Mañana martes, 31 de marzo a las 20,30 tendrá lugar un concierto del coro Francis Poulenc del que formo parte desde hace unos 15 añitos. El concierto, como ya anuncié, se enmarca en el ciclo de Música Sacra del Ayuntamiento de Madrid y será monográfico, con obras de Felix Mendelssohn.
El concierto tendrá lugar en la Iglesia del Perpetuo Socorro, C/Manuel Silvela 14. La entrada es libre hasta completar el aforo y, por supuesto, estáis todos invitados.
A continuación os informo sobre el programa por si alguno estuviera interesado en venir a escucharnos:
1ª parte
De los “Seis proverbios”, Op. 79: Am charfreitage
Zum Abendsegen: Herr, sei gn¨dig unserm Flenh
Salmo nº22, Op. 78 nº3: Mein Gott, warum hast du mich verlassen
De los “Seis proberbios”, Op. 79: In der passionszeit
Aus tiefer not schrei ich zu dir Op. 23, nº 1
- I Choral
- II Fugue
- III Arie mit Chor
- IV Choral
- V Choral
Salmo nº91: Denn er hat seinen Engeln befohlen
2ª parte
Canticum Simeonis: Herr, nun lässet du deinen Diener, Op. 69, nº1
-Andante
-Andante sostenuto
Beati mortui, Op. 115
Tres motetes para coro de mujeres y órgano, Op. 39
-Veni Domine, nº1
-Laudate pueri, nº2
* I Chor
* II Terzett
-Dominica II post pascha, nº3
* I Chor
* II Duett
* III Alt Solo
* IV Chor
Salmo nº100 Jauchzet dem Hern, alle Welt, Op. 69, nº2
-Andante con moto
-Andante
Organista: Diego Fernández
Directora: Blanca Anabitarte
Pues eso, que si os apetece disfrutar un ratito de buena música, ya sabéis a donde acudir
Un abrazo zurdo para todos y todas y besitos/azos
30 de marzo de 2009
Concierto del coro Francis Poulenc
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Mariano Zurdo
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Etiquetas: Yo y mis zurderas
23 de marzo de 2009
Huelgas encubiertas, intromisiones y afiladores
Pues sí, queridos amiguitos y amiguitas, Metrodemadridinforma viene anunciando desde hace días paros convocados por diferentes organizaciones sindicales. Y sí, como siempre, los empleados han decidido que las horas de servicios mínimos les parecen pocas y ya han empezado con las huelgas encubiertas, práctica muy típica de este suburbano madrileño que nos ¿ayuda? a atravesar la ciudad por abajo. Hoy hay menos servicio y los trenes van más despacio. Al menos en las líneas que cojo a diario. No seré yo quien haga un alegato contra el derecho a la huelga, ni mucho menos. Lo cual no quita que me parezca indignante el incumplimiento sistemático de los servicios mínimos y estas triquiñuelas que se inventan para ejercer más presión a su empresa. Lo siento por los empleados del metro, pero es un servicio público del que dependemos muchas personas. Ya sufrimos a diario averías, retrasos, hacinamientos, y ahora nos toca pagar el pato también de las reivindicaciones laborales.
Llevo días mordiéndome la lengua. Hace tiempo que me prometí a mí mismo rebajar el contenido político de éste, mi blog, blog culto por antonomasia, de los de jersey de cuello vuelto y chaqueta de pana, donde mis barricadas pacíficas desentonan con la estética que se respira (o la entona, que ya no sé muy bien). Decía que llevo días mordiéndome la lengua, pero es que ya me sangra. Primero fue la campaña papal contra el preservativo y ahora la campaña de la conferencia episcopal española contra la ley del aborto (todo ello unido a la ya comentada miniciudad vaticana que nos van a endosar en las Vistillas). A ver como lo digo… Que estoy hasta los mismísimos cojones de las continuas intromisiones de la iglesia en la vida civil, sobre todo como, en este caso, si las injerencias se producen en el campo de la salud pública. Me parece muy bien que desde el púlpito conminen a los feligreses a no usar el preservativo y a no acudir a una clínica para practicar un aborto. Hasta me parece bien que ingenuamente se piensen que el cien por cien de sus feligreses y feligresas les hacen caso. Pero hasta ahí. Confunden moral católica y ley con una desfachatez que da asco. Propongo que empecemos una campaña para que se prohíban las exhibiciones ostentosas de copones de oro y de botafumeiros de plata. O para que prohíban el uso de cilicios porque son atentatorios contra la dignidad y la salud de la persona (o al revés, que les obliguen a ceñírselos un poco más). Y ya sin ironías, empecemos una campaña para llevarles a los tribunales por delitos contra la salud pública, porque señores de las sotanas, con el SIDA no se juega. Y con la dignidad y la libertad individual, en este caso fundamentalmente de la mujer, dentro de la legislación, tampoco.
