26 de noviembre de 2013

La curvatura de Micaela

Micaela jamás quiso utilizar bastón. Y no sería por falta de ellos. Su casa parecía un museo con todos los que le habían regalado hijos, nietos y sobrinos empeñados en que le vendría bien apoyarse en uno, ignorando las razones que ella esgrimía para caminar sin su ayuda.
Si uno se molestaba en escuchar a Micaela en vez de llamarla vieja testaruda, enseguida entendía por qué no quería utilizar bastón y que prefería que le regalaran caramelos de violeta, su verdadero vicio.
Micaela defendía que cada grado de curvatura de su espalda era fruto del peso de la vida, que cada día agrega un gramo a la mochila. Y explicaba que era lógico acabar mirando al suelo, ya que su experiencia le había demostrado que la respuesta a casi todo está cerquita de nuestros pies, donde pisamos. Añadía que andar despacio era un regalo, no un castigo. Los días son tan largos, decía Micaela, que llegar demasiado pronto a los sitios me agobia, porque tengo que buscar más objetivos y, yo ya, con uno al día, tengo más que suficiente.
Micaela desapareció hace un par de días.  El vecino del cuarto dice que la vio salir rodando calle abajo, pero nadie le cree porque se levanta más borracho de lo que se acuesta. Nadie le cree como casi nadie se paraba a escuchar a Micaela.