30 de septiembre de 2009

Tribulaciones de un sicario

Pues sí, no sé si os parecerá ético o no, pero lo voy a hacer: hoy os voy a recomendar un libro del que soy coeditor y que he recomendado varias veces de soslayo en este blog. No suelo utilizar Literazurda para “mis negocios” más de lo debido (creo). Este es un espacio personal y ególatra, y por egolatría voy a recomendar hoy Tribulaciones de un sicario, de la autora valencia Elena Casero.
Y lo voy a recomendar desde la absoluta seguridad de que es un buen libro (y creedme que uno duerme más tranquilo convencido de lo que edita). Y lo voy a recomendar por la profunda alegría que me da poder decir que se está agotando la primera edición y que nos vamos a lanzar a una segunda mucho antes de lo previsto.
Si no os fiáis de mi objetividad o de mi subjetividad (y quizás haríais bien en no hacerlo) y tenéis curiosidad, os recomiendo que leáis las reseñas y críticas que aparecen en el margen derecho del blog de la autora:
http://escriptorum54-adlibitum.blogspot.com/
Si os fiáis mínimamente, pues aquí va mi opinión sobre esta novela corta con la que hemos iniciado la colección “Cortoletrajes”.
Economía narrativa, estilo costumbrista, humor sutil cercano al vodevil, al sainete, han sido tres características que se han puesto en positivo y con bastante consenso en todas las críticas que el libro ha recibido hasta ahora. Es un libro fresco, fácil de leer, de los que engancha desde la primera página hasta la última. Elena nos engancha con el estilo, sí, pero también con un argumento bien hilado que juega con lo creíble y con lo increíble, y con unos personajes entrañables que coquetean con el patetismo, la decadencia y el absurdo y que arropan durante toda la novela a Anselmo de la Rua, el personaje principal, un rico venido a menos, un tonto de la baba que se enfrenta por primera vez con la vida en general y con la suya en particular. Anselmo, arruinado y sin haber trabajado nunca, acaba encontrando trabajo como sicario. Y aquí, queridos amiguitos y amiguitas, empieza uno de los pilares de la novela, el viaje de Anselmo de la Rua para reencontrarse consigo mismo, para reinventarse, incluso para reírse de sí mismo. Porque lo bueno de Tribulaciones de un sicario, para mí, es que además de ser una novela fresca y divertida, es una novela con enjundia, una mezcla que lo hace altamente recomendable.
Resumiendo, ¡que la compréis, coño!

Por otro lado (y ya que me pongo comercial) me llena de honda satisfacción (satisfacción republicana, todo sea de paso) anunciar que mañana, 1 de octubre,
Andreu Buenafuente (La Sexta) entrevistará en su programa a Daniel Díaz, autor del libro Nilibreniocupado, del que también soy editor. Además, al día siguiente, viernes 2 de octubre, será entrevistado por el Langui (líder del grupo la excepción) en el programa Radio Taraská, de Radio 3, a partir de las 19 horas.

Os podéis imaginar que para una editorial pequeña y joven como la nuestra es todo un éxito agotar la primera edición de un libro (como en el primer caso) y salir en uno de los programas más importantes de la televisión (como en el segundo caso).

Sé que a más de uno le puede parecer una entrada puramente comercial, pero creedme si os digo que el objetivo es compartir con todos vosotros y vosotras el fruto de nuestro trabajo, que está siendo mucho, duro y, por suerte, satisfactorio.
Y aprovecho para dar las gracias a todos los que han confiado en nosotros y en esta locura, y que nos apoyan día a día en la aventura editorial policarbonada que por narices tiene que llegar a buen puerto. (
Y ya de paso os animo a que nos mandéis vuestros manuscritos, sobre todo novelas cortas.)
Un abrazo zurdo para todos y todas.

28 de septiembre de 2009

Sí, yo también tengo una corazonada...

Pues sí, amiguitos y amiguitas, ante la próxima designación de la ciudad olímpica para el 2016 que tendrá lugar el viernes 2 de octubre en la muy danesa ciudad de Copenhague por parte de los miembros y miembras del COI, yo también tengo una corazonada (que me propongo a desvelar de inmediato y que sólo podrán leer aquellos que hayan conseguido leer este párrafo sin morir por asfixia).
Sin más dilación, mi corazonada es que el viernes en Copenhague se va a liar parda pase lo que pase. Preparaos para una serie de abrazos y ósculos más falsos que la falsa moneda, ya sean con sonrisitas o llantos hipócritas, según quedemos primeros o no.
Y es que con el enfangamiento político que estamos viviendo actualmente (y digo actualmente porque tampoco es plan de mentar ahora a los dinosaurios) se van a dar reacciones paradójicas inter e intrapartidos.
A nadie se le oculta que los grandes beneficiados de la victoria serían Gallardón y Zapatero, por ese orden (que los madrileños fuéramos beneficiados estaría por ver). Si nos conceden las olimpiadas, por tanto, al primero que se le van a poner las orejas tiesas es a Rajoy y después a Esperancita.
Con el asunto Gürtel creciendo a pasos agigantados con la levadura periodística (El Mundo también se ha apuntado a denunciar la financiación ilegal del Pepé) y con el caso de los espías madrileños asentándose (Gallardón, Cobo y Prada no tienen ninguna intención de que el caso pase por alto) el ínclito alcalde le daría una buena patada en la espinilla a unos cuantos de sus compañeros de partido y se postularía claramente como presidenciable. Eso sí, como no seamos olímpicos que se vaya preparando, porque las cornetas de la dimisión vendrán desde la propia Génova, por haber supeditado la política madrileña a un empeño personal y carlos tercerista.
Con Zapatero pasa tres cuartos de lo mismo. Si somos olímpicos se apuntará el tanto (es muy dado a vender la moto sociata con los deportistas, como se ha visto recientemente con Nadal y Gasol, que poco menos que nos ha dicho que hacen pesas en Ferraz) y podrá desviar mínimamente la atención de la subida del IVA, de los meandros de su política económica y de sus francachelas/rivalidades con los distintos grupos mediáticos. Si no somos olímpicos, sólo le quedará el paraguas de una oposición desgobernada, que no es tanto como podría parecer a primera vista.
Y por si fuera poco para el folletín, los nervios de unos y otros por ver si Juan Carlos, nuestros insigne monarca, es capaz de hilar el discurso sin trompicones y sin exabruptos.