Llevaba varios días por el barrio escuchando aquello de “¡El afiladoooooooooor!”, acompañado por la típica musiquita del chiflo que les ayudaba a presentarse. No sabía muy bien si era producto de mi imaginación, esa es la verdad. Pues hoy, después de escucharle (o imaginarlo) le he visto. Es un afilador en toda regla, a la antigua usanza, con su bicicleta, con su bata azul y con el cartel pegado a la maleta trasera en el que pone “Profesional, se arreglan paraguas”, porque antiguamente compaginaban las dos tareas, afilar cuchillos y tijeras y arreglar paraguas. Le he visto en plena faena, pedaleando para rejuvenecer unas desgastadas tijeras de pescado, mondadientes en ristre, concentrado en los aún romos filos de las hojas. Lo lógico es que todo hubiera tomado tonalidades de UHF y bandas sonoras de carta de ajuste y de NO-D. Pero, en vez de eso, la primavera ha explotado un poquito más. Quien me entienda, que me compre.
Llevo días mordiéndome la lengua. Hace tiempo que me prometí a mí mismo rebajar el contenido político de éste, mi blog, blog culto por antonomasia, de los de jersey de cuello vuelto y chaqueta de pana, donde mis barricadas pacíficas desentonan con la estética que se respira (o la entona, que ya no sé muy bien). Decía que llevo días mordiéndome la lengua, pero es que ya me sangra. Primero fue la campaña papal contra el preservativo y ahora la campaña de la conferencia episcopal española contra la ley del aborto (todo ello unido a la ya comentada miniciudad vaticana que nos van a endosar en las Vistillas). A ver como lo digo… Que estoy hasta los mismísimos cojones de las continuas intromisiones de la iglesia en la vida civil, sobre todo como, en este caso, si las injerencias se producen en el campo de la salud pública. Me parece muy bien que desde el púlpito conminen a los feligreses a no usar el preservativo y a no acudir a una clínica para practicar un aborto. Hasta me parece bien que ingenuamente se piensen que el cien por cien de sus feligreses y feligresas les hacen caso. Pero hasta ahí. Confunden moral católica y ley con una desfachatez que da asco. Propongo que empecemos una campaña para que se prohíban las exhibiciones ostentosas de copones de oro y de botafumeiros de plata. O para que prohíban el uso de cilicios porque son atentatorios contra la dignidad y la salud de la persona (o al revés, que les obliguen a ceñírselos un poco más). Y ya sin ironías, empecemos una campaña para llevarles a los tribunales por delitos contra la salud pública, porque señores de las sotanas, con el SIDA no se juega. Y con la dignidad y la libertad individual, en este caso fundamentalmente de la mujer, dentro de la legislación, tampoco.
Llevaba varios días por el barrio escuchando aquello de “¡El afiladoooooooooor!”, acompañado por la típica musiquita del chiflo que les ayudaba a presentarse. No sabía muy bien si era producto de mi imaginación, esa es la verdad. Pues hoy, después de escucharle (o imaginarlo) le he visto. Es un afilador en toda regla, a la antigua usanza, con su bicicleta, con su bata azul y con el cartel pegado a la maleta trasera en el que pone “Profesional, se arreglan paraguas”, porque antiguamente compaginaban las dos tareas, afilar cuchillos y tijeras y arreglar paraguas. Le he visto en plena faena, pedaleando para rejuvenecer unas desgastadas tijeras de pescado, mondadientes en ristre, concentrado en los aún romos filos de las hojas. Lo lógico es que todo hubiera tomado tonalidades de UHF y bandas sonoras de carta de ajuste y de NO-D. Pero, en vez de eso, la primavera ha explotado un poquito más. Quien me entienda, que me compre.
Pues eso, que besitos/azos y un abrazo zurdo para todos y todas.
