seguirán teniendo unas piernas de infarto y les gustará lucirlas sobre buenos tacones, bajo minifaldas (también vaqueras) y recorridas por medias negras. Lo siento, pero hay cosas contra las que uno no puede ni debe luchar…

-Acabaré de una vez la maldita novela corta que empecé a.C. (antes de la Clandestina): por el tiempo que llevo escribiéndola tendría que ser ya una novela enciclopédica, y de momento la pobre sólo llega a novela raquítica. Quise presentarla a un concurso en febrero del 2009. No llegué. Quería presentarla al mismo concurso en febrero de 2010. No llegaré. Ya he hablado con ella y hemos decidido entre los dos no presentarla a ningún concurso. Hay que minimizar los grados de frustración…

-Confirmado que soy incapaz de escribir para niños, tocará ver si soy capaz de escribir para adolescentes: le prometí a mi sobrina que le escribiría un cuento. Al ritmo que llevo…
Joder, es que me leo y no tengo medida. Demasiadas intenciones para tan poco escritor. Así que, con vuestro permiso, me conformaré con disfrutar escribiendo, sea un microrrelato o la nueva Espasa Calpe.

12 de enero de 2010

Hasta siempre Antonio

Hoy iba a escribir una entrada abzurda de las mías. Bueno, en realidad iba a escribir de algo importante para mí, pero esa timidez infantil que todavía tiene islotes en mi cabeza, hace que utilice la clave de humor para mis cosas, como restándole protagonismo a mi ego.
Hoy iba a escribir una entrada en la que iba a enumerar mis intenciones literarias para el 2010, pero se me han quitado las ganas.

Hace casi dos años escribí en este blog una entrada sobre mi vecino Antonio. Ayer me llamó mi madre para decirme que Antonio estaba ingresado porque se había caído y se había roto la cadera. Hace un cuarto de hora me ha vuelto a llamar para decirme que Antonio ha muerto esta tarde. Se me ha puesto un nudo en la garganta terrible. E inmediatamente he recordado aquella entrada que le escribí. La he buscado y la he leído. Y he llorado. No a lágrima viva. Bueno, no a lágrima viva por fuera, pero por dentro sí.
E insisto, mi relación con él jamás fue estrecha. Es más, durante décadas fue tirante y distante. Pero en los últimos años me ha dado una lección de lucha y de cariño tremenda. Esta claro que las emociones no entienden de líneas rectas ni se preocupan por los centímetros de cercanía o los kilómetros de distancia.
Cuando escribí aquella entrada yo no tenía la librería. Desde que la abrimos, cada vez que me veía, aparte de repetirme que le gustaba mucho como escribía, me preguntaba qué tal nos iban las ventas y me animaba a continuar. Y sí, su mujer seguía apostillando El pobre, se acuerda mucho de ti. A menudo me pregunta por la librería.
La última vez que les vi fue subiendo las escaleras, despacio, casi parado, luchando por ganar otro escalón. Y con esa imagen me quedo.
Y como en aquel entonces, también me quedo con la ternura frágil de sus ojos cuando me veía y me decía: Mariano, vas a ser un gran escritor...
Pues eso, que hasta siempre Antonio (y aúpa Atleti).

9 de enero de 2010

Querido diario...

Querido diario:

Por fin lo he hecho. El sábado me acosté con Joaquín. No te he hablado de él porque me daba vergüenza hasta nombrarlo. Tiene 17 años, aunque aparenta menos. Es muy guapo y tan tímido como yo. Le conocí en las clases de confirmación, aunque ya le había visto varias veces por los pasillos del instituto.
Fue la primera vez para los dos. Lo hicimos en mi casa, aprovechando que mi madre se fue a pasar el fin de semana a la capital. Cada dos meses va a visitar a su hermano mayor. De pequeña me llevaba siempre con ella, pero dejó de hacerlo con la excusa de que Madrid no es una ciudad para gente como nosotros.
Creí que nunca me iba a atrever a acostarme con un chico. Madre habla mucho de sexo conmigo, casi todos los días, pero para prohibírmelo moralmente, para pintármelo como lo más asqueroso del mundo, como algo sucio y doloroso, como algo peligroso que cambiaría mi vida drásticamente. ¡Y vaya si me la ha cambiado! Llegué a ver a todos los hombres como potenciales violadores, hasta que conocí a Joaquín. Llegué a pensar que realmente el sexo era algo malo y sucio, incluso para reproducirse. Hasta el sábado.
Madre me tuvo a los dieciocho años recién cumplidos y sus planes de futuro se fueron al traste. Ella no tuvo la culpa, la culpa la tuvo padre, la tuve yo y la tuvo el sexo.
El ambiente rancio del pueblo tampoco ha contribuido a mejorar mi imagen de los hombres y del sexo. Las series de televisión que veo a escondidas discrepan tanto con la realidad que vivimos aquí a diario… El párroco con sotana de invierno hasta en verano, los corrillos en cada esquina con el metro de sastre dispuesto a medir la largura de las faldas y la profundidad de los escotes. El confesionario repleto de beatas pidiendo la absolución del pecado de tildar de putas a casi todas las niñas, adolescentes, casadas y viudas del pueblo que se desvían un grado a la izquierda de los preceptos morales. Don Severino dirige el colegio casi como en los primeros capítulos de la serie “Cuéntame” y poquísimas mujeres se libran de entrar en el club “Vicaría, maternidad y labores del hogar”. En definitiva, un pueblo grande, no un pueblín precisamente, vestido con ropajes apagados que van oscureciéndose a medida que avanza la semana, llegando al negro predominante de los domingos.
Joaquín llevaba semanas mirándome de forma diferente en las clases de confirmación. Soy tímida y timorata, pero no tonta y enseguida me di cuenta. Y enseguida yo también empecé a mirarle a él de forma diferente. Empezamos a hacernos los encontradizos y a buscar los caminos a casa que nos permitieran compartir el mayor tramo posible. No hubo besos previos, ni consentidos ni robados. No hubo tocamientos ni en portales ni en oscuridades. Ni siquiera hubo conversaciones de aproximación ni declaraciones previas. El deseo, que ahora reconozco mutuo, invitó a Joaquín a proponerme directamente que nos acostáramos. Del bofetón no le libró nadie, claro. Porque es lo que tiene que hacer una chica decente y porque me daba unos segundos vitales para reaccionar. Él lloró, de vergüenza más que de dolor, pero debió darse cuenta de que el deseo residía ya en mis ojos, se enjugó las lágrimas y me lo volvió a proponer. No podía acceder sin más, desde luego no me habían educado para eso, así que me despedí con un tal vez que sonó demasiado a aceptación. Y no me arrepentí.
En varios días no coincidimos, sin esquivarnos, probablemente buscándonos. Le volví a ver al siguiente viernes y, después de clase, nos acompañamos por la ruta más larga posible. Al llegar a la encrucijada, le dije que al día siguiente estaría sola en casa, que mi madre no volvería hasta el domingo. Acepté su beso vertiginoso, tanto que no acertó en los labios, y su huída despavorida como un sí a la cita. Me dio tiempo a gritar un “te espero a las ocho” con la esperanza de que le hubiera dado tiempo a escucharlo.
El sábado a las ocho estaba puntual como un clavo llamando al timbre. Llevaba detrás de la puerta cinco minutos, pero no llamó hasta que sonaron las campanas de la iglesia. Lo sé porque yo llevaba los mismos cinco minutos observándole por la mirilla.
Le dije dónde podía dejar el abrigo y le llevé hacia mi cuarto. Mi cama es muy pequeña, pero jamás osaría utilizar la cama de madre ni para dormir.
Igual que no hubo preámbulos ni largas frases antes, no las hubo ahora. Nos desnudamos despacio, uno enfrente de otro, con la luz encendida. Yo lo tenía claro, ya que me había decidido, quería verlo todo, y Joaquín no protestó. Al poco tiempo él se quedó sólo con unos calzoncillos de niño y yo con unas bragas de vieja. No me había puesto sujetador para no ponerle en el compromiso de tener que hacer una primera demostración de virilidad quitándomelo sin titubear.
Nos acercamos casi a la par, como si ninguno quisiera ceder la iniciativa al otro. Le bajé los calzoncillos y me quedé paralizada. No de miedo, sino de emoción. Era la segunda vez que veía a un hombre desnudo de cerca, y la primera que lo tenía todo para mí. De pequeña, madre y yo lavábamos a padre cuando enfermó, pero más que un hombre a esas alturas era un guiñapo. Joaquín me abrazó y con una ternura que no pudo si no tranquilizarme, me dijo que no me preocupara por nada, que se había bajado varias películas de internet y que sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Terminó de desnudarme, nos acostamos y la estrechez de la cama le colocó a él encima de mí. Todo fluyó de una manera natural, torpemente natural. Sólo se interrumpió cuando el quiso levantarse a por un condón y yo se lo impedí. Joaquín insistía, pero yo tenía mis razones y le convencí de la manera más sencilla y tradicional: “Sin condón o no lo hacemos”.
Ni me dolió ni obtuve placer, pero me encantó. Me gustó mucho sentirle entregado, atento. Me gustó mucho sentirme su primera mujer, notar la emoción de sus primeras exploraciones en mi cuerpo. Me pareció fascinante, raro, sentir cómo penetraba en mí. Me da mucha vergüenza decirlo, pero disfruté mucho cuando sentí brotar su semen dentro de mí. En ese momento me estremecí, casi noté placer. Hubiera muerto tranquilamente con él derrotado sobre mí, sudoroso, temblando, acompasando su vientre con el mío, mis dedos peinando sus rizos, los suyos acariciando mis costados.
Sé que no deberíamos repetir, y así se lo dije. Él no se molestó en rebatírmelo y yo sólo vivo para arrancar de dos en dos las hojas del calendario, con la esperanza de que madre adelante la siguiente visita a su hermano mayor.
Querido diario, jamás volveré a contarte nada sobre lo sucedido ni sobre Joaquín. Es más, cuando ponga el punto y final a estos párrafos te quemaré. Temo mucho que alguien se entere de esto y tenga repercusiones negativas para él y para mí. Sé que el trabajo de mujer de la limpieza del instituto no es gran cosa, pero es todo lo que tengo. Y no me gustaría dejar de ser catequista en los grupos de confirmación de la parroquia, porque me reconforta el trato con los jóvenes. Y me dirás tú, si la gente se entera y tengo que emigrar del pueblo, a dónde voy yo ahora, a mis cincuenta recién cumplidos.
Siete y veinte de la tarde del 9 de enero de 2010