Así que os conmino a ver atentamente la retransmisión el viernes y a que analicéis las miradas, sonrisas y abrazos en función del resultado final. Podemos asistir a una clase magistral de hipocresía y oportunismo colectivo (cosa que tampoco sorprende, claro está, vista la calidad de nuestra clase política).

Y como se dice en la prensa deportiva, para calentar el evento, os propongo la siguiente encuesta:
¿Crees que nos van a conceder Madrid2016?
111111 NO111111 Me la reflanflinfla

¿Quieres que nos concedan Madrid2016?
111111 NO111111 Me la reflanflinfla
Mi respuesta, me voy a mojar, es que creo que NO y quiero que SÍ. ¿Razones? En portería…

24 de septiembre de 2009

Huevos de avestruz y metrodemadridinforma

Ya, ya sé que estoy incumpliendo mis promesas vacacionales, que soy un tipo sin palabra (o más bien con muchas), pero es que la más rabiosa actualidad me obliga a regresar de la librería y de la editorial a éste, vuestro blog.

Pues sí, hoy he salido de casa un pelín antes para poder desayunar tranquilamente en el
bar de Sergio. He hecho el recorrido casa-vagón como siempre, enfrascado en mi libro (hoy toca El animal piadoso, el último libro de Luis Mateo Díez, que me está gustando bastante, por cierto).
Primer objetivo cumplido. Consigo llegar al vagón y sentarme sin haber sido atropellado ni haber atropellado a nadie mientras leía caminando (malditos bolardos…).
Me las prometía muy felices, cuando se han desencadenado dos de los acontecimientos que más nervioso me pueden poner en el subterráneo:
1º Que se siente a mi lado un pasajero con huevos de avestruz. Lo aclaro, lo aclaro… Dícese del pasajero, generalmente masculino, cuya genética le ha dotado de unos testículos enormes que le obligan a sentarse espatarrado sin importarle si incomoda a los pasajeros que le hacen de paréntesis.
2º Que suene por los altavoces aquello de “metrodemadridinforma”, sobre todo si el mensaje completo es del tipo: “Metro de Madrid informa que por causas técnicas el servicio no se presta con normalidad, produciéndose un retraso estimado entre diez y quince minutos”.
La interacción 1º-2º, o sea, pasajero con huevos de avestruz y “metrodemadridinforma” es capaz de convertir mi sosegada personalidad en una personalidad múltiple en la que yo, el Zurdo, convive con una docena de asesinos en masa…
Mis reiteradas miradas al portador de huevos de avestruz no han surtido efecto, ya que, además de huevón, debía ser narcoléptico y se ha pasado todo el trayecto dormido (en su defensa diré que ha mantenido la cabeza vertical, no ha roncado y ni una sola baba ha asomado por la comisura de sus labios). La avería técnica ha hecho que un trayecto de diez minutos se haya estirado hasta la media hora larga, lo cual no ha evitado que desayunara como está mandado, hombrepordios…
Y bien mirado, he podido leer un ratito más de lo acostumbrado. Para que luego digan que uno no es positivo.
Eso sí, la semana que viene el COI elige ciudad olímpica. Y yo tengo una corazonada…

