Entrada-apuesta-reto nacida por un exceso cervecero en la susodicha fiesta blogosférica. Frase propuesta por el simpar Simpulso y reto recogido por mi menda lerenda y, si mal no recuerdo, por los amigos Deprisa y Hastaloscojones. Si alguno de ellos recoge el guante, enlazarelos para que podáis disfrutarlos, hombrepordios...
-Repite conmigo, «Tengo los huevos como un camión de siete ejes» -le decía ella, templada y contundente, con una voz y una prosodia mezcla de José Sacristán y Nuria Espert.
-¿Pero cómo quieres que repita eso? Ni soy capaz ni serviría para nada –contestaba él con la mirada perdida en su propio pozo, el mismo en el que se ahogaba su hilo de voz.
-Quiero que te lo repitas una y otra vez, una y otra vez, cada vez más despacio, en cada ocasión con más peso. Hasta que salga cada sílaba con más fuerza por tus ojos y por tus poros que por tu propia boca. Y cuando llegues allí y le tengas delante, respira hondo, atraviésale con tu mirada y remátale con un simple y fulminante «Tengo los huevos como un camión de siete ejes» -insiste ella sin el menor atisbo de duda.
-No podré, sabes de sobra que no podré… -se lamenta él
Ella rondará los cincuenta. Está tan bien operada que parece que no tiene ni un mínimo empaste. Tacones de aguja firmemente clavados en el suelo, que sostienen dos anacondas de seda que explotan en unos exuberantes senos que compiten en un eterno empate técnico con unos labios perfectos y unos ojos insuperables. El lenguaje no verbal de su melena redunda en el mensaje firme, sin suavizarlo, pero haciéndolo más llevadero. Ropa, segunda piel necesaria para salir a la calle, pero absolutamente insuficiente.
Él ya no cumplirá los dieciocho pero se aferra a ellos como si el diecinueve fuera sinónimo de fin. Un traje demasiado planchado para un cuerpo tendente a tocar el acordeón. Un traje que siempre será dos tallas más, o un cuerpo que siempre será varios purés de lentejas menos. Una voz blanca colgando de una nuez protuberante. Espinillas pugnando en densidad por una barba recién rasurada que ya grisea su cara.
Ella le coge las manos a él, transmitiéndole la fuerza de la tierra que sube por la aguja de sus tacones; fuerza que llega a él en forma de réplicas de terremoto. Ajenos al resto del vagón del metro (el resto del vagón del metro sólo vive para atenderles) repiten a dúo como en un mantra siniestro, «Tengo los huevos como un camión de siete ejes, tengo los huevos como un camión de siete ejes, tengo los huevos como un camión de siete ejes, tengo los huevos como…».
Cada pasajero tiene al menos dos hipótesis, una por oreja. Se miran unos a otros, compartiendo o disintiendo, mientras ella sigue con su arenga y él sigue convencido de su impotencia y de la ineficacia.
-No podré, no me obligues a ello, por favor. Él me noqueará sin necesidad de tocarme, acabará con mi carrera sin ni siquiera llegar a estampar la firma. No puedo, no puedo, no puedo… -se hunde, se encoge, desaparece dentro de su traje demasiado grande y demasiado planchado.
El resto del vagón del metro contiene la respiración creando el vacío, corriendo cortinas de vaho en las ventanillas para que el desenlace quede en el interior del vagón, para que ni la negrura del túnel tenga constancia de él.
-«Tengo los huevos como un camión de siete ejes.» Si fuiste tan valiente de decírmelo al oído mientras me penetrabas en la cocina, con mi marido, tu jefe, aún convaleciente en la habitación de al lado, ten el coraje de enfrentarte a él y de decirle en medio de la reunión, «Tengo los huevos como un camión de siete ejes», sin que venga a cuento y sin reírte.