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4 de julio de 2008

Miscelánea zurda

Metrohistorias
- Pues qué quieres que te diga, bien mirado aquí se está más fresquito que en la calle, que en la oficina y que en casa, y un día sin aguantar al pelma de mi jefe como que se agradece. Y que Jacinto lidie hoy con las mellizas, que desde que se acabó el cole no hay quien las aguantes –le decía una mujer a otra en el vagón del metro tras escuchar por los altavoces las últimas incidencias técnicas.
- Por causas técnicas se suspende el servicio de aire acondicionado en todas las líneas del metro…
¿Verdad o mentira? Ni lo uno ni lo otro, pero casi. Una exageración que roza la cruda realidad. Ya hay dos líneas interrumpidas por obras (escribo de memoria, pero creo que son la línea 2 y la línea 7 en varios tramos). Pues esta mañana, en el espacio de un cuarto de hora, han anunciado que por causas técnicas se suspendían otros tramos de la línea 4 y de la línea 10. Vamos, toda una aventura eso de llegar a ningún sitio. Habrá que plantearse lo de llevar un kit de supervivencia por si las moscas… Yo hoy he esquivado todos los tramos averiados y he podido abrir la tienda sin retrasos, pero… ¿y mañana?
Descotidianidades (también en el metro)
A la ida, en un largo pasillo, un hombre canta canciones de Serrat. Tiene una voz preciosa y toca la guitarra de maravilla.
A la vuelta, en el mismo largo pasillo, un hombre con cinco dientes aporrea una guitarra y emite sonidos que pretenden formar una melodía. Sin conseguirlo, es obvio.
Entre la ida y la vuelta medió una visita al zulo, mi antigua oficina, para dar una curso de formador de formadores. ¿Tendrá algo que ver la conocida toxicidad del zulo con el cambio de intérprete por perpetrador en el mismo escenario? Como mínimo, da para un relato.
Agradecimientos a la blogosfera
Esta semana se han pasado por La clandestina otras dos blogueras. A principios de semana nos visitó Leo. Jugó al despiste. Entró sin decir nada y se pasó un buen rato indagando por las estanterías. En un momento dado se fue para el mostrador y me dijo: “me llevo éste, y a ver si tienes uno que se llama La tinta azul de la memoria”. En ese momento, y tras carcajadas de nerviosismo enchufé a la presunta cliente con un potente foco de interrogatorios y le rogué que saliera de la clandestinidad. Estuvimos hablando un buen rato sobre su novela, sobre libros, sobre las librerías de barrio…
Ayer, directamente desde Madison, vino
Raquel con sus hermanas (ni una, ni dos, ni tres, ¡que son seis!). Tenía muchísimas ganas de conocer a Raquel, porque el agua salada del Atlántico ha sido un magnífico conductor para crear una magnífica relación. Lo pasamos genial con las seis y, con un poquito de suerte, nos veremos otra vez a finales de agosto antes de que vuelva a cruzar el charco. Y para colmo acabo de ver que nos ha dedicado una entrada, como siempre, con una mezcla de fotos y texto que siempre nos hace viajar con ella.
Y quería aprovechar para agradecer una vez más a todos los blogueros que os habéis pasado por la tienda (no os nombro, que últimamente estoy olvidadizo y no quiero dejarme a ninguno/a en el olvido) y a todos aquellos que vendréis y que, desde la distancia, nos estáis dando tanto apoyo y nos estáis cargando de energía positiva.
Descojonciamiento
Acaban de llamarme a la tienda preguntando por la señora Saketumí, que es el nombre de nuestra empresa. ¿Habrá pensado que era la señora de la casa porque ha leído Saketumí S.L. y ha interpretado que S.L. significa Sus Labores, como antiguamente? (hago constar que digo antiguamente a sabiendas de que por desgracia es algo actual, pero con la esperanza de que deje de serlo).