23 de septiembre de 2009

El bar de Sergio

El bar de Sergio forma parte de lo cotidiano en mi vida desde hace un año más o menos. Es lo que tiene que haya un bar entre el metro y la librería (y cuesta abajo).
No todos los días, pero de vez en cuando paso a tomarme un café con leche antes de abrir la tienda (y si las sábanas se me han pegado, aprovecho para desayunar: bollo o barrita de pan con tomate).
Me gusta comenzar el día en el bar de Sergio. Precios económicos (es un bar-concesión de una escuela de música), buena música y buen ambiente. Además Sergio es uno de esos tipos que emana energía positiva. Cuando me voy siempre me regala un ¡Que tengas buen día Mariano! Y no sé a vosotros, pero a mí me parece una maravillosa manera de empezar la jornada laboral.
Capítulo aparte son los habituales y las habituales. Me abstendré de hablar sobre las estudiantas, que luego mi musa me castiga con…, me castiga (y ganas no me faltan, de que me castigue no, a ver si leemos un poquito con atención, ganas de hablar de las…, bueno, mejor lo dejamos).
Entre los habituales del último mes hay dos obreros. Bueno, más que obreros creo que son jefe de obra y ayudante de obra, pero tampoco podría asegurarlo (ni aportaría nada a la narración, si es que esta narración aporta algo). En lo que yo desayuno, ellos suelen apretarse un café solo, cuatro cigarrillos (cada uno) y un chupito. Hoy me he hecho una lista mental de cosas que me comería/bebería a esas horas antes que un chupito: cuando he llegado a la CHE, de chuletón-como-el-que-me-comí-en-Asturias-estas-vacaciones, he parado. Lo más gracioso es que mientras que se bebían el chupito estaban hablando de riesgos laborales. No sé si hablaban sesudamente sobre ellos o se los estaban pasando por el forro (en coherencia absoluta con la ingesta). Es lo que tiene estar medio sordo, que oigo tiros pero no sé de dónde vienen, que a veces ignoro la parte de verdad y oigo la mentira, o viceversa.
Hace poco, y en el mismo bar de Sergio, comencé un relato que se llama “Castellana con hielo”. Sí, avispadillos, simplemente inicié un retrato zurdo de los míos sobre un cliente que pidió eso, un Castellana con hielo, sólo que el retrato se me fue de las manos y acabó en relato. Sin moralinas, como la entrada de hoy. No juzgo, simplemente reflexiono con lo que veo. Hoy ni eso, sólo describo. ¡Reflexionad vosotros, vagos! Algún día colgaré el relato aquí. O no.
Más de uno pensará que he roto mis vacaciones blogueriles para escribir una sandez, pero es que yo nunca prometí brillantez (cuanta ez, que no hez, para una sola frase). Los que me vais conociendo ya sabéis que soy más de impulsos literarios que de previsiones (en lo que se refiere al blog, me refiero, que para las novelas necesito hasta planning).
Pues ale, que me las piro hasta la próxima vomitona.
Ah, que se me olvidaba, y como diría Sergio, ¡Que tengáis un buen día!

21 de septiembre de 2009

El bloguero da paso por unos días al librero

Por causas libreras, editoriales y escribientes me tomo unos días, pocos, de vacaciones blogueras. No os despistéis, que volveré cuando menos os lo esperéis. O no.www.librerialaclandestina.com

17 de septiembre de 2009

¡Feliz día de Carnaval!

¡Feliz día de Carnaval! Que no, que no se me ha ido la pinza (no más de lo habitual).
Pero no me digáis que no os habéis fijado que hoy es Carnaval… No, si os habréis levantado todos más dormidos que yo, y eso que yo me he despertado justo a la altura del bar de Sergio, ciento cincuenta y tres metros antes de llegar a la librería (tengo el despertar tan selectivo, que lo he hecho junto a la máquina de café).
Pues sí, niños y niñas, no os preocupéis porque aquí está el tito Zurdo para que no perdáis ripio de este día de carnaval.
Y para daros una pista, ¡despistadillos, que sois unos despistadillos!, os remito a una de las preguntas que os habréis hecho esta mañana (o ayer por la noche, los más previsores):
¿Qué me pongo?
¡Qué jodíos que son los primeros días de lluvia y fresquito, leñe, sobre todo para la cosa del vestir!
El caso es que hoy cada uno va vestido según su personalidad, según su fe, según lo pequeña que sea su casa y según su termostato.
Que sí, que me sigo explicado, que os veo más espesos que los cerebelos de ZP y Maricomplejines…
Según su personalidad: los hay cabezotas que se resisten a aceptar que se ha acabado el verano, los hay vagos que piensan que a la vuelta de la esquina está el veranillo de San Miguel y que total, se pueden aguantar unas semanitas en manga de camisa. Los hay temerosos de constiparse (de agriparse-A) y se embuten a la bajada del primer grado y a la caída de la primera gota. Los hay oficialistas, que se visten con una exactitud milimétrica en función de humedad relativa del aire, sensación térmica y número de charcos en el trayecto casa-trabajo… Podría extenderme, pero si sigo se me pasará el día de carnaval y tendré que empezar a hablar de la navidad…
Según su fe: se entiende que según su fe en el hombre del tiempo. Los hay que creen más en él que en los mismísimos dioses. Pero los hay desconfiados que bástase que se anuncien lluvia para que salgan untados de crema solar…
Según lo pequeña que sea la casa: porque según la amplitud de los armarios y altillos, alguno puede tener la ropa de otoño-invierno en lo alto del Aconcagua o en las profundidades abisales. Les reconoceréis fácilmente, porque para combatir el fresquito acumulan camisetas, eso sí, bien combinadas, que el frío repentino no está reñido con la elegancia…
Según su termostato, porque los hay que están congelados a estas alturas del año y los hay que sudan copiosamente.

Y claro, estas diferencias en la personalidad, en la fe, en los metros habitables de la vivienda y en el termostato, hacen que un día como hoy haya un ambiente carnavalesco, porque cada uno se viste como buenamente puede/quiere. Algunos van de primavera, otros de verano, otros de otoño y, sí, alguno he visto disfrazado de invierno.
Tranquilos, que esto es cuestión de días, que uno se aclimata enseguida a estas cosas. Quien se ha quedado corto se irá ajustando a más capas y quien se ha pasado irá aligerándose de ropa.
¿Lo veis como no se me había ido tanto la pinza?
Pues eso, ¡feliz día de carnaval!

