26 de mayo de 2011

Lagartijas

Cuando me ofrecieron el trabajo de sicario no encontré ninguna razón para no aceptarlo. Me hacía falta dinero, mi vida era demasiado aburrida y, sobre todo, estaba acostumbrado a matar. Bien es cierto que hacía mucho que no lo hacía. Mi última víctima murió a mis catorce años y tengo 41 recién cumplidos. No les dije que las víctimas siempre fueron lagartijas. Sin metáforas: me refiero a largas y escurridizas lagartijas. Pensé que era una omisión sin importancia. Tampoco les engañé cuando les dije que mis delitos se habían extendido por toda España, ya que mi padre era chamarilero. No había pueblo sin una buena lagartija con la que matar el tiempo que debería haber pasado con los amigos que la trashumancia paterna me robó. Lo bueno de este trabajo es que se sobreentiende que hay razones de peso para no tener que demostrar tu pasado si no es delante de un juez. Toda la demostración necesaria se reduce con el primer encargo. Si no lo cumples, es que mentías. Si lo cumples, da lo mismo si decías la verdad o no, si antes eras asesino, cura, policía o fiscal.
                Se podría pensar que al recibir ese primer encargo tuve problemas de insomnio y ganas de huir al extranjero. Sabido es que esta es la única manera de renunciar a última hora a la sicaría sin pasar de ejecutor a fiambre. Quizás tener miedo sería lo lógico debido a mi inexperiencia real en asesinar humanos, pero lo único que me incomodaba era tener que hacerlo con aquella pistola con silenciador que me proporcionaron, ya que mi pericia con las manos y la navaja suiza estaba clara, pero no así mi puntería.
                Son listos los que pagan, desde luego. Si no, estarían a la sombra carcelaria y suelen refrescarse a la sombra, sí, pero de las sombrillas que están a pie de piscina de sus chalés de lujo. Se fiaron a medias y me pusieron a prueba encargándome la muerte de un viejo conocido mío. “Para volver a la faena te vendrá bien tener algún motivo más que el dinero”, me dijo con una media sonrisa con sabor a cicatriz mi contacto mientras me pasaba la documentación. Leí atentamente el papel, me lo arrebató y lo quemó con un mechero justo antes de que empezara a comérmelo para destruirlo. Demasiada novelilla de quiosco a mis espaldas. De todos modos, mejor, porque me hubiera atragantado con la ingesta. Mi primera víctima sería mi antiguo jefe, el responsable de que estuviera en paro, divorciado y desahuciado. Es una larga historia que no tengo ganas de volver a relatar, pero que, desde luego, simplificaría el trámite emocional de convertirme en asesino a sueldo. “Tranquilo”, sentenció mi contacto antes de desaparecer cual ninja, “nadie sospechará de ti porque tiene tantos enemigos que no habrá sospechosos”. Me alejé despacio, sopesando la frase y buscándole un significado que no llegué a encontrar.
