29 de junio de 2010

Reflexiones abzurdas en medio de la huelga...

Es impepinable, la primera consecuencia de una huelga de metro en Madrid es que te alarga los traslados y que, imposible leer por la aglomeración (y yo no puedo escuchar música por mi tara auditiva), lo lógico es tener más tiempo para reflexionar. Eso sí, zurdo como soy, las reflexiones son inevitablemente abzurdas:
-En el marasmo al final le daremos garrote vil a Zapatero por matar a Manolete... Más allá de la inoperancia evidente de ZP, la culpable del conflicto es Esperanza Aguirre. Parece que ni los madrileños lo tienen claro.
-Cuando los derechos de uno colisionan con los derechos de otros, la cosa sale torcida.
-Estoy triste porque he constatado lo que yo ya me temía: no soy nadie. ¿Qué hago yo como trabajador para mejorar mis condiciones laborarles? ¿Me niego a vender libros? ¡Uy, qué miedo...!
-Saramago, cuando esparzan tus cenizas, haz que caigan con criterio y escríbete con ellas Ensayo sobre la inmovilidad. Ya ensayaste sobre una ceguera colectiva, sobre un voto en blanco colectivo, sobre el cese de funciones de la muerte... Ahora puedes escribir sobre una ciudad en la que todos los motores del transporte público se paren...
-La gente tiene más paciencia y respeto de lo que aparenta, porque con la que está cayendo...
-Excepto si eres conductor y espabilao. Entonces decides saltarte los semáforos y así colapsar más el tráfico.
-Reflexión cándida: los autobuses van tan hasta arriba, que en las paradas solo abren la puerta de atrás para desalojar. Evidentemente la gente aprovecha para subir de extrangis. Hoy he visto a una señora de unos sesenta, vestida del barrio de Salamanca, indecisa, a pie de puerta. Que sí, que no, que sí, que no... Definitivamente se ha animado a subir al autobús por la puerta de atrás. Su cara era como si hubiera cometido la mayor fechoría de su vida, como si hubiera pecado contra todos los pecados más deliciosos. Y he de decir que su cara era de satisfacción.

Mañana más, porque esto va para largo...

18 de junio de 2010

Saramago

Siempre digo que como escritor soy un autodidacta de pacotilla, porque sin haber sentando el culo en escuela literaria alguna, he disfrutado de los mejores maestros. Mi impericia impide que se vean sus enseñanzas, aunque no tengo prisa. Porque algunos de esos maestros me han enseñado más cosas que escribir. Por ejemplo, Saramago me enseñó que nunca es tarde para casi nada, que sólo la muerte cierra la cancela. Él empezó a despuntar como escritor a una edad a la que muchos ya han desesperado. Y encontró el amor cuando muchos se resignan a encontrar la manta perfecta que les dé calor en el sillón de ver la tele.
Soy de poco releer, pero hoy ha muerto Saramago y no me quedará otra que disfrutar de sus obras maestras una y otra vez, una y otra vez... Primero me leeré las dos o tres novelas que me quedan de él y luego volveré a sus ensayos sobre la ceguera y la lucidez, a su caverna, a su hombre duplicado, a todos los nombres, a su balsa de piedra, a su evangelio según Jesucristo, a su manual de pintura y caligrafía... Incluso volveré a pasearme por las intermitencias de la muerte, a hacer el viaje del elenfante o volveré a leer Caín.
Sonará exagerado, pero estoy triste, muy triste.

14 de junio de 2010

Enésima reinvención: dos añitos...

Llevo toda la vida reinventándome. Creo que las únicas constantes en mis cuarenta años de vida, aparte de mi familia, son mi zurdera, mis amigos de toda la vida y escribir. Desde que empecé a estudiar Biología, porque era lo que quería ser desde que tengo uso de razón, hasta ahora no he hecho otra cosa que reinventarme. Por razones que no vienen al caso abandoné la biología y me hice psicólogo. Otras razones que vienen tan poco al caso como las anteriores hicieron que dejara una profesión a la que dediqué muchísimos dolores de cabeza. Esta vez, más que una reinvención, fue una reencarnación, porque viré todos los grados necesarios como para navegar justo para otro lado.
La decisión fue mucho más importante de lo que en un principio atisbaba. Lo que comenzó como un giro en mi carrera profesional se ha convertido en lo que actualmente soy: librero clandestino y editor policarbonado. Esta aventura está siendo tan bonita como dura. A veces mucho más dura que bonita, pero se compensa casi a diario con pequeñas alegrías que hacen olvidar la crisis (la del negocio, la personal y la interplanetaria).
Sinceramente no sé cuánto duraremos con el proyecto. Sólo sé que hasta que dure nos dejaremos la piel e intentaremos no olvidar que esto nació para pasarlo bien y para compartir una experiencia única.
Así que gracias a mis socias por todo. A mi musa zurda por soportarme (el tercer pulmón). A los clientes habituales y a los esporádicos. A nuestros autores por habernos permitido crear una pequeña familia. Y al mecenas que estamos esperando desde hace meses (absténganse Mesías y prestamistas, por favor). No te escondas, sabemos que existes y que algún día te manifestarás...
Pues eso, que gracias a todos y todas. Y si alguno quiere celebrar con nosotros nuestro segundo aniversario, puede comprar cualquier libro de nuestra editorial sin gastos de envío (http://www.editorespolicarbonados.com/).
Recibid todos y todas un abrazo zurdo y, esta vez, clandestino y policarbonatado...

11 de junio de 2010

Que sí...

«A ver, no tengas dudas, confía en nosotros, si te ofrecemos publicar es porque consideramos que tu obra tiene la calidad suficiente». Esta es una frase que he repetido unas cuantas veces a lo largo de los dos últimos años. Los autores noveles, en general los escritores que luchan por dar los primeros pasos (y estos primeros pasos pueden llegar a ser varios libros), dudan bastante de sus obras y de su “mano como escritor o escritora”. No he hecho un estudio científico, pero la intuición me dice que dudan más cuanto mejor escriben y cuantas más malas experiencias editoriales han vivido.

Así que ahí estoy yo para convencerles de que su obra merece ser publicada, al menos bajo nuestros criterios, y refuerzo mi papel de editor con coleta y perilla con mis dotes aún no olvidadas del todo de psicólogo (con la coleta a medio cortar pero sin terminar de hacerlo del todo).

Pero, ¡ay, amigos y amigas! Siempre fui mejor psicólogo que paciente (y me gustaría llegar a ser mejor escritor que editor) y es más fácil contar un cuento que aplicárselo uno mismo… Y un buen día me llega un editor y me dice que quiere publicarme mis proesías y, claro, se veía venir, me entra el canguelo, y le digo que no, que no, que ni hablar, y luego pienso que sí, pero que no sé, y le digo que me dé unos días para pensármelo, y recurro a amigos que tienen igual dosis de sinceridad que de criterio literario para que me digan lo bien que escribo y me den un empujón, o para que me digan lo mal que lo hago y me lo den igual (pero al abismo), y resulta que esos amigos ejercen de psicólogos conmigo y me dicen que mis proesías son docentes y que no horadarán en exceso la calidad literaria de la editorial loca que quiere publicarme, y entonces voy y le digo al editor que sí, que sí, que adelante, glups…

Resumiendo, que un editor ha tenido a bien editar mis proesías. Todavía no hay fecha, ya os iré informando, pero yo ya estoy sudando ríos de tinta…