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11 de marzo de 2009
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No tuve ninguna crisis cuando cumplí 15 años, ni cuando cumplí 18 años ni cuando cumplí los 20. Lo mismo digo de los 25, de los 30, de los 35, de los 36, de los 37, de los 38… Todo el mundo me advierte de que mis cotas de optimismo y disfrute no superarán la barrera de los 40 y que ahí sucumbiré a la crisis. Quién sabe, lo dudo, pero no me disgusta sorprenderme.
El protagonista de una de mis siguientes novelas, al cumplir los 80, dice que él nunca ha cumplido años, sino días. Quizá sea el único toque autobiográfico de toda la novela (y no por la edad, que os veo venir…). Sinceramente, no noto los años que he cumplido. Alguna canita, varias arrugas y las fatigas cuando corro detrás del autobús se empeñan en desmentirme, pero por norma general aún me siento flex. Y que nadie me atribuya síndromes de Peter Panes porque mi diván está ocupado con otras filias y fobias.
Como todo el mundo, creo, de niño y de adolescente hacía cábalas (quizás desconociendo la propia palabra) sobre cómo sería mi vida de “mayor”. Me da que jamás acerté ni el reintegro. Supongo que, con la visión estereotipada que nos caracteriza a esas edades (no diré a todas, por preservar mis grados de libertad), supongo decía, que de pequeño me vería casado, con hijos, en una casa comprada y con un trabajo estable. De biólogo, para más señas. Siempre quise ser biólogo. Hasta que estudié 1º de Biología y decidí que quería ser psicólogo. Si hago balance, he de decir que como adivino nunca tuve precio. También he de decir que no me importa estar en las antípodas de lo que pensé (entre pensar y desear navega un nivel de madurez que no tenía entonces y que no creo haber alcanzado aún).
Por ejemplo, no tengo el grado de madurez para ponerme serio y negarme a celebrar mi cumpleaños. Me gustan los cumpleaños de los demás, pero el mío me da lo mismo. Mi historial de acontecimientos negativos el día de mi cumpleaños podría ser la columna vertebral de un buen relato de intrigas y misterios; o de ciencia-ficción. Tampoco tengo el grado de madurez para dejar de refunfuñar cuando los demás quieren celebrar mi cumpleaños. Al fin y al cabo cualquier ocasión es buena para tomarse unas cervezas con la gente que te quiere, ¿no?
El caso es que esta mañana, ¿las 6 se puede considerar madrugada?, mi musa titular me ha mandado un sms (es que madruga mucho, la pobre) felicitándome por adelantado (y llamándome abuelo, que conste en acta y delante de testigos). He llegado a dudar, claro, porque yo a las seis de la mañana ando refocilándome con las angelitas por tierras de Morfeo. ¿Es hoy mi cumpleaños? Pues va a ser que no.
Pero mira tú qué buena excusa para ser coherente con lo que siento y lo que digo. Así que, como mi personaje, hoy también cumplo un día más y lo voy a celebrar por todo lo alto (subido a una silla).
Sí, amiguitos y amiguitas, hoy cumplo 38 años y 364 días.
Besitos/azos y un abrazo zurdo para todos y todas.
El protagonista de una de mis siguientes novelas, al cumplir los 80, dice que él nunca ha cumplido años, sino días. Quizá sea el único toque autobiográfico de toda la novela (y no por la edad, que os veo venir…). Sinceramente, no noto los años que he cumplido. Alguna canita, varias arrugas y las fatigas cuando corro detrás del autobús se empeñan en desmentirme, pero por norma general aún me siento flex. Y que nadie me atribuya síndromes de Peter Panes porque mi diván está ocupado con otras filias y fobias.
Como todo el mundo, creo, de niño y de adolescente hacía cábalas (quizás desconociendo la propia palabra) sobre cómo sería mi vida de “mayor”. Me da que jamás acerté ni el reintegro. Supongo que, con la visión estereotipada que nos caracteriza a esas edades (no diré a todas, por preservar mis grados de libertad), supongo decía, que de pequeño me vería casado, con hijos, en una casa comprada y con un trabajo estable. De biólogo, para más señas. Siempre quise ser biólogo. Hasta que estudié 1º de Biología y decidí que quería ser psicólogo. Si hago balance, he de decir que como adivino nunca tuve precio. También he de decir que no me importa estar en las antípodas de lo que pensé (entre pensar y desear navega un nivel de madurez que no tenía entonces y que no creo haber alcanzado aún).