                La verdad es que así da gusto trabajar: me dieron el lugar exacto, el día y la hora a la que tendría que acudir, con la promesa de que sería tan sencillo como apretar el gatillo en el momento preciso. Sin persecuciones, violencias ni vigilancias incómodas. Y si cumplía a rajatabla el horario previsto y las escasas instrucciones, con las espaldas bien cubiertas. Quedaba una semana y los siete días transcurrieron con la velocidad normal de la rutina. Llegó el día señalado y pensé en ponerme mis mejores galas para el reestreno, pero no tenía. Me puse lo más cómodo que encontré. Es la única ventaja de la ropa vieja. Atravesé la ciudad. Parece imprescindible que el sicario y el ajusticiado vivan en la misma línea de metro pero cada uno en un extremo de ella. Llegué media hora pronto. Es lo que tiene no tener experiencia en puntualidad. Hice tiempo en un bar cercano al lugar del encuentro. Descarté el alcohol para no despistarme, el café para no ponerme nervioso y la tila para no estar demasiado relajado. Opté por tomar por primera vez un bitter kas y decidí que sería la última. Faltaban cinco minutos, pagué para no delinquir en exceso y me encaminé al portal donde vivía el futuro cadáver. Estaba abierto, tal y como me prometieron. Subí en el ascensor sin importarme dejar huellas. Hasta hice vahos en el espejo. Según parecía, el portero era un maniático de la limpieza y mucho más eficaz que el señor Lobo, y para cuando llegara la policía no habría ni rastro. Parecería un edificio a estrenar. Cuarto izquierda. También estaba abierta la puerta. La empujé con fuerza, con chulería, para provocar un chirrido que no llegó. Avancé por el pasillo y entré en la última habitación a la izquierda, de la única que salía luz, según lo establecido.
                Aunque me habían dicho que sería todo muy sencillo, tensé todo el cuerpo para ponerlo en alerta, por lo que pudiera pasar. Y lo que pasó trastocó todos mis planes. Me encontré al viejo cabrón desnudo, atado y amordazado a una silla. No opondría resistencia. Ni siquiera podría suplicarme o retarme con la mirada, porque parecía narcotizado. Mentiría si dijera que durante los últimos días había pensado en todos los escenarios posibles. Simplemente estaba preparado para lo normal, para vencer la posible lucha de aquel gordinflón de setenta años, probablemente en forma de ruego de clemencia, o de huída, como la lagartija en mitad del campo. A eso sí que estaba yo acostumbrado, a perseguirlas y a no dejarme enternecer por sus miradas lastimeras… Estaba seguro de que si el viejo lloriqueaba me entrarían más ganas de dispararle. Su habitual actitud desafiante incluso podría hacer que tirara la pistola y acabara con él con mis propias manos, pero disparar al bulto era otra cosa muy diferente. ¡Qué hijos de la gran puta! –pensé-. Saben dónde dar. Han convertido a este pedazo de cabrón en el ser más indefenso del mundo para ponerme a prueba.
                Me acerqué a él. Le apunté con la pistola. Para no fallar la apoyé directamente en el centro de su frente. Me quedé paralizado. No sabía qué me estaba pasando. Lo único que sabía es que no tenía mucho tiempo. Me lo advirtieron. “Será un trabajo muy sencillo pero lo tendrás que hacer muy rápido”. Barajé todas las posibilidades en una décima de segundo e hice lo que tenía que hacer.
                De esto hace un par de meses y ahora sé que hice lo correcto. Al día siguiente me llamaron. Cuando me ofrecieron este trabajo en esta plataforma petrolífera en mitad del Pacífico no encontré ninguna razón para no aceptarlo.