29 de febrero de 2008

Descotidianidades: Miradas

El metro se ha convertido en mi salón de lectura, ya que cuando llego a casa tengo demasiadas cosas que hacer, y la almohada ya no respeta mis minutos de lectura, como hacía antaño. Es pasar el torno y abrir el libro de turno, y ya no lo cierro hasta que vuelvo a pasar el torno de salida. Bajo las escaleras mecánicas andando y leyendo (corre peligro la vida del artista), recorro los pasillos de los trasbordos leyendo (corre peligro la vida del resto de usuarios del metro) y leo más o menos estáticamente en los vagones, dependiendo de si consigo sentarme o tengo que ejercer de don Tancredo.
A veces, como sucedió ayer, consigo ampliar el salón de lectura. Se tienen que dar una serie de circunstancias: que me apetezca seguir leyendo (obvio), que camine sin prisa, que camine por un trayecto conocido y que haga un tiempo razonable (que no me congele las manos, que no haya demasiado viento para que no se me vuelen las hojas, que no llueva y que haya algo de luz). Los lectores sagaces ya se habrán dado cuenta que me refiero a ir leyendo mientras camino por la calle. Reconozco que no es muy normal y que no está exento de peligros, pero uno es así de zurdo, qué se le va a hacer. Ayer se dieron todas estas circunstancias, que no son pocas, así que “disfruté” de la compañía de Doris Lessing en el metro y durante el trayecto que separa la estación de metro y el lugar donde ensayo con el coro.
Es un arte complicado leer y andar a la vez (más si lo haces por aceras irregulares, empedradas, con sucesivos alcorques que son peores que las trampas para osos, farolas (algún día contaré cómo impacté con una con tal contundencia que aún seguimos temblando ella y yo), pasos de cebra...). Hay que repartir la mirada entre las líneas del libro y la acera con una frecuencia que dificulta la concentración, pero yo ya soy un maestro en la lectura andante y no pierdo el hilo del argumento ni pierdo el paso. Y claro, de tanto levantar la vista, pues me encontré no pocas miradas de sorpresa y unas cuantas risitas, lo que hizo que tuviera que repartir mi mirada entre el libro, la acera y mi bragueta que, por cierto, estaba bajada aunque a salvo bajo el parapeto del abrigo. Comprendo que es raro andar por la calle y leer, pero tampoco es para tanto. También es cierto que no toda la marea humana se dedicaba a mirarme, ni bien ni mal. Simplemente es que yo estaba algo susceptible con el tema de las miradas.
Retrocedamos en el tiempo unos veinte minutos, justo cuando entré en un vagón de la línea 6, la línea gris, vamos, la circular. Entré leyendo, huelga decirlo, y husmeando un hueco libre en el que sentarme con la Lessing. Para variar (ironía), el vagón parecía una lata de sardinas. Para variar (sin ironía), vi que había un asiento libre (aclaro que era un vagón de asientos corridos en grupos de cuatro), y me dispuse a ocuparlo. Al dirigirme a él comprendí la razón. Los dos asientos del centro los ocupaban una pareja (chico-chica) que estaban durmiendo (no dormitando, sino profundamente durmiendo), apoyados el uno en el otro, casi abrazados. No me gusta etiquetar a la gente, pero en este caso es necesario para entender la historia. Probablemente era una pareja de drogodependientes. Veo muchas en la línea que lleva a mi casa (curiosamente veo más parejas que personas solas). Antes iban a algún poblado a comprar droga. Ahora algunos siguen yendo aunque están desmantelados, porque por la zona se sigue pudiendo comprar y porque hay algún centro de atención a drogodependientes.
Me senté y me puse a leer. Al menos lo intenté, pero me fue difícil. Notaba miradas que se clavaban cerca de mí, que me esquivaban por escasos centímetros para dar en la diana, en la pareja. Se mezclaban miradas de desprecio, de reprobación, de lástima, con alguna rápida de indiferencia.
A la siguiente parada se levantó la chica que ocupaba el asiento del extremo. A pesar de que había bastante gente de pie, tardó en decidirse otra chica, que finalmente ocupó ese asiento. La gente miraba ese asiento vacío como si estuviera apestado. Miraban ese asiento como miraban a esa pareja que intentaba descansar, gracias al dios de los ateos, ajenos al juicio al que estaban siendo sometidos, aunque mucho me temo que ya estaban más que acostumbrados a ser juzgados. He de decir que estos chicos iban bien vestidos, más o menos limpios. Algo olían sí, pero no peor que mucha de la gente que hacina el metro con su olor a eau de sobac. Se les veía débiles y flacos, eso sí, enfermos me atrevería a decir.
De todos los miembros del jurado, me llamó la atención especialmente un señor de unos sesenta años, impecablemente vestido, de esos que al sentarse se remanga cuidadosa y lentamente las perneras de los pantalones para que se le arruguen lo menos posible. Les echó una bronca descomunal sin abrir la boca, simplemente con una mirada inquisitorial que heló el espacio que mediaba entre él y ellos.
No me gustan las miradas de lástima (aunque las entiendo porque es complicado no sentir lástima cuando ves que una persona sufre) y mucho menos las de reprobación, porque me parecen producto o de una empatía muy mal entendida o de una falta de empatía total y militante. Las miradas de desprecio gratuitas directamente las repudio, sin más.
No me gusta juzgar a las personas a bote pronto (ni a la pareja ni a los que les miraban), así que acto seguido, pensé cómo les había mirado yo. Yo también les miré con lástima, lo reconozco. Hago cosas que no me gustan casi a diario. Pero también les miré con ternura. Descansaban plácidamente, y lo hacían abrazados de una manera que sólo lo hacen las personas que se quieren, que se necesitan, que se protegen mutuamente. Desgraciadamente no alcancé a ver, no digo que no las hubiera, más miradas de ternura en todo el vagón.
Siempre que escribo este tipo de entradas me siento algo hipócrita, siento que estoy dando lecciones a quien no las necesita (en realidad sólo pretendo reflexionar para aprender yo) y me entran unas ganas terribles de justificarme con aquella frase del maestro Sabina: a mí las moralinas me hacen vomitar.

