Es impepinable, la primera consecuencia de una huelga de metro en Madrid es que te alarga los traslados y que, imposible leer por la aglomeración (y yo no puedo escuchar música por mi tara auditiva), lo lógico es tener más tiempo para reflexionar. Eso sí, zurdo como soy, las reflexiones son inevitablemente abzurdas:
-En el marasmo al final le daremos garrote vil a Zapatero por matar a Manolete... Más allá de la inoperancia evidente de ZP, la culpable del conflicto es Esperanza Aguirre. Parece que ni los madrileños lo tienen claro.
-Cuando los derechos de uno colisionan con los derechos de otros, la cosa sale torcida.
-Estoy triste porque he constatado lo que yo ya me temía: no soy nadie. ¿Qué hago yo como trabajador para mejorar mis condiciones laborarles? ¿Me niego a vender libros? ¡Uy, qué miedo...!
-Saramago, cuando esparzan tus cenizas, haz que caigan con criterio y escríbete con ellas Ensayo sobre la inmovilidad. Ya ensayaste sobre una ceguera colectiva, sobre un voto en blanco colectivo, sobre el cese de funciones de la muerte... Ahora puedes escribir sobre una ciudad en la que todos los motores del transporte público se paren...
-La gente tiene más paciencia y respeto de lo que aparenta, porque con la que está cayendo...
-Excepto si eres conductor y espabilao. Entonces decides saltarte los semáforos y así colapsar más el tráfico.
-Reflexión cándida: los autobuses van tan hasta arriba, que en las paradas solo abren la puerta de atrás para desalojar. Evidentemente la gente aprovecha para subir de extrangis. Hoy he visto a una señora de unos sesenta, vestida del barrio de Salamanca, indecisa, a pie de puerta. Que sí, que no, que sí, que no... Definitivamente se ha animado a subir al autobús por la puerta de atrás. Su cara era como si hubiera cometido la mayor fechoría de su vida, como si hubiera pecado contra todos los pecados más deliciosos. Y he de decir que su cara era de satisfacción.
Mañana más, porque esto va para largo...