Por ejemplo, no tengo el grado de madurez para ponerme serio y negarme a celebrar mi cumpleaños. Me gustan los cumpleaños de los demás, pero el mío me da lo mismo. Mi historial de acontecimientos negativos el día de mi cumpleaños podría ser la columna vertebral de un buen relato de intrigas y misterios; o de ciencia-ficción. Tampoco tengo el grado de madurez para dejar de refunfuñar cuando los demás quieren celebrar mi cumpleaños. Al fin y al cabo cualquier ocasión es buena para tomarse unas cervezas con la gente que te quiere, ¿no?
El caso es que esta mañana, ¿las 6 se puede considerar madrugada?, mi musa titular me ha mandado un sms (es que madruga mucho, la pobre) felicitándome por adelantado (y llamándome abuelo, que conste en acta y delante de testigos). He llegado a dudar, claro, porque yo a las seis de la mañana ando refocilándome con las angelitas por tierras de Morfeo. ¿Es hoy mi cumpleaños? Pues va a ser que no.
Pero mira tú qué buena excusa para ser coherente con lo que siento y lo que digo. Así que, como mi personaje, hoy también cumplo un día más y lo voy a celebrar por todo lo alto (subido a una silla).
Sí, amiguitos y amiguitas, hoy cumplo 38 años y 364 días.
Besitos/azos y un abrazo zurdo para todos y todas.
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4 de marzo de 2009
La parte psicológica de la crisis
Aclaraciones previas. Soy un absoluto zote en temas de economía. Para mí el paso del ábaco a la calculadora ya es un cambio difícil de asumir, así que ni os cuento lo que sé yo de palabros como “inflación”, “deflación”, “recesión”, “valores bursátiles” y demás mandangas. Y aunque soy psicólogo (y las malas lenguas dicen que uno no deja de serlo aunque ya no ejerza) no diserto aquí (qué ganas tenía de decir “disertar” en este blog, leches, que para eso es un blog intelectual de jersey negro de cuello vuelto y chaqueta de pana), decía que no diserto aquí y hoy en calidad de psicólogo, sino de simple y llano zurdo.
Desayunaba yo hoy mientras que hacía zapping por las diferentes tertulias mañaneras de la tele, y me reafirmaba en una opinión que vengo manteniendo desde hace semanas: al final nos hará todavía más daño la parte psicológica de la crisis que la propia crisis. Intentaré explicarme.
Por un lado está Zapatero y su optimismo antropológico (que de un tiempo a esta parte está derivando claramente a un optimismo patológico), mezclado con el desasosiego que transmite Solbes y el desconcierto del resto del gobierno. Esta mezcla genera de todo menos confianza, desde luego. Y lo que es peor, independientemente de que tome medidas acertadas o no. La confianza es otra cosa, se asienta más es previsiones de futuro avaladas por alguien al que consideramos competente.
Por otro lado está la oposición, empeñada en hacer leña del árbol caído. Y claro, con semejante tala, nos vemos abocados a un incendio de proporciones infernales. El sentido de estado se barre bajo la alfombra de los posibles votos. ¿La estrategia?, crear más desconfianza, más desasosiego.
Pero esto no se acaba aquí. Queda una tercera pata, los mensajes apocalípticos con que todos los días nos bombardean desde los medios de comunicación. Esta mañana han pintado un panorama que casi me han dado ganas de suicidarme con un atracón de magdalenas.
La pregunta es fácil. ¿La crisis que estamos viviendo es tan grave? La respuesta es igual de sencilla, me temo: pues sí. Eso no cabe ninguna duda. Que se lo digan a todos los parados y paradas que están sufriendo los efectos devastadores de un ciclo económico cuyo repunte parece que tardará en llegar.
Si reconozco que la crisis es grave, ¿a qué viene el título de esta entrada y mi frase rimbombante del principio en la que afirmaba “al final nos hará todavía más daño la parte psicológica de la crisis que la propia crisis”? Creo que se está generando un miedo excesivo. El que lo está pasando mal no necesita que se lo recuerden día a día, porque ya se lo recuerda de oficio su cuenta del banco. Lo que necesita es ayuda. El que no lo está pasando mal repite como en un mantra “cuando las barbas de tu vecino veas pelar…” y reduce su consumo drásticamente aunque no sea necesario. Y sin consumo no se sale de la crisis. No hay otra. Lo veo a mi alrededor, los pequeños comercios se están yendo al garete como castillos de naipes. Y por desgracia, yo no puedo vivirlo como algo ajeno. El pensamiento de “eso sólo les pasa a los demás” está descartado de serie.