5 de febrero de 2008

Bajar por la escalera de piedra

¡Qué gran novedad!: las escaleras mecánicas del metro Herrera Oria otra vez estropeadas... Ayer ya no funcionaban y lo novedoso es que hoy ya estuvieran arregladas. Es mi decimonona entrada sobre las escaleras mecánicas estropeadas de Herrera Oria (en la última, contaba como un chico con parálisis cerebral se tenía que poner su traje de superhombre para poder descender a las catacumbas del metro). Ayer, cuando volvía de trabajar, una mujer y un hombre (y yo qué sé si eran pareja, padres ambos del mismo niño, o madre y samaritano o padre y samaritana), descendieron ese Everest de escaleras con el carrito de un bebé como si fuera un paso de semana santa. Ya sé que no se ha inventado la máquina que no se estropee, pero vamos, que digo yo que todo lo que sube baja y todo lo que se estropea se arregla. Y todavía hay quien me discute que las infraestructuras madrileñas son un desastre...
Ya digo que no es una novedad que se estropee, por desgracia. La novedad esta vez ha venido en el cartel de aviso. En vez del manido: “Escalera mecánica de bajada estropeada”, hoy había otro mucho más bonito “Bajar por la escalera de piedra” (inmediatamente he buscado la escalera de madera, la barra de bombero, el tobogán, el ascensor ultrasónico, la liana con sus nudos para descender con seguridad, el transportador de materias...). Creo que no lo he soñado, aunque mi sensación esta mañana es que mi sonambulismo ha alcanzado cotas tales de perfección que, aún dormido, he conseguido levantarme, ducharme, afeitarme, desayunar, coger el metro, leer unas cuantas páginas de El Abrecartas de Vicente Molina Foix (que recomiendo encarecidamente) y sentar mi culo en el zulo sin haber despertado del todo, circunstancia que creo que se nota perfectamente en cada línea de esta entrada.
Y el caso es que no quería hablar ni de las escaleras del metro, ni del cartel de “bajar por la escalera de piedra” (lo que yo te diga). Cuando lo he leído, y bajando ya por la roca escalonada cual aguerrido montañero, he pensado cuántas personas habrán leído el cartel y cuántas de ellas se habrán percatado de lo que ponía. Y para colmo de los colmos, quién se habrá sorprendido de ésta descotidianidad. Y también he empezado a desbarrar y me ha dado por pensar en posibles carteles para darle literatura a la avería: “Bajar por la escalera de naturaleza estática”, “Bajar por la escalera de aspecto marmóreo y probado estatismo” (incluso podría recurrirse a pareados estilográficos del tipo: “Por avería de la escalera mecánica, descender a pie por la estática”). Bueno, qué queréis, es que al contrario que a otras personas, a mí no me da miedo a hablar conmigo mismo y lo practico demasiado a menudo...