23 de mayo de 2011

Giessen y torturadores

Últimamente tengo abandonado el blog. Sé que os habéis dado cuenta por las telarañas, porque han caducado las últimas cervezas que dejé y porque hace eco, ecoooooo…
Y lo tengo abandonado porque no tengo tiempo ni para escribir en él ni para leer vuestros blogs. La última vez que blogueé creo que estrenaban Los hermanos Marx en el Oeste, el Atleti era campeón de liga y el PSOE era un partido de izquierdas con cierta representación política.
Estoy intentando terminar mi última novela. Y digo intentando porque es obvio que de momento no lo he conseguido, aunque la palabra FIN está ahora más cerca del buzón que de la basura.
Pero sobre todo estoy al 120% volcado en Talentura (que, por si todavía hay alguien que no lo sabe, es el nuevo sello editorial de los extintos Editores Policarbonados). Desde que no nos vemos, leemos, han pasado muchas cosas: aparte de que no paran de salir magníficas críticas sobre Vidas elevadas, de Miguel Baquero, hemos cometido nuestra última locura: ¡publicar teatro! Sí, amiguitos y amiguitas, hemos perdido la última tuerca que sujetaba la tapa de nuestros cráneos… Eso sí, lo hemos hecho apostando fuerte, ya que el autor es Carlos Salem. El torturador arrepentido es una magnífica obra de teatro que habla sobre las dictaduras y sus torturadores. Se centra en la dictadura argentina, pero podría trasladarse a cualquier dictadura extinguida o actual, que haberlas haylas… Salem firmará libros en la Feria de Madrid los días 29 de mayo (de 12 a 14 horas en la caseta 87) y el 3 de junio (de 19 a 21 horas en la caseta 121).
Pero sin duda lo más reseñable ha sido el viaje a Giessen para presentar el libro Elefantiasis, de Raúl Ariza. Pues sí, la vida te da estas sorpresas. Un día se te ocurre crear una pequeña editorial independiente y al cabo de un par de añitos te encuentras en la Universidad de Giessen, al ladito de Frankfurt, hablando sobre esa pequeña editorial, sobre el relato breve en España y, ya de paso, sobre el mar y los peces…
Tuve la magnífica suerte de compartir viaje con el autor del libro, Raúl Ariza, y con el prologuista del mismo, Francisco Machuca, al que no definiré porque me faltan o me sobran las palabras. Y todo gracias a la ya bautizada hada madrina del libro, profesora de aquella universidad, y a la que mantendré en el anonimato para que su vida profesional y bloguera sigan tan separadas como tienen que estar.
Es difícil explicar una experiencia de este tipo, por cómo nos trataron, por cómo nos escucharon, por todo lo que aprendimos (y no me refiero al alemán porque todos hablaban español, hombrepordios, que son de un departamento romanistik-hispanistik) y por toda la cerveza ingerida. Ojalá podamos seguir colaborando con ellos y con otros países que tienen muy en cuenta la literatura española y latinoamericana.
No os aburriré con los detalles, pero diré que merecieron mucho la pena tanto la cena con los profesores del departamento, como la mesa redonda con profesores y alumnos y el concierto de clausura en el que se interpretó jazz y se leyeron relatos de Elefantiasis en español y en alemán.
Pero como siempre, me quedo con la compañía. Así que muchas gracias al hada madrina, a Raúl Ariza y a Francisco Machuca por hacer que este viaje haya sido tan especial.
¡Hasta la próxima! (que espero que sea con un 15M consolidado que ayude a engrasar el motor de esta democracia que chirría porque el mecanismo se ha quedado enganchado entre trajes, maletines, gobiernos de izquierdas haciendo políticas de derechas y políticos de derechas preconizando gobiernos de ultraderecha).

12 de mayo de 2011

No lo hará, estoy seguro

Hacía semanas que no iba a la jam session de relatos de los Diablos Azules. Entre viajes editoriales y asuntos personales no he tenido tiempo. Ayer volví a ir, entre otras cosas porque tenía muchas ganas de escuchar a Óscar Esquivias. Me pareció muy interesante. Él mismo fue el que dio la frase para el concurso de improvisación: "No lo hará, estoy seguro". Se confirma que para escribir hay que hacer pesas, y más cuándo hablamos de improvisar, porque ayer me costó horrores terminar el relato. De todos modos, allá va, el relato improvisado de ayer.

Mi primer reto del día siempre es el mismo, conseguir sentarme en el metro para dormitar las veintitres paradas y así suplir lo que el insomnio me resta. Antes mi primer reto era despertarme antes que ella para ducharme primero. Desde que me divorcié ese problema ha dejado de existir. Raramente me ducho.
Esta mañana he estado más ágil que de costumbre y me he sentado a la primera. A mi izquierda roncaba un tipo con aspecto ambiguo. No podría decir si iba o si regresaba. Frente a mí, una mujer leyendo un tomo bíblico. A su lado, un chaval menguado. Me explico, zapas dos tallas más grandes, vaqueros tres tallas más grandes y camisa desmesurada. En tamaño y colores.
El menguado, generoso, compartía su música con todo el vagón. De su móvil salían salsas y merengues con un volumen y un ritmo impropios de las siete de la mañana.
La mujer del tomo bíblico le mirada de soslayo con un ceño directamente fruncido. La letra merenguera parecía interrumpir su concentración lectora. El chaval menguado disimulaba ignorarla mientras orientaba su móvil entre sus orejas.
Estación tras estación la situación se volvía más tensa. La mujer bíblica le lanzaba cada vez miradas más explícitas y el menguado la ignoraba con más descaro, mostrando que la frase "dos no discuten si uno no quiere" no tiene fundamento científico alguno.
La situación llegó a insostenible. Hasta el ambigio de mi lado despertó. Subió el volumen de las miradas de ella y del móvil de él.
El fin parecía inminente.
No lo hará, estoy seguro -pensé.
Pero lo hizo.
El chaval menguado le dijo a la mujer bíblica:
-Por favor, señora, ¿podría cerrar el libro, que los versículos me impiden disfrutar de la música?