¿La culpa es entonces de los consumidores, perdón, de los no consumidores? Pues no, ya está bien de echar la culpa a las víctimas. La culpa es de una clase política y periodística que no está a la altura de las circunstancias. El sentido de la responsabilidad (el sentido de estado no es otra cosa que responsabilidad, pero a lo bestia) brilla por su ausencia. O llega un momento que empezamos a tirar todos del carro como ya se está haciendo en otros países o el chiringuito se va a tomar por culo. O entre todos generamos confianza (no fe ciega, sino confianza) o no hay nada que hacer.
Pues sí, aquí me veis metiéndome en camisa de once varas, opinando de economía sin saber nada de economía, hablando de psicología cuando hace tiempo que no me da de comer, y, sobre todo, tildando a alguno de optimismo patológico y proponiendo yo abzurdeces que demuestran que soy un ingenuo de tomo y lomo…
Desayunaba yo hoy mientras que hacía zapping por las diferentes tertulias mañaneras de la tele, y me reafirmaba en una opinión que vengo manteniendo desde hace semanas: al final nos hará todavía más daño la parte psicológica de la crisis que la propia crisis. Intentaré explicarme.
Por un lado está Zapatero y su optimismo antropológico (que de un tiempo a esta parte está derivando claramente a un optimismo patológico), mezclado con el desasosiego que transmite Solbes y el desconcierto del resto del gobierno. Esta mezcla genera de todo menos confianza, desde luego. Y lo que es peor, independientemente de que tome medidas acertadas o no. La confianza es otra cosa, se asienta más es previsiones de futuro avaladas por alguien al que consideramos competente.
Por otro lado está la oposición, empeñada en hacer leña del árbol caído. Y claro, con semejante tala, nos vemos abocados a un incendio de proporciones infernales. El sentido de estado se barre bajo la alfombra de los posibles votos. ¿La estrategia?, crear más desconfianza, más desasosiego.
Pero esto no se acaba aquí. Queda una tercera pata, los mensajes apocalípticos con que todos los días nos bombardean desde los medios de comunicación. Esta mañana han pintado un panorama que casi me han dado ganas de suicidarme con un atracón de magdalenas.
La pregunta es fácil. ¿La crisis que estamos viviendo es tan grave? La respuesta es igual de sencilla, me temo: pues sí. Eso no cabe ninguna duda. Que se lo digan a todos los parados y paradas que están sufriendo los efectos devastadores de un ciclo económico cuyo repunte parece que tardará en llegar.
Si reconozco que la crisis es grave, ¿a qué viene el título de esta entrada y mi frase rimbombante del principio en la que afirmaba “al final nos hará todavía más daño la parte psicológica de la crisis que la propia crisis”? Creo que se está generando un miedo excesivo. El que lo está pasando mal no necesita que se lo recuerden día a día, porque ya se lo recuerda de oficio su cuenta del banco. Lo que necesita es ayuda. El que no lo está pasando mal repite como en un mantra “cuando las barbas de tu vecino veas pelar…” y reduce su consumo drásticamente aunque no sea necesario. Y sin consumo no se sale de la crisis. No hay otra. Lo veo a mi alrededor, los pequeños comercios se están yendo al garete como castillos de naipes. Y por desgracia, yo no puedo vivirlo como algo ajeno. El pensamiento de “eso sólo les pasa a los demás” está descartado de serie.
¿La culpa es entonces de los consumidores, perdón, de los no consumidores? Pues no, ya está bien de echar la culpa a las víctimas. La culpa es de una clase política y periodística que no está a la altura de las circunstancias. El sentido de la responsabilidad (el sentido de estado no es otra cosa que responsabilidad, pero a lo bestia) brilla por su ausencia. O llega un momento que empezamos a tirar todos del carro como ya se está haciendo en otros países o el chiringuito se va a tomar por culo. O entre todos generamos confianza (no fe ciega, sino confianza) o no hay nada que hacer.
Pues sí, aquí me veis metiéndome en camisa de once varas, opinando de economía sin saber nada de economía, hablando de psicología cuando hace tiempo que no me da de comer, y, sobre todo, tildando a alguno de optimismo patológico y proponiendo yo abzurdeces que demuestran que soy un ingenuo de tomo y lomo…
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