Y ahí no ha acabado la cosa. He abierto un debate interno sobre por qué me fijo yo en estas cosas, si por mi oficio de corrector o por la herencia. No, herencia económica no, el que me quiera que lo haga por mi físico hercúleo, que soy un escritor bohemio, pobretón y, para más INRI, zurdo. Me refiero a herencia de costumbres, porque mi abuela iba radiando todos los carteles que veía por la calle: Zapatería Alonso y Dori, Pescadería el pescado fresco, Se alquila, razón en portería... Menuda era, no se le escapaba ni la letra pequeña a sus noventa años. Esta opción es la más romántica, pero la realidad es que mi profesión de corrector hace que me haya convertido en un detector impenitente de faltas de ortografía, erratas y tonterías varias en libros, periódicos, prospectos, publicidades, anuncios de la tele, rótulos, carteles de hombres-anuncio, camisetas... Todo aquello que tenga letras se cuela sin permiso hasta mis retinas, y de ahí hasta mi diccionario cerebral, activando una molesta sirena con sonido de chicharra y más luces que la feria de Sevilla, sirena que interrumpe la actividad que estuviera desarrollando. Un asquito, la verdad. Leo una novela, y me hacen la zancadilla las patadas al diccionario, los esguinces de teclado y las maquetaciones picasianas (hace poco leí una de Seix Barral y estuve a puntito de encadenarme en la puerta de la editorial hasta que no me devolvieran el dinero).
Pero mi lucha preferida es con El País digital. La versión celulítica (perdón, perdón, que últimamente pasó por el quirófano, quería decir la versión celulósica) ya tiene sus buenas dosis de errores ortotipográficos y de maquetación, pero la naturaleza urgente de las ediciones digitales hace que los errores se multipliquen. No sé en otros diarios, pero El País tiene habilitada una herramienta en todas las noticias para que los lectores puedan enviar las correcciones que detecten. Al principio hasta me hacía gracia, pero dejé de utilizarla cuando los errores eran recurrentes y diarios y, lo más grave, que muchas veces no los rectificaban. Que contraten correctores profesionales si quieren mejorar el producto, vamos, digo yo, aunque por desgracia la mejora se mida casi en exclusiva por las ventas o el número de visitas.
Ayer, sin ir más lejos, leí este bonito titular: Muchos eslóganes, un sólo partido. Directamente mandé un correo electrónico a la redacción, correo que muy amablemente ponen a disposición de los lectores. El titular no lo rectificaron (por lo menos hasta por la noche, después no sé porque tengo la fea costumbre de dormirme), lo que significa que nadie se dio cuenta (ya ni hablamos de mi correo).
Habrá quien piense que soy un exagerado, que por un acento no pasa nada, que el mensaje se entiende. Puede ser. No lo discuto. Bueno sí, sí lo discuto, qué leches. Si los profesionales de la redacción y la edición se permiten cierto relajo, ¿cómo vamos a pretender que haya un cierto cuidado del lenguaje por parte de los usuarios de a pie, por no mencionar a los que están en la fase de aprenderlo y consolidarlo? ¿Cómo puedo yo convencer, por ejemplo, a mi amigo J., ingeniero de pro, de que los mails que manda en su trabajo son auténticas bombas dispuestas a dinamitar la comunicación cuando a diario nos acostumbran a lo contrario? Y lo más importante, ¿estaré enfermo? ¿Esto tiene cura, doctor?
Joder, me acabo de despertar. Soñé que estaba escribiendo sobre una escalera de piedra y ahora me encuentro divagando sobre el sólo y el solo. Definitivamente tengo que volver a las terapias grupales de Correctores Anónimos...

11 de diciembre de 2007

¿Quién ha dado una patada en mi blog?