16 de septiembre de 2009

Leo, luego viajo

Hoy camino por París, por barrios diferentes a los de mi última visita.
Ante mí una bohemia que transita entre el mito y las fotos desgastadas.
Sigo pensando que el Sena sin ti es otro Manzanares.

Ayer viajé en
manuscrito.
Lugares comunes. Quizás demasiados.
Pero siempre aprendo algo nuevo. Cada ángulo me revela una nueva sombra.
Cada manuscrito nuevo es una aventura insospechada.

Antesdeayer paseé por
Corrientes.
Anduve apuntando librerías, cafés y boliches.
Quiero escribir nuestra propia guía de viajes.
Nuestro cerdito sonríe cada vez que se come un pequeño porcentaje más del billete.

Hace un par de meses visité
Tuzones.
Compartí por calles inventadas el viaje interior de una persona que podríamos ser cualquiera.

¿Mañana? Iré a esa magnífica agencia de viajes que es mi biblioteca.

PD. Y mirándome al espejo se escribe sola la siguiente entrada: Escribo, luego viajo.

15 de septiembre de 2009

Tengo miedo...

Yo es que ante ciertas amenazas exteriores soy mucho de mirar hacia otro lado y hacer oídos sordos (en mi caso el 50% ya está conseguido de oficio). Las amenazas internas ya son otro asunto que podría tener cabida en otra entrada posterior. O no.
Vamos, que hasta ahora había hecho caso omiso a todos los cartelitos de prevención de la gripe A, sobre todo porque desde hace muchos añitos intento no estornudar cual Pepepótamo en la cara de los transeúntes, me lavo las manos cuando es menester y seguiré besando a diestro y siniestro (por querencia, mejor a diestra y siniestra) siempre que me apetezca besar al besable, valga la redundancia.
El caso es que hoy se me ha colado cierta información por los ojos, ¡ojos traidores! Entraba yo en el banco, ufano porque no iba a pagar sino a realizar unos trámites sin regalos, pero sin comisiones, cuando en la mesa de la gestora que me iba a atender he leído el siguiente cartelito (lo transcribo textual):

Medidas de Prevención:
No beses
No des la mano
Dí hola

En un momento dado he lagrimeado tímidamente en honor a todos los besos que ya no daría y a todos los apretones de manos que morirían en la tumba de la asepsia. Raudo como soy de pensamiento, enseguida me he dado cuenta de que las recomendaciones estaban escritas para llevarse a efecto dentro de esa sucursal y he lloriqueado, pero de felicidad.
¡Menos mal que he leído rápido el cartelito, porque si no me abalanzo contra la gestora y la besuqueo como si fuera de la familia! Me he contenido como he podido, no ha sido fácil, y me he sentado en la silla que amablemente me ha ofrecido.
Primera cagada, en vez de “hola” le he dicho “buenos días”, y mira que lo ponía clarito, con ese monosílabo tan ricamente acentuado para recalcar el imperativo. Un molesto picor en la nariz y unos calores inoportunos han empezado a aflorar, por lo que me he levantado y he empezado a repartir holas sin miramientos. He saludado al director de la sucursal, al cajero, a la señora de la limpieza, al vigilante de seguridad y a todos los clientes que compartían el espacio de contagio conmigo.
Más tranquilo, me he vuelto a sentar y he firmado cientos de papeles con mi propio bolígrafo, que venía desinfectado de casa.
Y me he ido como he llegado, sin besar ni dar la mano a nadie, y diciendo adiós a todo el mundo (porque he deducido que era la fórmula correcta de despedida aunque no lo pusiera en el cartelito de marras).
Ya en la calle he respirado profundamente en aire fresco y puro de Madrid (y el humo de los coches y de los cigarrillos, y los vapores del metro, y los sudores y perfumes de los paseantes, y las cacas caninas y los pises humanos…) y he llegado a la librería aliviado, satisfecho por mi cumplimiento estricto de las recomendaciones.

Pero qué queréis que os diga, aun así tengo miedo, pero no de que me contagien la gripe A, sino de que definitivamente se me pegue la estupidez humana… Y no sé por qué, pero ya empiezo a tener síntomas preocupantes… ¡Aaaaaaaaaaaaachis!