7 de enero de 2010

Madrid hace aguas

Pues fíjate tú, que me he despertado yo hoy con el espíritu cívico en la cresta de la ola. No sé si por la nieve y el frío que me sientan de maravilla o porque tocaba. El caso es que tras sortear varias goteras en el metro de Madrid, perfectamente balizadas por sendos cubos rebosantes de agua, me disponía hoy a contribuir con el bien común y proponer a los blogueros madrileños usuarios de metro que contabilizaran y compartieran conmigo las goteras suburbanas que han visto hoy, con el fin de redactar el censo de las susodichas goteras y poder enviárselo a "metrodemadridinforma" para así facilitarles la tarea que sin duda llevaran a cabo con diligencia, de arreglar los desperfectos a la máxima brevedad posible (yo contribuyo con 3 goteras importantes en el vestíbulo y pasillos de la estación de Valdeacederas). Ya sentado en el vagón, y camino del trabajo, "metrodemadridinforma" ha hecho lo propio, o sea, informar, en concreto de que por incidencia en la línea el servicio no se prestaba con normalidad. El espíritu cívico ha empezado a desvanecerse, ya que el tiempo dedicado a mi desayuno en el bar de Sergio se iba a ver mermado a la mínima expresión.
No importa, ya digo que el frío y la nieve me sientan bien, así que un pelín menos cívico pero todavía en niveles más que aceptables, me he dirigido a la Clandestina. Han caído cuatro gotas mal contadas, constantes en el tiempo, eso sí, pero cuatro gotas. Pues nada, toda la calzada encharcada gracias a todos los charcos que se forman en el pavés irregular de la calle de la Palma. Que digo yo que el día que caiga en Madrid una como las que están cayendo por Andalucía, nos vamos a tener que quedar todas en casita y ya verás tú que risa.
El caso es que los amables conductores, quizás impelidos por el Dakar argentino que se está disputando estos días, han decidido conducir como alma que lleva el diablo, sin importarles los charcos llenos de agua y los transeúntes que intentan caminar sin nadar por las estrechas aceras de este barrio. Sentado en el mostrador de la tienda, estoy asistiendo a un constante concierto de "¡hijodeputa!" cariñosamente dirigido por los peatones empapados a los simpáticos pilotos que, lejos de aminorar la marcha, parecen disfrutar de su capacidad de abrir el mar Rojo a golpe de acelerador y neumático.
A estas horas, mi espíritu cívico se ha ido al carajo. Y me cago en el metro de Madrid por las goteras y las averías, me cago en el ayuntamiento por tener las calles agujeadas y bacheadas y me cago en los conductores a los que les importa una mierda que el suelo esté encharcado y que desde la inmunidad que les concede su chasis se dedican a empapar a la gente con alegría y alborozo.
Lo dicho, que me sienta genial la nieve y el frío.