A ver, que levante la mano el que se ha tropezado con mi blog, que me lo ha dejado todo revuelto, ¡hombrepordios!, que se me han entreverado (machembrado, que diría la Clandestina) todas las etiquetas literazurdas. Si es que vais como locos por la blogosfera, sin ningún tipo de cuidado, y claro, luego pasa lo que pasa.
¿Que no sale el culpable? Vale, vale, pues ateneos a las consecuencias. No tengo tiempo para ordenarlo ahora, así que el resultado es este:
Descotidianidad del día
Todos los días, camino del Metro, me cruzo con una vecina del portal de al lado. Yo voy camino del trabajo y ella viene de dejar a los nietos en el cole (sí, Wen, sí, al Valdeluz que los lleva la tía, digo la abuela). Todos los días que coinciden nuestros ojos pues nos saludamos, que somos muy educados:
- Hola, ¿qué tal? –me dice ella (que ya es una expresión rara para utilizar cuando dos personas van en sentido contrario, sin intención de parar y cuyo diálogo termina a la vez que empieza).
- Buenos días –respondo yo en versión cine-mudo-léeme-los labios (a esas horas, qué queréis).
El caso es que hoy me he dado cuenta de que sé perfectamente qué hora es dependiendo a qué altura de la calle nos encontremos. Ella debe ser una abuela ejemplar que deja a la nietería con puntualidad, y a mí o se me atasca la pasta de dientes dentro del tubo, o me ducho con más tranquilidad o los cabezazos sentado en la taza del water me retienen algo más de la cuenta. Según dónde me la encuentro, acelero o ralentizo el paso para llegar clavado al zulo.
El caso es que mi saludo matutino es mejor que un reloj suizo, oigausté.
Reflexiones zurdas
La virgen María no era virgen según un jesuita, declaració por la cual, según parece, va a ser investigado por la Comisión para la Doctrina de la Fe (que ya el nombre en sí acojona).
De todos es sabido mi ateísmo confeso y militante, y mi absoluto respeto por las creencias individuales y colectivas, siempre que éstas no atenten contra la libertad de nadie, no menoscaben personalidades ni autoestimas, ni justifiquen determinados actos que vayan en perjuicio claramente de la salud pública y el respeto a la persona. Leí la Biblia en el colegio. No porque me lo mandaran los curas, que también. Me pareció un libro magnífico, con pasajes realmente preciosos. Desde mi ausencia de fe y mi desconocimiento absoluto de las religiones, lo de la virgen María siempre me pareció un recurso estilístico muy bien utilizado. Incluso bello. Uno de tantos que se puede encontrar entre las páginas bíblicas. Resulta que para otros, en el siglo XXI, sigue siendo un dogma de fe de vital importancia para fortalecer los pilares de la iglesia.
No critico esto, faltaría más. Simplemente, una vez más constato lo diferentes que somos los seres humanos, en carne y alma.
Más que divagar sobre la presunción de virginidad de la virgen María, creo yo que la iglesia debería preocuparse de asuntos más terrenales, que la realidad es muy cruda y necesita de mucho esfuerzo en positivo para sacarla adelante. Pero claro, no es mi institución, así que la arreglen, la estropeen, la vituperen o la jaleen otros. Eso sí, me siento con el derecho y el deber de denunciar muchos de sus actos (sean civiles o religiosos sin repercuten civilmente).
Editores policarbonados
La colección de relatos Blogs de papel va viento en popa a toda vela papelera. Vuestra acogida a la última convocatoria se ha sumado a la acogida que tuvo la primera y nos están llegando relatos muy interesantes. Y estamos expectantes ante la llegada de varios relatos más que están en plena ebullición creativa.
Ya sabéis, ¡fecha límite 15 de enero!
A las barricadas pacíficas
Aznar sigue utilizando sus conferencias en la FAES para arremeter contra la estrategia antiterrorista del Gobierno (perdón, estrategia de ZP, porque parece ser el objetivo único de sus diatribas). No sé si pretende obtener réditos electorales. Las encuestas (las tendencias, mejor dicho) más bien parecen decir lo contrario (con su pan se lo coman). Pero sólo el hecho de mercadear con el terrorismo habla a las claras del sentido de estado del ínclito miembro del trío de las Azores. Que digo yo, que mejor nos hubiera ido si hubiera pertenecido al trío de los Ozores.
Me niego a poner vínculo a esta noticia. Es una cuestión estética.
Yo y mis zurderas
Gallardón llora en la presentación de un libro sobre Fraga.
Yo lloro pensando en unos ojos verde-atípicos.