14 de septiembre de 2009

Retratos zurdos: 50 céntimos

Estoy llegando a la tienda, dejándome caer Palma abajo. Es lunes y no puedo ir a trabajar sino obligado, aunque sea por la inercia.
Un pedazo de deportivo me llama la atención. No entiendo nada de coches, así que ni idea de la marca. Eso sí, de que era un pedazo de deportivo no tengo dudas. Dentro de él va la mismísima reencarnación del Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa. Más chulo ya no se puede ser. A diferencia del personaje de Marsé, éste tiene pinta de ser el propietario del coche. Ropa de marca planchada para concurso. Gafas de sol de piloto de combate. Nuestro Pijoaparte está aparcando con una precisión milimétrica, precisión más meritoria porque lo hace con una mano al volante y otra al móvil. Aparca y habla con gesto, como no, chulesco.
Subo el cierre con mi mando a distancia. Él baja del deportivo y lo cierra con el suyo. Ha aparcado en la misma puerta de la librería. Me dispongo a encender todas las luces, como si fuera a comenzar la enésima función en el teatro. Él entra, con un paso tan firme que me hace temer por las baldosas de la tienda. Pienso en un nanosegundo que lo mismo saca un fajo de billetes de cincuenta y me dice que le envuelva un par de docenas de libros, los que sean, los más caros y aparentes. En el siguiente nanosegundo le digo al escritor que llevo dentro que se salga de mi cabeza de librero. Y en el tercer nanosegundo el dueño del bólido me dice:
-Oye, perdona, es que he aparcado en zona verde y no me sale de los cojones pagar el parquímetro, que ya estoy hasta los mismísimos huevos de que el ayuntamiento me cobre por todo, que ya pago yo suficientes impuestos como para ir soltando monedas de cincuenta céntimos alegremente. ¿Te importa decirle a la sudaca que vigila el aparcamiento que vuelvo en cinco minutos, que sólo voy a hacer un par de gestiones?

Ipso facto, le pido al escritor que llevo dentro, y por mi propia salud mental, que jamás se le ocurra salirse, esté quien esté facturando en ese momento.

10 de septiembre de 2009

Libros con humor (que no de humor)

Soy de risa fácil y humor difícil. ¿Cómo se come eso? No lo sé, si alguien tiene la respuesta que me la regale, que yo llevo 39 añitos buscándola…
Lo mismo me parto de risa con la mayor gilipollez (me río sí o sí cada vez que veo la película Top Secret y la habré visto tropecientas veces) que me quedo como un palo cuando todo un auditorio se descojoncia a la lágrima viva.
Queda muy bien decir que me decanto por el humor inteligente. O muy pedante. Así que yo simplemente me decanto por el humor que me hace reír. Así me gusta, Zurdo, pensará más de uno y una, sin mojarte, como debe de ser… Y es que de héroes están las tumbas llenas y yo de momento me encuentro muy cómodo en la superficie.

Y si soy complicado para el humor en general, más aún en la literatura. Pocos libros me hacen reír (reconozco que lo pongo difícil porque los libros de humor puro y duro los tengo descartados de serie). No quiere decir que no me diviertan, ojo, me refiero a que me suelten la sonrisa y la carcajada.
Antesdeayer me sorprendí en el metro carcajeándome (sin mandíbulas batientes pero sí en alto). Por suerte me giré y nadie me prestaba atención (¡gracias al dios de la intimidad que hizo llover sobre la tierra una plaga de sudokus y mp3!).
¿Y qué me provocó algo tan sano como la risa? Pues un diálogo inteligente y trepidante entre el detective Carvalho y uno de sus clientes en
Quinteto de Buenos Aires, novela que me está encantando aparte de los excesos de humor sutil que tiene.
En los últimos tiempos, otras tres novelas me han hecho reír y de lo lindo. Y aclaro pertinentemente, no son libros de humor, sino que el humor es uno de los vehículos narrativos que utilizan sendos autores:
Camino de ida, de Carlos Salem (reseña de la editorial Salto de Página), una novela y un autor altamente recomendable, y así hago, lo recomiendo en alto.
Crimen en el barrio, de Santiago Carabias de Santos (blog del autor), una novela de tintes negros, rojos y disparatados, una novela en la que nadie se lo va a pasar mejor que el autor escribiéndola, pero puede aspirar a pasarlo tan bien como él.
Tribulaciones de un sicario, de Elena Casero (recomendación un poco tramposilla, ya que soy el editor del libro, ejem).

Y hablando de autores que me provocan la sonrisa, en breve, Eduardo Mendoza ataca con Tres vidas de santos, que sale a la venta el 20 de octubre.

Acabadas mis recomendaciones, con las mismas me las piro, que tengo que vender, editar y escribir más libros y no me da tiempo, no me da tiempo...
Un abrazo zurdo para todos y todas.

8 de septiembre de 2009

Soy psicólogo

Aviso. Esta entrada no pretende sentar cátedra, ni busca el rigor científico, ni persigue persuadir a nadie de nada. Está escrita de un tirón y sin corregir.
No pretendo nada con ella, es sólo una reflexión espontánea y en alto (vamos, apretando muy fuerte las teclas).


