La semana pasada los libros y yo hemos sido uno. Fue una semana dura, durísima. Físicamente he acabado agotado, anímicamente estoy genial porque ha ido todo bien y he tomado alguna decisión un tanto loca que espero me salga bien, glub, y económicamente (no me refiero a mi peculio, sino a los del negocio) ha sido muy positivo, un oasis en medio de la profunda crisis. Con estos condicionantes, ya podréis imaginar que la semana ha sido provechosa y propicia para las reflexiones abzurdas que me caracterizan.
Comencemos por el final, que es lo propio. El jueves fue el día internacional del libro. No sé en otros sitios (Barcelona no vale, que no pasa el control antidoping por exceso de libritis/rositas), pero en Madrid se vivió una auténtica fiesta. Yo creo que se unieron varios factores, concretamente dos que interaccionaron para crear una noche interesante: el buen tiempo y los descuentos. Después de un invierno crudo, estos días están siendo maravillosos climatológicamente hablando (parece que por poco tiempo) e hizo una noche estupenda. Y creo que el 10% de descuento que se hacía en casi todas las librerías (no digo todas porque sé que alguna no lo hacía) fue la excusa perfecta para mucha gente para despojarse del traje gris de la crisis, para, por una noche, olvidar cifras y pesimismos. Claro que había mucha gente calculando cuántos libros podía comprar, pero con otras caras que días anteriores. Me da que la gente está hasta los mismísimos atributos sexuales de los mensajes apocalípticos, porque cada uno conoce de sobra los agujeros de sus bolsillos sin necesidad de que se lo estén recordando a todas horas. Lo cierto es que disfruté mucho, porque la gente entraba a la librería con ganas de descubrir, de charlar, de proponer. Lástima que estuviera tan cansado, pero de verdad que conocí gente estupenda y esa gente conoció nuestra librería y nuestro proyecto, que es lo que importa.
Y sigamos por el principio. Y quiero hacer una aclaración pertinente o impertinente. Lo que sigue ahora no tiene ningún afán sociológico, ni de alcanzar el grado de verdad, ni de señalar/estigmatizar a nadie. En realidad no tiene afán de nada, más allá de reflexionar sobre todo; o sobre nada.
El libro es una cosa que para algunos es neutra, para otros es objeto de fetichismo y adoración y para otros, simplemente, un arma arrojadiza. Que los libros dan miedo a una parte de la población no es novedoso. Las quemas de libros han sido uno de los fuegos artificiales preferidos de los dictadores cabezahueca. Para el que le gusta leer, la relación con el libro suele ser normal, más allá de actitudes más o menos adictivas, o más o menos fetichistas, como decía. Eso sí, para una parte de la población a la que no le gusta leer (no hablaré de porcentajes porque los ignoro y, además, me importan poco), el libro es como una mina antipersona, un elemento creado por el mismísimo diablo para dejarle en evidencia delante de todo el mundo (como si todo el mundo estuviera pendiente del resto...). No hablaré hoy de la relación inteligencia-sabiduría-sensibilidad-riqueza-lectura, pero podríamos establecer un interesante debate algún día de estos.
Hay muchos nolectores con las ideas claras, que no se escudan en nada ni alardean tampoco de nada. Pero hay otros que se sienten como acorralados e intentan escabullirse por las trincheras. Ya lo había comprobado otras veces, pero es que la semana pasada tuve un muestreo salvaje, ya que mostré mi librería a muchísima gente fuera de ella. Y no es lo mismo un libro en su hábitat natural que fuera de él. Entre las reacciones más típicas (e insisto, no lo hago con afán exhaustivo ni excluyente) se encuentran las siguientes:
- El graciosillo (y mi experiencia me dice que son casi todos graciosillos y casi ninguna graciosilla): “¡Mira qué de libros, qué lástima que no sepa leer!, jajajaja” (un jajaja redundante que pretende reafirmar la jocosidad del comentario, por si alguno no se había percatado).
- El decidido/la decidida: se acerca con ímpetu a la mesa, elige uno, lo señala, lo toca con golpecitos de índice, dice “Este libro es buenísimo”, y con ésas, se aleja con el mismo ímpetu con el que vino y sin mayor interés en el resto de libros que rodean al “buenísimo”, que generalmente suele ser el bestseller de turno.
- El excusador/la excusadora: “Me los compraría todos, pero claro, es que tengo la casa llena de pilas de libros”. Sé que un porcentaje de estas personas no miente, pero si todos los que lo dicen dijeran la verdad, IKEA tendría un gravísimo problema de abastecimiento…
- El cabeza de familia orgulloso de eso, de la familia (y también suele ser exclusivamente varón: “Yo no, pero mi mujer y mi hija devoran los libros, se los beben”.
Pues hasta aquí la abzurdez del día. Y como dijo no sé quién, dejad que los libros se acerquen a mí. O no.