19 de noviembre de 2007

Descotidianidades: dos relojes para una misma hora

Perpetúo en este nuevo blog una de mis etiquetas favoritas del blog de la tinta azul: Descotidianidades. Por si cae algún lector nuevo, yo defino la descotidianidad como aquel suceso más o menos normal, cotidiano pero algo rarito, que en un momento dado nos hace parar unos segundos para poder asimilarlo. De repente nos llama la atención algo en lo que no habíamos reparado nunca o que nunca nos había hecho reflexionar. No vale que un perro hable o que un alienígena se pasee por la calle a plena luz del día. Y los habituales saben que casi todas estas descotidianidades yo las vivo en el Metro de Madrid.
Ayer regresaba a casa por la noche y me senté frente a un tipo de cuerpo rotundo y manos enormes. Venía de viaje o se iba, porque a su lado llevaba una maleta y entre las piernas descansaban un par de bolsas (por la cara de cansancio yo diría que más bien venía, y más que nada porque iba en dirección contraria al aeropuerto y cualquier estación de autobuses o intercambiador).
Lo primero que me llamó la atención es que sacó unas nueces de la bolsa y se dispuso a comérselas, destrozándolas con los dedos comos si fueran almóndigas de arena de playa (para los que ardan en deseos de pillar a este escritorcillo y corrector en una errata, la
almóndiga está permitida por Doña RAE, esa señora de la limpieza algo huraña que limpia, fija y da esplendor). Y por cierto, y aunque no venga al caso, cambiando una sola letra nos encontramos con una de mis palabras favoritas, alhóndiga, que nunca he usado y que incrustaré en mi próxima novela aunque sea a martillazos, junto a acerico, otra de mis palabras favoritas. Creo que encajarán perfectamente vía metáfora.
Vuelvo al vagón. El tipo cascanueces metía los cadáveres de fruto seco en una bolsa, pero los desmembraba con tal virulencia que dejó el suelo lleno de caspa de nuez. Estuve por decirle algo, pero entendedme, era un tipo de los que parece no encajar demasiado bien un “eres un poco cerdo, seguro que en tu casa no harías esto”, y yo es que soy poquita cosa y odio la violencia. Este ser iba descojonciado de la risa escuchando algo en su mp3, que sacaba cada pocos segundos para limpiar compulsivamente su pantalla. También limpiaba compulsivamente la esfera de su reloj de la mano zurda. Y es que llevaba un reloj en cada muñeca, y ésta es la descotidianidad que viví (hasta ahora todo fue introducción).
Me quedé hipnotizado viendo los dos pelucos, y empecé a concursar en mi cabeza a modo de Undostresrespondaotravez, pensando las posibles razones para que el amigo cerdo-cascanueces llevara dos relojes:
- Viene de otro país y un reloj marca la hora del país de origen y el otro marca la hora española.
- Un reloj anda puntualmente y el otro está parado, para recordar la relatividad del tiempo.
- Un reloj anda para adelante y otro para detrás, marcándole lo que ya ha vivido en uno y lo que le queda por vivir en el otro.
- Uno marca su tiempo y el otro el de su pareja.
- Cada parte de su cerebro sigue su propio ritmo...
Deliberando me hallaba, cuando anunciaron la estación donde me tenía que bajar. Me levanté y, sigilosamente, hice una suerte de movimientos espasmódicos girando sobre mí mismo y comprobé la hora que marcaba el reloj diestro (porque el del zurdo pude verlo desde mi asiento enfrentado): las diez y cuarto en ambos. Miré el mío y también marcaba las diez y cuarto. Me bajé del Metro y en el andén apareció el legendario y primigenio (y fallecido) presentador del Undostresrespondaotravez, Kiko Ledgard, mostrando orgulloso sus dos relojes (porque este personaje tenía muchas manías, entre ellas, llevar dos relojes). Y detrás estaban los tacañones y Don Cicuta me dijo con su voz de anciano cascarrabias y endeble:
La simple manía como razón no pensaste,
así que en tus filosóficodivagaciones erraste.
(Y a su lado, sentada sensualmente en una silla, estaba la argentina en minifalda, con unas enormes gafas, tecleando en su calculadora y diciendo: Han sido cero respuestas acertadas a 25 euros cada una...)