A raíz de varias entradas de amigos blogueros en los últimos días y, sobre todo, a raíz de múltiples conversaciones en los últimos años, me animo a confesarlo. Sin tapujos. Sin pudor (bueno, con un poco):
Sí, soy psicólogo.
Apenas ejerzo ya, mi relación con la psicología es residual. Doy algunas clases de vez en cuando, pero poco más. Hace mucho tiempo que no hablo de esto. Y hoy me apetece. ¿Por qué? Yo qué sé…
Yo de pequeñito quería ser biólogo. Soy de la generación de “El hombre y la tierra” y, como muchos de entonces, quería ser el nuevo Félix Rodríguez de la Fuente. Empecé Biología y, por razones que ahora no vienen a cuento, lo dejé al terminar el primer curso. En un arrebato para el que no busco explicación, me cambié a Psicología. Es una de esas decisiones que se toman a la ligera, aparentemente, pero de la que me alegraré toda la vida, a pesar de los sinsabores, que han sido muchos. Más que a nivel profesional, me ha ayuda a nivel personal, ya que me ha permitido ampliar la perspectiva, aumentar el ángulo y la profundidad de visión, ser más permisivo; y más exigente.
Una de las cosas peores de ser psicólogo es intentar ligar y que se te escape que lo eres. Habrás ganado otra amiga y habrás perdido otro polvo. Gracias al dios de los ateos estoy retirado del mercado…
No, tranquilos, no voy a hacer una disertación sobre escuelas de psicología, sobre diferentes terapias ni nada por el estilo.
Ni siquiera voy a intentar salvar al gremio con cuatro frases bonitas. Que la gente empiece a tener menos suspicacias con ir al psicólogo, depende en gran medida, aunque no sólo, del trabajo diario que se haga en las consultas.
Eso sí, creo firmemente en la utilidad de la psicología, y también en la libertad individual de echar mano o de renegar de ella. Y rompo una lanza por todos los que están haciendo su trabajo de una manera eficaz y profesional, que son muchísimos.
Sólo pretendo dar una visión de lo que para mí puede aportar un psicólogo en un momento dado en la vida de una persona.
Hay mucha leyenda y mucha creencia falsa alrededor de los psicólogos. Y ojo, muchas veces potenciadas por los propios psicólogos, porque incompetentes y prepotentes hay en todas partes. La diferencia sustancial es que los psicólogos trabajamos con personas. ¿Obvio? Debería serlo. Sé que esto escocerá entre mis antiguos colegas, pero hay demasiado psicólogo que se aprovecha de su situación de poder para convertirse en una figura paternal, dictatorial, de gurú, sin la que el cliente (lo siento, pero jamás he utilizado la palabra paciente) se siente cojo, perdido. Vaya porquería de terapia si supedita el bienestar a convertirse en la sombra del psicólogo. No hablo de oídas, lo he visto. También he visto trabajar a magníficos profesionales de los que he aprendido muchísimo (casi todos ellos, lejanos al ámbito universitario, por cierto).
Y tampoco me vale el psicólogo que no entiende que el primer paso es crear un ambiente de confianza en el que la relación terapéutica pueda crecer de una forma paulatina. El psicólogo no tiene un status tal que el cliente tenga que hacerle caso de una manera ciega, tiene que ganarse el respeto y la confianza. El cliente no va al psicólogo por capricho, sino porque necesita orientación. La terapia es un proceso entre dos, en el que ambos tienen que llegar a consensos y estar convencidos de que quieren trabajar por un camino determinado. ¿Se establecen relaciones de poder? Sin duda, por la naturaleza propia de la relación terapéutica, pero hay que saber manejarlas.
El psicólogo no hace magia.
El psicólogo no es más listo ni más fuerte que el cliente.
El psicólogo no es un aplicador de técnicas infalibles.
Cada cliente es diferente y no hay pautas prefijadas.
El cliente no tiene que hacer cosas que no quiera.
El cliente, por definición, no es millonario.
Asesorar no es lo mismo que imponer.
No todos los problemas tienen solución.
La solución, si la hay, no la tiene el psicólogo, la tiene el cliente.
Muchas veces los clientes buscan lo que no se les puede dar y los psicólogos dan lo que nadie les ha pedido.
Para mí el psicólogo tiene dos papeles fundamentales.
Uno, y no tan sencillo como parece a primera vista, es servir de oreja. Insisto, no es una tarea fácil, no sirve cualquier tipo de escucha ni cualquier tipo de acompañamiento. Es muy típico escuchar en muchos ámbitos lo de “yo es que soy muy bien psicólogo, porque sé escuchar y enseguida me cuentan todo”. Y no es una función baladí. Una escucha y un acompañamiento bien hechos pueden ser de gran utilidad.
Dos, analizar con ayuda del cliente qué recursos le faltan para afrontar ciertos problemas y entrenarle, asesorarle sobre cómo conseguir, potenciar y adecuar esos recursos a su vida diaria.
Siempre fue un psicólogo poco psicologista, en el sentido de que siempre he pensado que las soluciones empiezan siempre por uno mismo, pero tampoco soy un defensor de la heroicidad. Defender el fuerte con una sola persona no siempre es lo ideal. Y a veces es lo mejor. ¡Qué jodío!, pensará más de uno, este tío no se moja… No, no me mojo, efectivamente. Creo que la psicología es una herramienta muy útil y que cada uno puede utilizarla o no en función de sus creencias, fortalezas, debilidades, situaciones y experiencias vitales, apoyos cercanos, economía (dato importante) y un montón de circunstancias más que no tienen por qué estar catalogadas.
Ser psicólogo requiere de unos conocimientos asentados y de una madurez personal muy difíciles de conseguir. A veces se da el salto desde la universidad demasiado pronto y con escasa preparación. Pero también insisto en que hay magníficos profesionales realizando una labor fundamental y muy ingrata, porque, todavía, navegan a contracorriente.
Para mí es una de las profesiones más bonitas, muy dura, pero muy gratificante.
Claro, que ahora soy editor y librero, y es más fácil hablar de todo esto. O todo lo contrario.

Si habéis llegado hasta aquí, enhorabuena por el aguante. Cuando me pongo denso y se me ponen a hablar los codos no me soporto ni yo mismo…

7 de septiembre de 2009

Deslavazando o hilando

Sábana hecha cordillera, nos refugiamos en la meseta del colchón desnudo.

Las almohadas flotan en la tarima.

La persiana juega a desorientarnos, filtrando rayos de sol y de luna alternativamente.

Comprobamos que el matarratas funciona igual de bien con los despertadores.

La televisión es un magnífico invento, sobre todo porque puede apagarse.

Un niño llora como si le estuvieran matando, y con los tiempos que corren espero que sólo tenga hambre.

Cocinar desnudos y masajearnos no es lo mismo. Acabamos con aceite en la piel en ambos casos, sí, pero prefiero calentar el aceite yo con mis propias manos.

Leo en tus ojos una proesía que todavía no está escrita.

Donde caben dos cabrán tres, pero mi sofá sólo quiero compartirlo contigo.

Odio al mismo autobús que amo cuando te trae.

Una nueva novela toma forma, y lo sé porque ahora mismo la tiraría a la basura.

Cojo el subte y viajo por Buenos aires y acabo en Tribunal. Si tuviera una agencia de viajes vendería libros. Como tengo una librería, venderé viajes.

La palabra lunes no es tan mala, porque anuncia que ya no queda tanto para el próximo viernes.

3 de septiembre de 2009

Autobombo: Pack zurdo

Lo prometido es deuda, y yo soy muy de pagar mis deudas, sobre todo si no son crematísticas, así que me dispongo a hablar de mí mismo, de mi faceta como escritor, con pudor pero menos. Avisados quedáis, así que luego no me acuséis de propagar la gripe A o de acrecentar la crisis (a la de nervios me refiero, que la económica ya se acrecienta ella solita).

¿Os pensabais que esta vez os ibais a librar de mis características introducciones, tan farragosas como inútiles? Pues esta vez, dos por el precio de una. Voy con la segunda. Desde bien pequeñito he tenido una tendencia natural a tirarme de cabeza en todos los charcos, vamos que soy un practicante acérrimo del “quienmuchoabarcapocoaprieta”, con mayor o menor éxito, según épocas, fuerzas y envergadura de los proyectos. Conozco mis límites y los del calendario, pero aun así me empeño en intentar forzarlos como si fueran elásticos. Y sí, amiguitos y amiguitas, son elásticos, pero tal como ceden unos milímetros engañosamente te rebotan unos metros. De las múltiples facetas actuales, lamentablemente todas confesables, me centraré en dos: escritor, editor y viceversa.

“De mayor quiero ser escritor.” Esta es una de las frases que más repito al día (de las confesables) desde hace mucho tiempo, desde que era pequeño (lo cual no quiere decir que ya sea mayor, no me seáis tocapelotas). A estas alturas sigo aprendiendo a escribir de grandes maestros (gracias a sus libros) y de mí mismo (gracias a mis errores). No me puedo quejar:
-En 2006 publiqué mi primera novela La tinta azul de la memoria. A pesar del escaso apoyo editorial, el libro se vendió relativamente bien y obtuvo buenas críticas (tanto positivas como negativas). Como ya he comentado más de una vez, hace tiempo rompí me relación contractual con la editorial, con lo que los derechos han regresado a mí. De esa edición, ya huérfana, quedan unos 50 ejemplares que sólo se pueden adquirir en La Clandestina. Después, la tinta azul yacerá en estanterías viejas; sin más. O no, quién sabe.
-En 2008 publiqué un libro de relatos, Relatos metropolitanos (crónicas del y desde el metro), un libro que se salvó de la quema de mi feroz autocrítica pero que ha tenido escasa repercusión (aunque sí buenas críticas).

Y ahora viene lo del quienmuchoabarcapocoaprieta, ya que me mi faceta de editor (más añadidos), me deja poco tiempo para escribir y para promocionar lo que escribo. Y no, no es una queja, ni mucho menos. Estoy encantado editando, mucho más de lo que me imaginaba. Siempre he tenido una idea muy clara sobre la literatura y el mundo editorial y ahora, a pequeñísima escala, tengo el privilegio de llevar esa idea adelante. No me enrollaré al respecto, porque esto merece, por sí solo, otra entrada de autobombo.
Así, dedico más esfuerzos a promocionar los libros de mis autores (y léase “mis” con cariño) que los míos.
Aparte de la escasez de tiempo, hay otra razón más profunda y oscura que ralentiza el ritmo de las teclas (y no, no es mi zurdera, ¡capullos/as!). Simplemente necesito cerrar una puerta para abrir otra. Sin cripticismos, tengo que superar la etapa “tintaazul” y mirar al futuro (y quizás en ese futuro, sin forzarlo, esa novela resurja del pdf, quién sabe). Tengo como una especie de tapón creativo que tengo que descorchar. Dos novelas largas y dos cortas me están esperando, hartas de chupete y biberón porque ya están bastante creciditas.

Es por ello que lanzo una megaoferta, mi pack zurdo con el que pretendo matar dos pájaros de un tiro: promocionar Relatos metropolitanos y acabar con la edición de La tinta azul de la memoria (hablando en plata, que cuasiregalo la novela).


Cómpralo por paypal, rápido y seguro.


15,00 € (gastos de envío incluidos para península y Baleares)

Y como dicen en la teletienda, esta oferta no se puede encontrar en librerías, ni siquiera en la mía, es sólo un ofertón literazurdero que durará hasta agotar existencia.

Y ahora os tengo que dejar, queridos amiguitos y amiguitas, porque parece que noto los primeros efectos del laxante, y el estreñimiento creativo promete convertirse en una diarr… ¡que no llego, que no llego!

PD. Para dudas, consultas, sugerencias, donaciones de todo tipo, amenazas de muerte, anónimos cachondones, intercambio de votos (ejem): latintaazuldelamemoria@hotmail.com

1 de septiembre de 2009

Calor suburbano

Hacía mucho que no escribía una metrohistoria, pero metrodemadridinforma se empeña en aparecer en mi humilde blog cada poco tiempo. Esta vez la razón es…

Resulta que me dispongo yo a regresar hoy a mi casa después de un largo y duro día de trabajo en
la Clandestina. Hasta aquí, todo normal. Como cada día, libro en mano (ahora estoy con Crematorio, de Rafael Chirbes) procedo a entrar en el metro.
Temperatura exterior a las 20, 30 horas: treinta y tantos, grrr.
Bajo al andén y, por suerte, la temperatura es bastante más agradable. A estas horas en las que muchos salimos del trabajo, la frecuencia de los trenes es insuficiente y enseguida el andén se llena de gente, casi todos con el gesto agotado. Sí, sí, lo sé, hasta ahora no he contado nada que no se sepa.
Llega el tren. Tampoco es que venga, como si hubiera atravesado la tierra, de Tokio, pero me parece que me tocará ir de pie.
Entro en el vagón y un bofetón me recibe. No, no es que alguien haya decidido cumplir a rajatabla el famoso “Dejen salir antes de entrar” a hostia limpia. Me recibe un bofetón de calor, concretamente.
Sorpresita al canto, el aire acondicionado está estropeado o roto, que a efectos corpóreos, es lo mismo. Nada más entrar veo rostros congestionados y huelo la macedonia de sobacos típica de estas horas: sobacos faltos de higiene de por sí, sobacos trabajados en la obra, sobacos equinotroyanos aderezados con desodorante insuficiente o exagerado… Hoy esta mezcla se ve incrementada (para mal) gracias al calor sofocante.
Como puedo, sigo leyendo (como puedo porque estoy de pie, semiaplastado y empezando a sudar a chorros). Por suerte, y sin malas artes, consigo sentarme a la siguiente parada.
El calor dentro del vagón aumenta; o la tolerancia disminuye. No es la primera vez que pasa, pero lo de hoy es insoportable. Se entablan conversaciones solidarias entre desconocidos cagándose en todoloquesemenea (que se menea todo menos el aire).
Un violinista suburbano se corta la carótida con el arco al darse cuenta de que si llevara una nevera con agüitas frescas recaudaría en dos minutos lo mismo que en un par de años arañando las cuerdas.
En la siguiente parada es un músico andino el que se introduce, vía rectal, la quena que se disponía a tocar. Ve desesperado como todo el mundo se abanica como puede con los periódicos gratuitos. “Ya lo decía mi madre, menos vida bohemia y más seguir con el negocio familiar de abanicos”.
Abanico. Soy un afortunado porque mi vecina de asiento porta uno y lo mueve con garbo. Temo por mi vida porque varios pasajeros me miran con envidia, con odio diría yo.
El ambiente sáunico gana en densidad. Tanto que se convoca espontáneamente un concurso de miss y mister camiseta mojada. Multitud de pezones salen a relucir para votar o para ser votados.
Todo el mundo suda. Miro a mi alrededor y constato una vez más que el sudor resbalando por algunos cuerpos es de lo más erótico y, en otros, es de lo más repugnante. Agradezco que en este vagón no haya ningún espejo (e ignoro las miradas que se dirigen a mí y que podrían ejercer como tales).
Aturdido por la mezcla de olores, sudores y vapores casi me salto mi parada. Salgo al andén y una ola de surfista refresca a todos los afortunados que hemos llegado a nuestro destino.
Con otro talante, salgo del metro y camino hasta mi casa. Dado como soy a las reflexiones abzurdas, no pierdo la ocasión para buscar una explicación al calor vagonil:
a) Metrodemadridinforma se une solidariamente a las medidas anticrisis y ha decidido ahorrar energía cortando el aire acondicionado.
b) La Consejería de Sanidad de Madrid pretende acabar con el virus de la gripe A por evaporación.
c) Nuestro querido Ruiz Socavón, alcalde de la cosa, nos somete a un tratamiento adelgazante para preparar nuestros cuerpos para Madrid2016.
d) El metro se ha estropeado una vez más; sin más.

A ver niños y niñas, gritad todos conmigo: ¡la d, la d!

Y todavía hay gente que me pregunta por qué escribí
un libro en el metro y sobre el metro… Pero este es otro cantar que desarrollaré en mi siguiente entrada de autobombo, aviso, que hace tiempo que no me autobombeo, hombrepordios…